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– ¿Dónde estás?

– En Inglaterra, pero mañana iré a Roma.

– ¿Al entierro del papa?

Era la noticia del día. El pontífice había fallecido unas horas antes.

– No, a otro entierro.

49

Antes de acostarse, Draco encendió el televisor y vio un informe sobre el complejo ceremonial que acarreaba la muerte del papa.

– Las campanas de San Pedro doblan a muerto -declamaba con una voz pastosa y sensual una atractiva locutora enfundada en un abrigo entallado, con la plaza de San Pedro atestada de fieles detrás-. Mientras duró la agonía del pontífice, el cardenal penitenciario invocó la intercesión de los ángeles y los santos y le administró la unción de los enfermos. Hace tres horas, cuando dejó de respirar, el arquiatra pontificio le acercó a los labios una vela encendida en cumplimiento de un antiguo rito: cuando la llama permanece inmóvil, el arquiatra acepta que el papa ha muerto y hace un gesto al prefecto de la casa pontificia, que anuncia oficialmente el fallecimiento y cubre el rostro del cadáver con un pañuelo blanco. Entonces encienden cuatro cirios a los pies de la cama y colocan un acetre y un hisopo con agua bendita a los pies del lecho mortuorio. Después, los miembros de la corte papal presentes se arrodillan y recitan responsos, antes de aproximarse, en orden jerárquico, para besar la mano del difunto. El camarlengo, vestido de luto violeta y escoltado por los guardias suizos con alabardas, entra en el aposento y, tras breve oración, retira el pañuelo y llama tres veces al difunto por su nombre de pila, después le golpea tres veces la frente con un martillito de plata y marfil antes de anunciar: Vere Papa mortuus est: el papa está realmente muerto. Entonces le saca del dedo el anillo del pescador y lo machaca en un mortero en presencia de los cardenales. El notario de la cámara apostólica levanta acta de todo.

Cuando iba a zapear aparecieron imágenes de archivo de los cardenales más poderosos: Sodano, Ratzinger, Martínez Somalo y Leoni.

– En los medios vaticanistas se especula sobre el sucesor del papa en el trono de san Pedro -continuaba la locuaz locutora-. Tres núcleos principales intentarán alzarse con el poder, el Opus Dei, y la Deutsche Kirche, la Iglesia alemana capitaneada por Ratzinger; pero al margen hay otros poderes efectivos, entre ellos el cardenal Sodano, que convierten cualquier pronóstico en una incógnita. Entre los papables destaca el cardenal Gian Carlo Leoni, que en el momento de producirse el fallecimiento del pontífice se encuentra en Egipto en visita pastoral.

¿En Egipto?

Hartling había confesado que el niño clon de Jesucristo se estaba criando en la aldea egipcia de Dashur. Solamente él y Leoni lo sabían.

Draco comprendió.

– Leoni se dispone a trasladar al niño clónico a un lugar más seguro -murmuró.

Reflexionó un momento antes de descolgar el auricular y telefonear a la oficina de información de British Airways.

– ¿Cuándo sale el próximo vuelo a Egipto?

– A las cuatro treinta, desde Heathrow.

Faltaban tres horas. Draco calculó que estaba a hora y media del aeropuerto.

– ¿Quedan plazas libres?

– Sí, señor. En esta época del año no hay problema.

Pagó el hotel y condujo hasta Hamstead Place. La casa del Coronel permanecía cerrada. El aspa de cinta adhesiva de la policía judicial, cruzada sobre la entrada principal del inmueble, había empezado a despegarse a causa del sol y la lluvia. Miró a un lado y a otro y, cuando se cercioró de que nadie lo veía, saltó el breve seto y se internó en el jardín. En la caseta faltaban muchas herramientas que los vecinos habían ido sustrayendo, pero el escondite detrás de la estantería había pasado desapercibido. Draco apartó el panel corredizo. El pequeño arsenal de su antiguo jefe permanecía intacto. Cogió una caja de balas e iba a reponer el panel en su lugar cuando tuvo una idea: había varias pastillas de Semtex, el potente explosivo plástico checo, perfectamente empaquetadas en sus envoltorios de hule marrón, con sellos y números de serie de la fábrica. Tomó cuatro pastillas con sus detonadores y las guardó en su bolsa de mano. Después abandonó la casa, se dirigió al aeropuerto, aparcó en la terminal de vuelos internos y utilizó los pasillos interiores deslizantes para llegar a la terminal internacional.

