– Reproducir a Cristo -reflexionó Draco-: me parece una barbaridad. Volver a la vida a un hombre que vivió hace dos mil años.
– Y que probablemente fuera muy diferente a como la Iglesia lo ha representado. Algunos historiadores sostienen que el secreto de los templarios consistía precisamente en la verdad sobre Jesucristo: que era un príncipe judío empeñado en expulsar a los romanos, un patriota. Solamente después del fracaso de su rebelión armada y después de su ejecución por los romanos, el complot de Pascua, algunos seguidores suyos, especialmente san Pablo, comenzaron a hablar de Cristo como hijo directo de Dios, Dios en la tierra y hacedor de milagros enteramente imaginario. Los templarios conocieron el secreto por una antigua secta juanista que se había mantenido en Palestina al margen de la Iglesia oficial. Eso les costó la enemistad de Roma.
– Un Cristo imaginario que ha servido para justificar el poder de la Iglesia y de las monarquías tiránicas -observó Draco.
– La revelación de ese Cristo -continuó Perceval- podría subvertir los cimientos cristianos de Occidente, especialmente los de las Iglesias que llevan siglos e incluso milenios vendiéndole humo a sus feligreses. Las consecuencias de la resurrección de Cristo en los albores del tercer milenio pueden ser incalculables. Imagínate a Cristo vivo de nuevo sobre la tierra, viendo el mundo como es ahora. Gran parte de la humanidad es cristiana. Occidente es cristiano. Y Occidente tiene el poder del mundo. Ese hombre, Cristo resucitado, tendría en sus manos el poder del mundo. Reinaría realmente sobre el mundo.
– ¿Qué sentido puede tener que un cardenal esté detrás de todo esto, si el Cristo verdadero abominaría de la Iglesia?
– Supongamos, como hipótesis de trabajo, que la Iglesia, o al menos una facción de ella, quiere fabricar a ese Cristo para controlarlo. Bastaría con que se encargaran de su educación, que lo manipularan desde niño, como los budistas hacen con los pequeños lamas, para adaptarlo a sus intereses. Sería un arma de poder incalculable en manos de la camarilla que domina la Iglesia, la curia cardenalicia o una parte de ella.
– Tiene sentido. Desde hace un siglo, la Iglesia está perdiendo poder. Controlando a ese Cristo resucitado podría recuperar el control mundial. Dirían que se ha producido un segundo Advenimiento y muchísimos fieles lo creerían, viniendo de donde viene.
41
Vaticano
Gian Carlo Leoni y su colaborador el arzobispo Sebastiano Foscolo paseaban por una avenida de los jardines vaticanos, cerca de la fuente presidida por una estatua de Roma en forma de potente matrona, a la que los romanos apodan cariñosamente la Solterona debido a su ubicación vaticana rodeada de hombres célibes.
– ¿Conoce su eminencia la noticia? -preguntaba Foscolo-. La tumba del papa Silvestre II ha amanecido cubierta de rocío.
– ¿De veras? -preguntó Leoni con un deje de ironía.
– Yo sé que su eminencia desprecia la leyenda, pero ha ocurrido en verdad. Esa tumba suda cuando se aproxima la muerte de un papa. Además, un amigo que tengo entre los beneficiados de San Juan de Letrán me asegura que los huesos de Silvestre II se mueven produciendo un ruido como de guijarros.
– Es posible que el buen Gerbert d'Aurillac nos esté anunciando que pronto poseeremos las piedras templarias.
Foscolo no entendió la alusión de su superior. Se quedó mirándolo con expresión perpleja.
– Gerbert d'Aurillac, así se llamaba el papa Silvestre II -explicó Leoni-. Un tipo curioso. El primer papa francés. Su pontificado abarca del 999 al 1003, sólo cuatro años en medio de los terrores del milenio. Sin embargo, en ese breve plazo, Silvestre dignificó el pontificado y le devolvió su esplendor y su poder. Ciertas cosas sólo se entienden examinando su vida anterior. Fue un profundo humanista y filósofo. Viajó a Córdoba como embajador de Borrell II y se demoró en el camino para buscar la Mesa de Salomón en las ruinas de un monasterio godo. Una leyenda asegura que su sabiduría y sus conocimientos ocultos los obtenía de un busto parlante que respondía a todas sus preguntas. Algunos piensan que ese busto acabó, un siglo y pico después, en manos de los templarios y que ése es el origen del mito del Bafomet, la sabia cabeza parlante.
