Hace una pausa y logra dominar su indignación.
– Más tarde recibí una carta cuyo contenido, en pocas palabras, era que, en una cuestión como ésta, debía haber consultado a mis superiores más inmediatos.
Pero ya era demasiado tarde. Porque aquel mismo día, me habían dado la respuesta por teléfono. Las 450.000 coronas habían sido utilizadas para fletar un barco.
Se da cuenta de que no entiendo nada.
– Un barco -dice-, un barco de cabotaje para transportar ocho pasajeros a la costa oeste de Groenlandia con el fin de recoger unos cuantos kilos de muestras de piedras preciosas. No tiene sentido. En varias ocasiones fletamos el Disko del Comercio de Groenlandia. Se empleaba para transportar la criolita. Pero un barco para una expedición pequeña, eso era totalmente impensable. ¿Usted se acuerda de sus sueños, señorita Smila?
– De vez en cuando.
– Últimamente he soñado, en repetidas ocasiones, que usted era una enviada de la Providencia divina.
– Debería saber lo que dice de mí la policía.
Como muchos otros ancianos, ha desarrollado un oído selectivo. Me ignora y continúa por su propio camino.
– Quizá piense que ya soy muy mayor. Quizá esté considerando que estoy senil. Pero recuerde los Hechos de los Apóstoles: «Vuestros ancianos soñarán sueños».
Me atraviesa con su mirada, a mí y a la pared que hay detrás de mí. Hasta llegar al pasado.
– Creo que las 115.000 coronas del 66 estaban destinadas a fletar un barco. Creo que alguien, bajo algún subterfugio de la Sociedad Criolita, ha enviado dos expediciones a la Costa Oeste.
Aguanto la respiración. Gracias a su sinceridad y al quebrantamiento de una lealtad de toda una larga vida, éste es un momento frágil y delicado.
– Sólo puedo imaginar que tuvieran un único objetivo. Al menos, tras cuarenta y cinco años en la compañía, no puedo imaginarme otro. Han querido traer algo a Dinamarca, algo que era tan pesado que requería un barco.
Me pongo mi capa. La negra con capucha, que me da el aspecto de monja adecuado, según creo, para la ocasión.
– La Fundación Carlsberg -continúa- pagó parte de la expedición en el 91. En sus cuentas aparecen unos honorarios pagados a una tal Benedicte Clahn.
Su mirada soñadora se pierde en el vacío, mientras busca en su contabilidad interna, completa y libre de errores.
– También en el 66 -añade pausadamente-: 267 coronas en concepto de traducción. Fue uno de aquellos asientos que tampoco quisieron especificarme. Pero todavía lo recuerdo. Era una conocida del director. Había estado viviendo en Alemania. Me dio la impresión de que se conocían desde Berlín, en 1946. Inmediatamente después del final de la guerra, los aliados negociaron en Berlín la distribución del suministro de aluminio. Varios representantes de la Sociedad Criolita estuvieron allí en varias ocasiones por aquellos años.
– ¿Como quién?
– Ottesen estuvo. El director de ventas. Y el consejero.
– ¿Fue más gente?
Está totalmente adormilada después de haber hablado durante tanto tiempo y haber derramado su corazón en algo que puede llegar a convertirse en el fregadero. Lo piensa detenidamente.
– No recuerdo que hubiera nadie más. ¿Es importante?
Me encojo de hombros. Ella me toma de los brazos. Casi me levanta del suelo.
– La muerte del pequeño. ¿Qué ha pensado hacer al respecto?
Dinamarca es un país jerarquizado. Ella encuentra un error y se queja a su superior. Es rechazada. Se queja al consejo de administración. De nuevo es rechazada. Sin embargo, por encima del consejo de administración está Nuestro Señor. A él se ha dirigido en sus oraciones. Ahora desea que yo actúe como uno de sus emisarios.
– Aquel barco costero, ¿sabe si transportó aquello que había ido a buscar?
Sacude la cabeza.
