– He oído algo de eso -repuso Draco-. El Shem Shemaforash.
– El Sanguino estaba enterrado en el subsuelo de la iglesia, en un cáliz sencillo de barro vidriado. El abad Nikóforos hizo fabricar una veintena de cálices idénticos, les puso sangre de pollo y los enterró bajo el pavimento.
– ¿Por qué hizo eso?
– Para proteger el original de posibles expolios.
– ¿Y cómo podían distinguir el original entre tanta copia?
– Por medio de una clave muy sencilla. La iglesia estaba embaldosada con losas oscuras y claras, ajedrezadas. Una losa estaba marcada con una flor de lis. A partir de ella había que dar tres saltos de caballo de ajedrez para llegar a la losa que escondía el Sanguino. No obstante, esos tres movimientos en direcciones distintas apuntaban a veintidós losas diferentes, que tenían debajo otros tantos Sanguinos falsos además del verdadero. El emplazamiento del Sanguino original sólo lo sabía el abad y este secreto se iba transmitiendo de abad en abad, pero llegó un momento en que se perdió. En 1545, el abad Temístocles reformó la iglesia y cambió las losas, que estaban en muy mal estado, por las actuales.
– Son todas iguales, sin ajedrezado -observó Draco.
– Exactamente. Porque, aunque no se había olvidado la memoria del Sanguino, nadie sabía dónde se encontraba exactamente la reliquia, ni siquiera el abad sabía que la clave estaba en el ajedrezado. Hace tres años, un devoto siciliano encontró un papel con una clave procedente de Etiopía, al parecer dibujada del puño y letra del lego que acompañaba a Sansón. Lo demás creo que lo sabe usted: llegaron los arqueólogos de Roma, con el permiso del patriarcado de Atenas, y realizaron excavaciones en el subsuelo de la iglesia, pero se llevaron una gran sorpresa al ver que el suelo no tenía nada que ver con el plano que ellos traían.
– ¿Y cómo se las arreglaron?
– Usaron unos complicados instrumentos de resonancia magnética para realizar una ecografía del terreno con impulsos eléctricos generados por una batería de electrodos clavados en el suelo. Los electrodos envían una señal que permite ver las diferentes densidades del subsuelo. De este modo se conocen con exactitud el emplazamiento y los límites de cualquier hueco subterráneo. Cualquier vasija enterrada proyecta en la pantalla del monitor una sombra coloreada que la distingue de la tierra.
– ¿Y qué ocurrió?
– El aparato detectó las veintidós vasijas: algunas con menos sombras porque estaban rotas, pero las localizaron todas. Entonces trabajaron sobre la escala de la iglesia, calculando por ordenador la disposición del ajedrezado primitivo, de manera que las vasijas se adaptaran a la posición de los saltos del caballo de ajedrez, según indicaba la clave.
– ¿Y dieron con la reliquia?
El lego asintió, serio.
– Sin lugar a dudas, dieron con ella, pero para asegurarse de que era la auténtica enviaron a Londres un trocito de la vasija que la contenía y la sometieron a un estudio de termoluminiscencia, un análisis que determina la antigüedad de un recipiente de barro cocido. Enviaron tres muestras de tres vasijas distintas, y el análisis confirmó lo que ya sabían: habían dado con el Sanguino original. Las otras muestras resultaron ser de la época medieval.
– ¿Cómo podría encontrar el equipo que excavó la iglesia?
– No tengo ni idea. La compañía era Historic Sites Inc.: el nombre aparecía rotulado en las furgonetas y en los instrumentos. El cura romano que los acompañaba se hacía llamar Portone. Un tipo autoritario que se adueñó del monasterio con la complicidad del abad, el pobre Stipoulos, que estaba ya viejo y se echaba a temblar en cuanto lo llamaban del patriarcado de Atenas.
El lego apuró de un trago el resto de su cerveza y se levantó.
– Ahora debo marcharme.
Le tendió al extranjero una mano poderosa y áspera.
– Me ha sido usted muy útil -le dijo Draco al estrechársela-. Muchas gracias.
– De nada. Si usted consigue arrebatarle el Sanguino a los romanos y nos lo devuelve, el monasterio le quedará muy agradecido. Los jóvenes queremos restaurar las viejas costumbres y la disciplina.
Draco se despidió del joven talibán cristiano ortodoxo.