Pasearon un trecho sin cambiar palabra. Después Foscolo volvió a preguntar.
– ¿Cree su eminencia que el papa se muere?
– Sí, es cosa de días.
– ¿Qué ocurrirá entonces?
Leoni se detuvo y miró a su colaborador.
– Tendremos que estar más alerta que nunca para encauzar a la Iglesia por la senda recta. Somos los carneros que dirigimos a un gran rebaño a los verdes pastizales de hierba fresca o al desierto seco poblado de leones. Es una gran responsabilidad.
– ¿Un gran rebaño? -repitió Foscolo, confuso.
– Piénselo, arzobispo: cinco mil obispos, doscientos mil misioneros, quinientos mil sacerdotes, sesenta mil religiosos profesos, casi un millón de religiosas y más de veinte mil diáconos permanentes, casi mil millones de creyentes católicos dispersos por ochenta países. Todo eso se tiene que gobernar desde este pequeño Estado que ocupa cuarenta y cuatro hectáreas y sólo cuenta con setecientos habitantes.
– Es una enorme responsabilidad -dijo Foscolo-. Máxime cuando según las profecías de san Malaquías, el próximo será el último papa. Es terrible.
Leoni esbozó una sonrisa cruel.
– ¿Terrible? ¡Es magnífico! Incluso si esa patraña de las profecías resulta verdad, lo único que hace es confirmar que después del próximo papa no vendrá ningún otro, sino el propio Jesucristo resucitado, ¿no comprende?
– ¡Ahora lo veo claro! -dijo Foscolo con sincera admiración, los ojos arrasados de lágrimas-. Su eminencia preparará la segunda venida de Cristo. ¡Su eminencia es De gloriae olivae, el último papa! Después Cristo reinará sobre la Iglesia.
– Con nuestro consejo y con nuestra ayuda, ese niño que ha nacido de la sangre del Crucificado reinará algo más que sobre la Iglesia -dijo Leoni. Nuevamente Foscolo puso cara de no entender-. ¿Ha oído hablar del Exilarca?
– No, eminencia.
– Era un rey de los judíos en el exilio después de la destrucción del Segundo Templo. Gobernaba a los judíos durante la cautividad de Babilonia, era el garante de la continuidad de la monarquía de Israel, cuando los enemigos borraron del mapa a Israel. Con los geonim de las academias mosaicas conservó la sabiduría secreta de Salomón, el Nombre del Poder, el Shem Shemaforash. El exilarca de Babilonia, o sea de Bagdad, Makhir Natronai, príncipe y heredero de la casa de David, se estableció en 768 en Francia y se casó con Auda Martel, hermana del rey de los francos Pipino el Breve, padre de Carlomagno. Makhir reinó sobre el principado judío de Septimania, con capital en Narbona, y después de él su hijo Guillermo de David-Toulouse, hacia 822. Makhir-Teodoric, anterior exilarca de los judíos en Bagdad, erudito y príncipe de la casa real de David, se convirtió en caudillo de la Septimania-Toulouse, como marca de contención de los árabes. Su hijo Guillermo de David-Toulouse, también conocido como Isaac, fue embajador de Carlomagno ante el califa de Bagdad Harun al-Rashid en 797. Ese niño nacido de la sangre de Jesucristo heredará los derechos dinásticos de Europa como jefe de la casa de David emparentada con Carlomagno. Bajo su mano, Europa volverá a iluminar y a gobernar el mundo y a la cristiandad. Y nosotros lo educaremos para su alta misión: escalar el poder absoluto, un poder material y espiritual como nunca controló hombre alguno.
– El nuevo Cristo lo controlará todo y nosotros controlaremos al nuevo Cristo -dijo Foscolo contemplando con admiración al cardenal Leoni.