– No se lo sabría decir. Tras el accidente, transportaron en avión a los supervivientes y su equipo hasta Groenlandia y luego a casa. Esto lo sé con toda seguridad, porque nosotros pagamos los fletes y los billetes de avión.
Me acompaña hasta el ascensor. Siento una repentina ternura por ella. Una especie de sentimiento maternal, aunque me doble en edad y sea tres veces más fuerte que yo.
Llega el ascensor.
– Y ahora no se atreva a tener pesadillas por culpa de su sinceridad -le digo.
– Ya soy demasiado mayor para arrepentirme.
En ese momento desciendo. Cuando salgo del portal, me viene algo a la mente. Cuando le llamo por la concha plateada del interfono me responde como si hubiera estado esperando esta llamada.
– Señorita Lübing.
A nadie se le ocurriría jamás utilizar su nombre de pila.
– El director financiero, ¿quién es?
– Se retirará el año que viene. Dirige su propio bufete de abogados. Se llama David Ving. Su despacho es Hammer y Ving y está en la calle del Este.
Le doy las gracias.
– Que Dios le acompañe -me dice.
Hasta hoy nadie me lo había dicho fuera de una iglesia. Probablemente tampoco lo haya necesitado tanto como ahora.
– Tuve un a-amigo que trabajaba en el servicio de limpieza en la central automática de la Sociedad Telefónica de Copenhague, en la calle del Norte.
Estamos en el salón del mecánico.
– Me contó que basta con hacer una llamada, diciendo que ya tienen una orden judicial. Entonces colocan un enchufe en un relé y, a través de la red telefónica, pueden pinchar desde la comisaría todas las llamadas de un abonado concreto.
– Nunca me han gustado los teléfonos.
Sobre la mesa tiene un ancho rollo de cinta aislante roja y unas tijeras pequeñas. Corta una larga tira y la enrolla en el auricular del teléfono.
– Harás exactamente lo mismo en tu casa. A partir de ahora, cada vez que hagas una llamada y cada vez que te llamen a ti, tendrás que quitar la cinta. Esto te ayudará a recordar que tienes un público escuchándote en algún lugar de la ciudad. Es fácil olvidar que el teléfono puede ser todo menos privado. Por ejemplo, en el caso de que quieras declararle tu amor a alguien.
De todas maneras, si tuviera que declararle mi amor a alguien, no lo haría nunca por teléfono. En los últimos diez días, he visto pequeñas gotas de su pasado. No concuerdan. Como por ejemplo, sus conocimientos sobre el procedimiento empleado en las escuchas telefónicas.
Su manera de preparar el té es uno de esos aspectos que me sorprenden, pero sobre los que, sin embargo, no quiero preguntar.
Hierve la leche con jengibre fresco, un cuarto de vainilla en rama y un té tan oscuro y de hoja tan fina que parece polvo negro. Lo cuela y le añade una cantidad suficiente para los dos de azúcar de caña. El té tiene algo de estimulante, que excita y, al mismo tiempo, te deja una sensación de saciedad. Tiene el sabor que me imagino debe de tener Oriente.
Le hablo de la visita que he hecho a Elsa Lübing. Ahora ya sabe todo lo que yo sé. Menos algunos detalles como, por ejemplo, lo de la caja de puros de Isaías y su contenido. Una cinta en la que un hombre se ríe, entre otras cosas.
– ¿Quién, aparte de Carlsberg, pagó la expedición en el 91? ¿Lo sabía ella? ¿Quién consiguió el barco?
Me fastidia no habérselo preguntado yo misma. Alargo la mano para coger el teléfono. El auricular está pegado.
– P-por eso hay que ponerle la cinta adhesiva -dice-. Con el teléfono suele ocurrir que, en cuanto pasan cinco minutos, te olvidas por completo de las precauciones.
Vamos juntos hasta la cabina de teléfonos que hay en la plaza. Un paso de los suyos equivale exactamente a un paso y medio de los míos. Sin embargo, no me resulta fatigoso ir a su lado. Camina exactamente a la misma velocidad que yo.