El día en que mi madre no volvió de caza, caí en la cuenta de que cualquier momento puede ser el último. No debe existir nada en esta vida que sea una mera travesía de un sitio a otro. Cualquier paseo debe andarse como si fuera lo único que a uno le queda en este mundo.
Te puedes plantear una exigencia así, como un ideal inalcanzable. Después, estás en el deber de recordártelo a ti misma cada vez que metes la pata. Para mí eso supone unas doscientas cincuenta veces al día.
Coge el teléfono enseguida. Me llama la atención lo segura de sí que suena su voz.
– ¿Sí?
No me presento.
– Las 450.000. ¿Quién las pagó?
No me pregunta nada. Quizá le han revelado también que la red telefónica puede estar concurrida. Se lo piensa en silencio, durante unos instantes.
– Geoinform -me dice entonces-. Así era como se llamaba la sociedad. Tenían dos representantes en la comisión científica. Son los propietarios de una parte de las acciones. Creo recordar que de un cinco por ciento. Lo suficiente como para tener que registrarlo en el Registro Mercantil. La sociedad pertenece a una mujer.
El mecánico ha entrado conmigo en la cabina. Esto me hace pensar en tres cosas. La primera es que la ocupa por completo. Como si pudiera, en el caso de que se estirara, sacar los pies y salir andando, con la cabina y conmigo a cuestas.
La segunda es que sus manos, contra el cristal que tengo delante, son suaves y limpias. Acostumbradas a trabajar y, sin embargo, suaves y limpias. De vez en cuando trabaja en un taller en la plaza de Toftegaard. Me pregunto a mí misma cómo es posible embadurnarse todo el día de grasa, manejando aceite lubricante y llaves de tubo y, pese a todo, tener las manos tan suaves.
La tercera es que soy lo suficientemente honrada como para reconocer que me proporciona cierto placer estar a su lado en esta postura. Tengo que reconvenirme a mí misma para no alargar la conversación únicamente por tal motivo.
– He estado pensando en algo que usted me preguntó antes. Acerca de Berlín, tras la guerra. Había un empleado más. Entonces no trabajaba para nosotros. Pero más tarde lo contratamos. No en la cantera, sino aquí, en Copenhague. En calidad de asesor médico. El profesor Loyen. Johannes Loyen. Realizó algunos trabajos para los americanos. Creo que era patólogo.
– ¿Cómo te conviertes en profesor, Smila?
Sobre un trozo de papel hemos hecho una lista de nombres: está el abogado de la Audiencia Territorial y auditor, señor David Ving. Una persona que sabe hacer malabarismos con los barcos. Encubrir los gastos para fletarlos, por ejemplo. Y enviarlos como regalos de Navidad a los niños groenlandeses.
Está Benedicte Clahn. El mecánico la ha encontrado en el listín telefónico. Si es que es ella, claro. Por lo visto vive a doscientos metros de donde nos encontramos ahora. En uno de los almacenes restaurados de la calle Strand. Allí están los pisos de propiedad más caros de Dinamarca. Tres millones de coronas por ochenta y cuatro metros cuadrados. Pero tienen unas paredes de ladrillo de un grosor de metro y medio, contra las que poder estampar la cabeza al calcular el precio por metro cuadrado. Y vigas de pino pomerano de las que colgarse, en caso de que no funcione lo de las paredes. Al lado de su nombre ha anotado un número de teléfono.
Después vienen los dos profesores: Johannes Loyen y Andreas Fine Licht. Dos hombres sobre los que sólo sabemos que sus nombres están ligados a las dos expediciones a Gela Alta. Dos expediciones sobre las que tampoco sabemos nada.
– Mi padre -le digo- ha sido profesor. Ahora que ha dejado de serlo, dice que los que se convierten en profesores son aquellos que siendo listos no lo son en demasía.
– ¿Qué ocurre entonces con aquellos que son demasiado listos?
Odio tener que citar a Moritz. ¿Qué hacer con las personas cuyas palabras una no desea repetir pero que, sin embargo, son las que han expresado algo de la manera más acertada?
