Выбрать главу

– Tienes razón, padre, pero no puedo evitar sentir como siento, de manera que es mejor que no te acompañe. Permíteme que sea injusto y arbitrario. Soy judío, me lo puedo permitir después de seis millones de muertos.

Comprendía a su hijo, que había perdido a su madre y a sus abuelos por ser judíos.

Ferdinand aún recordaba aquel 17 de julio de 1942 cuando en París sus suegros fueron detenidos junto con otros miles de judíos. La mayoría eran mujeres, niños, ancianos. Les llevaron al Velódromo de Invierno. Él se enteró por un amigo de su suegro que acudió a avisarle a la universidad.

– ¡Se los han llevado! -gritó el hombre irrumpiendo en su despacho.

Inmediatamente, corrió hacia su casa y no los encontró. Daba gracias a Dios por haber logrado sacar a David de Francia.

No pudo hacer nada, por más que llamó a todas las puertas imaginables. Los padres de Miriam, junto al resto de los judíos de París, fueron conducidos al campo de Pithiviers y después al de Drancy, antes de ser trasladados a Auschwitz, de donde no iban a regresar.

Todo eso lo supo mucho más tarde. En aquellos días, los hombres del Régimen de Vichy se comportaban como los burócratas alemanes: no sabían nada, no decían nada, simplemente actuaban. Primero promulgaron un Estatuto para los Judíos, luego crearon una Comisaría General de Cuestiones Judías y más tarde se los llevaron a los campos de exterminio.

Tardó en decírselo a David porque sabía que su hijo no soportaría otra pérdida, y durante un tiempo cuando le preguntaba por sus abuelos esquivaba responderle directamente.

Un día su hijo no le preguntó, sencillamente afirmó: «Se los han llevado, ¿verdad?». Escuchaba los sollozos de David, refrenándose para que él no escuchara los suyos, a través del teléfono.

Sí, David se podía permitir ser arbitrario después de seis millones de muertos

Ahora su hijo trabajaba en un kibbutz, y decía estar bien, incluso ser feliz. Le confesó que tenía un sueño: formar parte de la Haganá, un grupo de defensa secreto que estaban organizando a unos cientos de judíos civiles en Palestina, dispuestos a luchar por aquel trozo de tierra y convertirlo en su patria. Pero por lo pronto se tenía que conformar con ayudar a la defensa de su propio kibbutz. En una de sus primeras cartas le hablaba de un nuevo amigo.

Estoy aprendiendo árabe, me lo enseña un palestino, que vive en una granja cerca del kibbutz. Mi amigo se llama Hamza, tiene mi edad. Yo le enseñó francés y algunas veces salirnos juntos por el campo. Le gusta el fútbol y a mí también, ya lo sabes. El jefe del kibbutz dice que no confíe demasiado en él, pero yo confío, es una buena persona que lo único que quiere es lo mismo que yo: vivir en paz, tener un trozo de tierra que sienta suya. Esta tierra es pequeña pero cabemos todos, yo se lo digo al jefe del kibbutz: tenemos que poder vivir juntos. Hamza piensa como yo. El otro día salirnos a cazar; la verdad es que no cazamos nada pero nos divertirnos mucho. En su casa me reciben como amigo, me han invitado varias veces a compartir con ellos la cena. Hamza también viene al kibbutz, antes nunca se había atrevido a entrar, a veces me ayuda con las tareas del campo. No me gustan pero tengo que hacerlas. ¡Estoy tan contento con tener un amigo palestino! Yacob, nuestro jefe, cree que algún día tendremos problemas, pero yo no estoy de acuerdo, aunque sé que algunos palestinos temen nuestra presencia. Yo le digo a Hamza que el reto es conseguir hacer un país donde quepamos nosotros y ellos; al fin y al cabo todos somos hijos de Abraham…

Las cartas de David estaban llenas de entusiasmo. Al menos eso le confortaba el alma. Su hijo continuaba siendo una buena persona. Iría a verle, pero antes tenía que regresar a Berlín y, desde luego, terminar el trabajo sobre fray Julián.

Volvió a sentir náuseas al acordarse del conde d'Amis, de aquella gente estrafalaria que habían perforado en los alrededores de Montségur buscando un tesoro inexistente. En su fuero interno se burlaba de ellos, era su venganza ante la idiotez de la que hacían gala.

Sentía desprecio y asco por el conde. Le había costado lágrimas seguir con la investigación sabiendo al conde d'Amis un devoto del Régimen de Vichy. Un colega de Toulouse le había advertido sobre los amigos alemanes del conde: «Buscan el Grial para Hitler». Pero aquello ya lo sabía. Le había parecido tal disparate que no le había querido dar importancia, aunque con el paso del tiempo había advertido que, pese a los esfuerzos del conde por la discreción, le delataba su fanática obsesión por la independencia del Languedoc. Si el conde apoyaba a Alemania era con la esperanza de ver su tierra separada de Francia y recobrar la autonomía perdida con las guerras cátaras.

Sabía que en Montségur se habían reunido los seguidores de Otto Rahn, y que formaban parte de los grupos de trabajo del conde; pero éste era inteligente y nunca le había sentado con ellos. Él tampoco lo habría aceptado, aunque en ciertas ocasiones se había cruzado con algunos de ellos, que llegaban exhaustos de agujerear Montségur.

