Cuando el desconocido coloca su hombro debajo de mi cuerpo, logro cambiar el destornillador de mano. Cuando se incorpora lentamente, me lo llevo a la boca, hinco los dientes en el tapón y logro sacarlo. Me gira un cuarto de vuelta sobre el hombro para apartarme del borde. Con los dedos de la mano izquierda encuentro su hombro. No consigo llegar a su cuello. Pero noto la clavícula y entre ésta y el trapecio, el hueco blando y triangular donde los nervios yacen descubiertos bajo una fina capa de piel y tejido conjuntivo. Es justo aquí donde hinco el destornillador. Atraviesa la tela. Entonces sobreviene una resistencia, la rigidez y firmeza sorprendentemente elástica de las células vivas. Junto las palmas de las manos y, de un tirón, elevo mi cuerpo de manera que todo mi peso repose sobre el puño del destornillador. Se desliza hasta el fondo.
No sale el menor ruido de su boca. En cambio, se detiene todo movimiento y, durante un instante, nos tambaleamos. Estoy esperando que me suelte, ya he tensado mis músculos preparándome para el choque con la rejilla que hay debajo. Entonces me deja caer sobre la plataforma.
Me doy con la cabeza contra la barandilla. El mareo se dispersa, aumenta y cede finalmente. El saco y las mantas de lana han protegido mi cabeza lo suficiente como para que no perdiera el conocimiento.
Entonces aterriza un ariete en mi estómago. Me empieza a dar patadas.
Primero me entran ganas de vomitar, pero cuando el dolor me inunda una y otra vez, ni siquiera me da tiempo a respirar entre patada y patada. Estoy a punto de ahogarme. Pienso que es una pena no haber podido acercarme más a su cuello.
Lo siguiente que percibo es un griterío. Creo que es él quien grita. Alguien me toma por los hombros y no puedo evitar pensar que he agotado mi suerte externa y mis propias reservas, ahora sólo quiero morir en paz.
Para mi sorpresa, no es él quien grita. Se trata de un chillido electrónico, una curva sinusoidal de un generador de sonidos. Soy arrastrada escaleras arriba. Mis lomos golpean contra cada uno de los escalones.
Un frío inmenso se está introduciendo en mi interior junto con la lluvia que cae. Entonces se cierra una escotilla y me sueltan. A mi lado hay un animal que está tosiendo, sacando los pulmones por la boca.
Estoy intentando salir del saco. Me veo obligada a rodar de un lado a otro para liberarme de las mantas.
Salgo a una lluvia que cae a cántaros, al chillido electrónico, a una luz eléctrica que me deslumbra y a la respiración estertórea que proviene de algún lugar cerca de mí.
No es un animal. Es Jakkelsen. Empapado y tan blanco como la tiza. Nos encontramos en una estancia que no logro identificar inmediatamente. Sobre nuestras cabezas, los rociadores del sistema de extinción de incendios envían unas cascadas furiosas de agua sobre nosotros. La alarma de humo crece y decrece, monótona y enervante.
– ¿Qué otra cosa podía hacer? Encendí el puro y acerqué la boca al sensor. Entonces se puso en marcha la alarma.
Intento preguntarle algo pero no logro articular palabra. Adivina mi pregunta.
– Maurice -dice-. Se le han acabado sus días de lozanía. Ni siquiera me vio.
En algún lugar por encima de nuestras cabezas se oyen pasos apresurados. Están bajando las escaleras.
Soy incapaz de moverme. Jakkelsen se levanta. Me ha arrastrado a un piso más arriba. Debemos de estar en el entrepuente, debajo de la cubierta de proa. El esfuerzo le ha derrumbado.
– Estoy en baja forma -dice.
Entonces sale corriendo a trompicones, adentrándose en la oscuridad.
La puerta se abre de un golpe. Entra Sonne. Tardo un poco, antes de poder identificarle. Trae consigo un enorme extintor de espuma y lleva puesto todo el equipo contra incendios, con una botella de oxígeno en las espaldas. Detrás de él están María y Fernanda.
