Cerca de Soroe, muy avanzada la tarde, me recogió un guardia forestal. Me llevó a su casa en el bosque, me dio un vaso de leche y un bocadillo y me pidió que esperara un momento. Cuando él llamaba a la policía yo tenía la oreja pegada a la puerta.
Fuera del garaje encontré la motocicleta de su hijo. Montada sobre la moto, atravesé los campos labrados. El guardia forestal me siguió pero sus zapatillas de estar por casa se hundieron en el fango.
Era invierno. En una curva, cerca de un lago, derrapé, me caí, y mi chaqueta se desgarró; yo me rompí la mano. Desde allí fui dando tumbos durante buena parte de la noche. Me quedé dormida bajo un cobertizo en una parada de autobús. Cuando desperté, estaba sentada sobre una mesa de cocina mientras una mujer desinfectaba mis heridas en el pecho con alcohol puro. Era como sentirse embestida por un martinete.
En el hospital me sacaron los trozos de asfalto de la herida y escayolaron los huesos rotos del carpo. Entonces vino Moritz a recogerme.
Estaba muy enfadado. Mientras andábamos por el pasillo del hospital, uno al lado del otro, temblaba. Me sujetaba por el brazo. Cuando quiso sacar las llaves del coche de su bolsillo, me soltó y yo me escapé. Me dirigía a Oslo. Pero no estaba en la mejor forma del mundo y él siempre ha sido muy rápido. Los jugadores de golf corren para adquirir la forma necesaria y poder soportar los recorridos en la pista, que, a menudo, son de dos por veinticinco kilómetros si hacen setenta y dos agujeros en dos días. Me agarró prácticamente enseguida.
Le tenía preparada una sorpresa. Un escalpelo que había metido en mi gorra en la sala de urgencias. Atraviesan la carne como si fuera mantequilla al sol. Pero, desgraciadamente, mi mano derecha estaba enyesada y sólo le pude desgarrar la palma de la mano.
Miró su mano y entonces la levantó para golpearme. Sin embargo, yo había retrocedido unos pasos y acabamos dando vueltas uno alrededor del otro, en medio del aparcamiento. Cuando la violencia física ha estado latente en una relación humana durante largo tiempo, puede llegar a sentirse un cierto alivio en el momento en que finalmente se manifiesta.
De repente se irguió.
– Te pareces a tu madre -dijo. Y entonces se puso a llorar.
En ese mismo instante pude entrever su interior. Cuando mi madre se hundió en las aguas, debió de llevarse algo de Moritz consigo. O peor todavía: parte de su mundo físico debió de ahogarse junto con ella. Allí, en el aparcamiento, en la temprana mañana invernal en la que estuvimos mirándonos mientras su sangre goteaba abriendo un pequeño túnel rojo en la nieve, recordé algo de él. Lo recordé en Groenlandia, antes de que muriera mi madre. Recordé que, en medio de sus cambios acechantes y bruscos de estado de ánimo, había existido una alegría, había ocupado su lugar un apetito vital enorme, probablemente cierto calor. Esa parte de la vida se la había llevado mi madre. Ella había desaparecido, llevándose todos los colores. Desde entonces, Moritz había permanecido encerrado en un mundo en blanco y negro.
Me había traído a Dinamarca porque yo era lo único que podía recordarle lo que había perdido. Las personas enamoradas adoran una fotografía. Se postran ante un pañuelo. Hacen un viaje para ver el muro de una casa. Lo que sea, con tal de avivar los rescoldos que les reconfortan y calientan pero que, al mismo tiempo, les consumen.
Con Moritz, las cosas estaban peor. Estaba desesperadamente enamorado de alguien cuyas moléculas habían sido absorbidas por el gran vacío. Su amor se agudizó. Y se había aferrado al recuerdo. Yo era ese recuerdo. Superando grandes dificultades, me había llevado consigo y, a través de los años, había soportado una serie interminable de rechazos en un desierto de aversión sólo para poder poner sus ojos sobre mí y reposar la mirada, por un instante, sobre aquellos puntos en los que necesariamente debía parecerme a la mujer que había sido mi madre.
Ambos nos incorporamos. Lancé el escalpelo a unos matorrales próximos. Volvimos a la sala de urgencias y allí vendaron su mano.