A él tanto le daba la vida después de la desaparición de Miriam. Mantenía la esperanza de que alguna vez alguien le diera una pista y entonces intentar presionar al conde para que moviera los hilos de sus amigos alemanes. Pero eso no había ocurrido. La guerra se había mostrado con toda su crudeza, Francia se había dividido en dos y todas las historias personales habían quedado arrinconadas. La suya también.

14

Desde su retiro, Ferdinand continuó recordando los meses inmediatamente posteriores al fin de la guerra.

Fue a Alemania sin David, a casa de Inge, que había sobrevivido a todos los avatares del conflicto. Juntos volvieron a buscar a Miriam, yendo de un sitio a otro para hacerse con las listas de los prisioneros de los campos de exterminio. En una de esas listas encontró a los Bauer, en otra a Deborah, y les lloró con rabia y con pena.

Habían encontrado la fecha en que Sara y Yitzhak llegaron a Dachau y en la que fueron conducidos a la cámara de gas. Pero ni rastro de Miriam.

– Tendremos que esperar a que se sepa la verdad -le dijo Inge-, que algún día nos cuenten cuánta gente murió en las comisarías. Supongo que a Miriam se la llevaron los camisas pardas, y quién sabe si la mataron de una paliza, o murió torturada por la Gestapo. Hace falta tiempo para que los archivos se abran. Los alemanes no pueden soportarse a sí mismos y preferirían seguir sin saber todo lo que han hecho y han dejado hacer.

– ¿Y tú, Inge, qué sientes? -le preguntó.

Tras unos instantes en silencio, ella se mordió el labio y cruzó las manos sobre el regazo antes de responder.

– Siento asco. Asco de mí misma, de mi país, de la gente. No será fácil reconciliarnos con nosotros mismos, a Alemania le perseguirá para siempre esta pesadilla.

– Vosotros erais la pesadilla -respondió con dureza Ferdinand.

– Tienes razón, y además sabes que soy de las que no quieren evitar un ápice de responsabilidad, ni siquiera personal, a lo que ha sucedido. Yo estaba aquí, podría haberme jugado la vida como tantos otros y no lo hice. Mi única obsesión ha sido vivir y esperar a que terminara todo esto.

Había encontrado también al padre de su hijo. La fecha de su ingreso en Auschwitz y la de su ejecución. Sabía que jamás le iba a volver a ver, que no regresaría de dondequiera que estuviese.

– ¿Y ahora, Inge?

– Espero poder encontrar un trabajo mejor.

También le confesó que durante la guerra había llegado a trabajar como prostituta de las tropas para poder dar de comer a Günter.

– Cuando no me llamaban para limpiar, no tenía más remedio que salir a la calle. Me dieron la dirección de un local donde solían ir oficiales alemanes cuando estaban de permiso en Berlín. Fui en unas cuantas ocasiones.

Él sabía que aquello la había dejado marcada, pero Inge no lo diría, no desfallecería ante nadie. Su única obsesión era continuar adelante.

– ¿Qué quieres hacer? -le pregunto él.

– Me gustaría terminar la carrera y ser maestra; a lo mejor lo consigo. Günter tiene siete años, ya no me necesita tanto. Podré disponer de tiempo para estudiar por la noche y mientras tanto continuaré con el trabajo del que te hablé.

Había comenzado a trabajar como telefonista en un hotel, y se sentía satisfecha a pesar de que el salario fuera exiguo. Pero ella se arreglaba.

Inge era espartana, estaba acostumbrada a sobrevivir, de manera que lo hacía con lo justo.

– ¿No has pensado en marcharte a otro lugar?

– ¿Adónde y para qué? No, no creo que sea buena idea, aquí… bueno… aquí sé cómo puedo vivir, y en otro sitio seguramente me costaría más. No puedo correr riesgos por Günter; él tiene derecho a una vida mejor, y este país, pese a lo que te dije antes, saldrá adelante; ya verás, incluso puede que Alemania se convierta en una tierra de oportunidades, está todo por hacer.

– ¿Sigues siendo comunista? -le preguntó con curiosidad.

– No, no soy nada, sólo soy yo.

En realidad siempre había sido así, pero su respuesta le impresionó. Inge aún no había cumplido treinta años y hablaba como una anciana sin fe.

– ¿Y tú qué eres, Ferdinand? -le había preguntado a su vez.

– No sé qué responderte, aunque los europeos debemos estar muy agradecidos a tus amigos rusos además de a los norteamericanos. Ambos han ganado la guerra y nos han librado del infierno.

– Sí, le debemos mucho ala madrecita Rusia, ya te dije un día que Stalin esperaba su momento.

– Pero el pacto Molotov-Ribbentrop fue una puñalada.

– Fue política.

– La peor política, una página negra en la historia de los comunistas.

– ¿De todos los comunistas?

– Sí, de todos. En mi país algunos dirigentes comunistas nos quieren hacer creer ahora que Hitler quería la guerra con Francia y que la política de Stalin le frenó un tiempo.

– Y fue así.

– ¿Y qué me dices de la «cesión» de Hitler a la URSS de los Países Bálticos y el este de Polonia?

– Acabas de decirme que le debemos mucho a Rusia.

– Pero yo pienso en la gente, en los soldados, en las madres, pienso en personas de carne y hueso que se han sacrificado.

– Si Napoleón no pudo con los rusos, menos lo iba a conseguir Hitler -dijo ella esbozando una sonrisa.