38
Zurich
Draco paseaba como un turista cualquiera por la Milla de Oro suiza, el triángulo comprendido entre la confluencia de los ríos Sihl y Limmat, que en realidad es un trasvase del lago Zurich hacia el oeste. A esa hora, los comercios, casi todos tiendas de lujo, estaban cenando, y los restaurantes, también lujosos, comenzaban a animarse.
– En la calle sólo verás relojerías, joyerías, tiendas de ropa cara y comercios por el estilo -le había advertido Perceval-. Los bancos, todos dedicados a blanquear dinero, están en los pisos, tras discretas fachadas.
Draco miró la tarjeta: Royal Finance Group, número 71 de la Banhnoff Strasse, segunda planta. Era un edificio moderno, de piedra lisa, escueto y minimalista. Empujó la puerta de cristal y entró a un discreto vestíbulo con dos ascensores y otras tantas cámaras de vigilancia. Pulsó un botón verde y se encendieron unos focos. Una pantalla de cristal del tamaño de una cuartilla se iluminó con una fosforescencia azul. De un pequeño altavoz colocado cerca del techo le llegaron unas palabras en alemán que no entendió:
– ¿Sprechen sie Englisch? -respondió Draco.
La voz de las alturas repitió la pregunta en inglés:
– ¿Qué desea?
– Necesito información sobre su compañía.
– ¿Con qué objeto?
– Represento a una compañía interesada en hacer negocios con ustedes.
– ¿De dónde viene?
– De Grecia. De Meteora.
– ¿Tiene alguna identificación?
– Sí.
– Okay. Por favor, póngala en la ventana iluminada y a continuación pulse el botón rojo.
Draco escribió una nota: «¿Siguen ustedes interesados en las piedras templarias?», la colocó contra el cristal y pulsó el botón que le habían indicado. Un escáner de luz azul recorrió la pantalla fotografiando el papel.
– Aguarde un momento, por favor -respondió la voz del altavoz.
Draco se imaginó a los de arriba consultando por teléfono. Pasaron cinco lentos minutos. Finalmente la voz volvió a hablar:
– Suba al ascensor que tiene a su izquierda y pulse el botón del segundo piso.
En el segundo piso, dos hombres de seguridad lo cachearon sucintamente antes de conducirlo a uno de los despachos. Un hombrecillo calvo con cara de ratón lo aguardaba detrás de una mesa de jade. Le ofreció asiento.
– ¿Desea tomar algo, señor…?
– A estas alturas, usted debería saber que me llamo Draco.
– Señor Draco, ¿desea tomar algo?
– No, gracias.
– ¿Qué es lo que ha venido a ofrecernos?
– Ustedes están buscando las piedras templarias. La persona que las tiene ha decidido sacarlas nuevamente al mercado. Hagan una oferta.
– A esta hora, nuestros posibles clientes son difíciles de localizar. Díganos dónde se hospeda y mañana por la mañana contactaremos con usted.
– No será necesario. Déme un número de teléfono y yo lo llamaré.
– Como quiera, señor Draco. -El hombre abrió un cajón y sacó una tarjeta con el logotipo y los datos del banco. Le subrayó un número de teléfono y apuntó a continuación una extensión.
– Espero su llamada mañana a las diez.
39
Draco se dirigió al restaurante Zeughauskeller, en la Parade Platz, esquina Banhhoff Strasse, donde había reservado una mesa desde el hotel, y cenó un Zürcher Leberspiessli, dados de hígado de ternera envueltos en tiras de bacon y aromatizados con salvia. Rechazó la mantequilla y solicitó aceite de oliva virgen con el que regó abundantemente la guarnición de judías verdes y patatas hervidas. De la carta de vinos escogió un borgoña joven recomendado por el maitre. Terminada la cena se dirigió a la Oberdof Strasse y, cuando se cercioró de que nadie lo seguía, tomó un taxi y le indicó que lo dejara en Freigut Strasse, al sur de la ciudad. Desde allí, por lugares poco transitados, regresó a pie hasta el Stadhaus Quai y se aseguró de que la calle estaba despejada antes de pulsar el timbre de la buhardilla de Perceval. Como de costumbre, los cuatro ordenadores estaban encendidos, así como los otros complicados artilugios que conectaban al mago de la informática con sus dominios.