50

El cabaret La Cave des Rois, en la calle Mohamed Sakeb, número 10, estaba atestado de chilabas y trajes europeos. Sobre el alto escenario, iluminado con una fila de focos que apenas lograban taladrar con su luz la espesa humareda del local, un citarista disfrazado de músico ciego de Las mil y una noches tañía su instrumento; después la famosa cantante Saira Felanta comenzó a cantar Tú me embriagas con la miel de tu boca, la canción de moda que tarareaban todos los taxistas de El Cairo y que continuamente radiaban todas las emisoras desde Marruecos a Afganistán. Los parroquianos, de ordinario vociferantes, guardaron silencio y atendieron a la bella Saira, que acompañaba el canto con movimientos sensuales de sus caderas opulentas. Monseñor Leoni, elegantemente vestido a la europea, disfrutaba del espectáculo desde su reservado del piso superior mientras fumaba un Montecristo y bebía sorbitos de Dom Perignon.

El teléfono móvil le vibró en el pecho. Lo activó y la cifra de la línea secreta parpadeó un instante.

– El inglés acaba de tomar un avión para El Cairo -dijo la voz distorsionada del arzobispo Foscolo.

– Bien -respondió Leoni-, ya sabemos adónde se dirige y lo que busca. Esta vez resolveremos el problema.

– ¿No viene su eminencia a Roma en estos momentos tan delicados?

– ¿Para qué? Los cardenales electores tardarán un par de días en llegar; prefiero regresar entre ellos como uno más, así verán que la muerte del pontífice me sorprendió en visita pastoral, trabajando lejos de la pompa de Roma, en un país hostil y polvoriento. Mientras tanto, ocúpese usted de los asuntos menudos.

– Así lo haré, eminencia.

El cardenal le envió su bendición apostólica y colgó.

Bebió un largo trago y aspiró una sabrosa bocanada del habano. Su eminencia tenía algunos problemas, entre ellos el incordio del antiguo mercenario congoleño obstinado en perseguir fantasmas, pero en términos generales se sentía todo lo satisfecho que se puede sentir un hombre al que, a pesar de todo, le sonríe la vida y las cosas le salen bien.

51

– ¿Señor Draco? ¡Qué afortunada coincidencia! Permítame que me presente. Soy Adolfo Morel Kurtz.

– Sé quién es usted -le respondió heladamente Draco-. Raramente olvido a alguien que ha intentado matarme un par de veces.

Petisú sonrió e hizo un gesto de disculpa.

– Compréndalo, señor Draco, no es nada personal. Usted es un profesional y lo entiende. Mi mera presencia aquí, esperándolo, es una muestra de buena voluntad.

– ¿Qué busca?

– No, yo no busco nada, más bien vengo a ofrecerle. A ofrecerle un trato justo. Mi patrón quiere que olviden las diferencias y lleguen a un acuerdo. Está dispuesto a ser generoso.

– ¿Cómo de generoso?

– Tanto que ya no tendrá que preocuparse de oler braguetas en una agencia de detectives de Londres. Lo hará rico para el resto de sus días.

– Suena muy atractivo, pero seguramente querrá algo a cambio.

– Eso tendrá que discutirlo con él. Yo soy meramente un correo.

– Está bien. Dígame dónde está.

– Está consagrando una nueva capilla en el colegio de las misioneras irlandesas, ya sabe usted, buena política ahora que se avecinan tantos cambios en el Vaticano, pero le ha reservado habitación en el Nile Hilton. Su eminencia desea que sea su invitado mientras permanezca en Egipto. Si acepta, yo mismo lo llevaré al hotel. Tengo el coche ahí fuera.

Draco dudó un momento, considerando la posibilidad de que se tratara de una trampa. No, probablemente querían negociar hasta conseguir las piedras templarias. La trampa vendría después.