Fue la última vez que intenté escaparme. No puedo decir que le perdonara. Siempre discreparé de aquellos adultos que someten a sus hijos a un amor de cuyos efectos no han sido capaces de escapar. Pero diré que, de alguna manera, lo entendí.
Desde el sillón en que estoy sentada puedo ver la ranura del correo. Es la única entrada por la que el mundo exterior todavía no ha intentado introducirse. Ahora alguien está introduciendo una larga tira de cartulina gris. Lleva algo escrito. La dejo un rato en el suelo. Pero es difícil hacerse la loca ante un mensaje de un metro de largo.
«Todo es preferible al suicidio», pone. O, al menos, eso es lo que debería poner. Ha conseguido incluir dos o tres faltas de ortografía en tan exiguo texto.
Su puerta está abierta. Sé que nunca la cierra con llave. Llamo a la puerta y entro.
Me he echado un poco de agua fría en la cara. No se puede descartar que me haya podido cepillar el pelo.
Está sentado en el salón, leyendo. Es la primera vez que lo veo con gafas.
Fuera, el limpiacristales trabaja. Al verme, decide, súbitamente, proseguir su trabajo en el piso inferior.
El mecánico todavía lleva en la oreja una pinza para cerrar heridas. Pero parece que está sanando. Tiene ojeras oscuras bajo los ojos. Por lo visto, acaba de afeitarse.
– Hubo una expedición más.
Golpea ligeramente los papeles que tiene delante de él.
– Esto era el mapa.
Me siento a su lado. Huele a champú y a ajo.
– Alguien escribió sobre el mapa.
Es la primera vez que miro detenidamente el mapa del glaciar. Es una fotocopia. En el margen había algo escrito con lápiz. La fotocopia ha resaltado los trazos. Es una mezcla de inglés y danés. «Revisado accord Carlsb. Found. ekspd. 1966.»
Me observa lleno de expectación.
– Y por lo tanto me dije a mí mismo que debió de haber otra expedición. Así que he estado considerando, por un instante, volver al archivo.
– ¿Sin la llave?
– Tengo herramientas.
No hay razón para dudar de ello. Tiene herramientas que podrían abrir los sótanos del Banco Nacional.
– Sin embargo, se me ha ocurrido llamar a Carlsberg. Lo qu-que no es tarea fácil. Me pasan a otra extensión. Resulta que tengo que hablar con la Fundación Carlsberg. Allí, todo lo que pudieron decirme fue que subvencionaron una expedición en el 66. Pero nadie en la fundación trabajaba allí por aquel entonces. Y no tenían el informe. Pero sí otra cosa.
Éste es el as que se guardaba en la manga.
– Tenían las cuentas, y la relación de los participantes y colaboradores en la expedición a quienes habían abonado un sueldo. ¿Sabes de parte de qu-quién dije que llamaba? De parte de Hacienda. Me dieron la información enseguida. Y adivina quién salía. Había uno que se repetía.
Coloca un folio ante mí. Hay una lista de nombres escrita con letras mayúsculas en la que reconozco a dos. Señala uno con el dedo.
– Un nombre raro, ¿no te parece? Cuando lo has oído una vez es imposible olvidarlo. Participó en ambas expediciones.
«Andreas Fine Licht» pone. «600 CYD 12/9.»
– ¿Qué significa CYD?
– Cap York Dollars. La moneda propia de la Sociedad Criolita en Groenlandia.
– Llamé al Registro Civil. Querían nombres, números de identificación personal y la última dirección conocida del sujeto. Por lo que tuve que volver a llamar a la fundación. Pero entonces los encontré. Hay diez nombres, ¿no es cierto? Tres de ellos eran groenlandeses. De los siete restantes, sólo dos siguen vivos. 1966 em-em-pieza a ser ya mu-muy lejano. Uno de ellos es Licht. El otro es el de una mujer. En Carlsberg me dijeron que le habían pagado por traducir algo. No les era posible saber qué había traducido. Se llama Benedicte Clahn.
– Hay uno más.
Me mira incrédulo.
Extraigo el informe médico y señalo el nombre del firmante con el dedo. Lo deletrea lentamente.
– Loyen.