Mientras todavía nos estamos mirando, la alarma enmudece y la presión de agua decae gradualmente en la instalación de extinción para finalmente detenerse. Dentro del entrepuente, entre las gotas que caen desde las paredes y los techos y los ríos de agua que fluyen por la cubierta, irrumpe el lejano rumor del oleaje que rompe contra la proa del Kronos.
7
Los enamoramientos están enormemente sobrevalorados. El enamoramiento se compone de un cuarenta y cinco por ciento de miedo a no ser aceptado, de otro cuarenta y cinco por ciento de esperanzas maníacas de que, en esta ocasión, semejante miedo será desmentido; y, finalmente, de un diez por ciento de una frágil confianza en las posibilidades del amor.
Yo ya he dejado de enamorarme. De la misma manera que ya he dejado de ser víctima de las paperas.
Pero, no obstante, cualquiera puede ser asaltado por el amor. Durante las últimas semanas, cada noche me he permitido a mí misma pensar en él durante unos cuantos minutos. Le doy el permiso a mi conciencia y compruebo cómo el cuerpo lo extraña y anhela, cómo sigo recordando cómo era yo antes de que realmente lo viera. Veo su diligencia, recuerdo su tartamudeo, sus abrazos, el núcleo masivo de su personalidad. Cuando las imágenes empiezan a parecerse demasiado a la añoranza, las detengo. O al menos lo intento.
No se trata de un enamoramiento. Veo las cosas demasiado claras para que no sea así. El enamoramiento es una especie de enajenación. Muy emparentado con el odio, con el frío, con el rencor, con la embriaguez, con el suicidio. Ocurre raras veces, aunque, no obstante, ocurre, que algo o alguien me haga recordar mis anteriores enamoramientos. Justamente es lo que ha ocurrido ahora. Al otro lado de la mesa de oficiales, está sentado delante de mí el hombre a quien llaman Toerk. Si este encuentro hubiera tenido lugar hace diez años, probablemente me hubiera enamorado de él.
A veces el carisma de una persona es de tal índole que se infiltra, atravesando nuestras defensas, nuestros prejuicios y nuestras necesarias inhibiciones y se adentra directamente en nuestras entrañas. Hace cinco minutos, una abrazadera ha rodeado mi corazón, una abrazadera que ahora se tensa, presionándolo. La sensación se mezcla con la fiebre creciente que es la respuesta del sistema a la sobrecarga que ha sufrido, y todo deriva en un agudo dolor de cabeza. Hace diez años, este dolor de cabeza hubiera podido convertirse en un prominente deseo de apretar mis labios contra los suyos, viéndole perder su autodominio y serenidad.
Ahora soy capaz de contemplar lo que ocurre en mi interior, llena de veneración ante el fenómeno pero, sin embargo, enteramente consciente de que no es más que una ilusión pasajera que podría resultar mortal.
Las fotografías han atrapado su belleza, pero la han hecho inánime, como la belleza de una estatua. No han reproducido su carisma, su hechizo. Éste es doble. Es, a la vez, como una presión dirigida al espacio y como una atracción hacia él.
Incluso cuando está sentado, es muy alto. El pelo es casi cano, con un brillo metálico, y está recogido en la nuca en una coleta.
Me mira y las palpitaciones ruidosas en mi pie, mi espalda y mi cogote se acrecientan y recuerdo, en destellos, como aquellas diapositivas de formaciones de hielo que solíamos ver en los exámenes en la Universidad en los que teníamos que identificarles, una serie de chicos y hombres que, a lo largo de mi vida, han llegado hasta mí de esta manera.
Entonces vuelvo a aferrarme a la realidad, y vuelvo a tener los pies sobre la tierra firme. Los cabellos en la nuca se erizan y me dicen que, aparte de lo que, por lo demás, pueda ser, es el hombre del que estuve a una distancia de un metro, en medio de la oscuridad y el frío, mientras ambos esperábamos delante de La Incisión Blanca. El resplandor que entonces rodeaba su cabeza tuvo que deberse a este peculiar pelo cano que ahora veo por primera vez.