– Según él, hay dos opciones: o ascienden hasta las estrellas o se hunden.
– ¿Cuál de las dos opciones ha sido la de tu padre?
Me veo obligada a pensármelo un rato antes de encontrar una respuesta.
– Me parece que más bien se ha quedado en medio -digo finalmente.
Escuchamos en silencio los ruidos de la ciudad. Los coches que cruzan el puente. El ruido de los martillos neumáticos del turno de noche en uno de los diques secos de Holmen. El toque de campanas de la iglesia del Redentor. Por lo que dicen, cualquiera que lo desee puede tocar las campanas en el campanario. Francamente, ésa es la sensación que me da. A veces suena como Horowitz. A veces como si hubieran cogido una melopea de espanto en el Café Palizas.
– El Registro Mercantil Central -digo-, Lübing dijo que si se quiere saber algo sobre quién controla una sociedad o quiénes son los miembros del consejo de administración, puede consultarse en el Registro Mercantil Central. Disponen de todas las cuentas anuales de las sociedades que cotizan en Bolsa en Dinamarca.
– Es-está en la calle de Kampmann.
– ¿Cómo lo sabes? -le pregunto.
Mira por la ventana.
– Presté atención en el colegio.
3
Hay mañanas en las que se sale a la superficie como a través de un baño de barro. Con los pies fundidos y solidificados en un bloque de hormigón como los que sirven de soporte a los parasoles de las terrazas. En las que se tiene la conciencia de haber expirado durante la noche. Y en las que la única alegría proviene de saber que, al menos, la muerte será natural y que no podrán transplantarte los órganos sin vida.
Así son seis de cada siete de mis mañanas.
La séptima es hoy. Me despierto totalmente despejada. Salgo disparada de la cama, como si tuviera algo por qué levantarme.
Hago los cuatro ejercicios de yoga que tuve tiempo de aprender antes de recibir la reclamación número cuarenta y siete de la biblioteca, que envió un mensajero a mi casa y me obligó a pagar una multa tan alta que más me hubiera valido comprar el libro yo misma.
Me doy una ducha de agua helada. Me pongo unas mallas, un jersey enorme, botas grises y un gorro de piel de Jane Eberlein. Guarda un cierto estilo groenlandés.
Suelo decirme a mí misma que he perdido para siempre mi identidad cultural. Y cuando ya lo he dicho suficientes veces, me despierto como hoy, con una identidad firme. Smila Jaspersen, una groenlandesa de postín.
Son las siete de la mañana. Me dirijo al puerto, al hielo.
El hielo del puerto de Copenhague no es un lugar recomendable para enviar a tus hijos a jugar, ni tan siquiera con una helada como ésta. Yo misma debo ser prudente cuando me paseo sobre él.
A unos cuarenta metros del muelle, me detengo. Aquí, la superficie es un poco más oscura. Un paso más y rompería el hielo. Estoy de pie, paseándome arriba y abajo. El hielo del mar es poroso y elástico. El agua penetra a través de él y crea dos espejos alrededor de mis botas que reflejan las luces dispersas en la oscuridad.
Hay un hombre en el malecón. Su silueta negra destaca contra los muros blancos de los edificios. El miedo se presenta como una nota vibrante. El peligro de muerte de las focas cuando yacen tendidas sobre el hielo. Tan sensible, tan visible, tan inmóvil. Entonces la nota se extingue. Es el mecánico, inclinado, cuadrado, como una roca. No lo he visto durante los últimos dos días. Quizá lo haya evitado.
Estamos tan acostumbrados a ver la ciudad desde unos ángulos determinados que, desde aquí, aparece como una capital extraña, nunca vista. Como Venecia. O la Atlántida. Una ciudad que, vestida por la nieve y la noche, podría ser de mármol. Vuelvo al malecón.
Podría ser cualquier otra persona. Yo misma podría ser otra. Podríamos haber sido jóvenes amantes. En vez de un tartamudo disléxico y una arpía amargada que se cuentan medias verdades y avanzan juntos por un camino un tanto incierto.