Me observa con atención.
– ¿Por qué sobre la cubierta de proa?
Lukas preside la mesa. Está hablándole a Verlaine. Que está sentado diagonalmente en el lado opuesto al mío. Ligeramente hundido en la silla y complaciente.
– Estaba intentando entrar en calor. Antes de reanudar el trabajo con los raíles.
Ahora lo recuerdo. Kista Dan y Maggi Dan, los buques del armador Lauritzen especialmente construidos para la navegación por el océano Ártico, los barcos de mi infancia. Antes de la base americana, antes de las máquinas de Groenlandia del Sur. Equipados para ser empleados bajo condiciones extremas, como, por ejemplo, en caso de quedarse atrapados en el hielo, disponían de unos especiales botes salvavidas de aluminio que por debajo del armazón llevaban unos raíles para que pudieran ser arrastrados sobre el hielo como si se tratara de trineos. Verlaine ha estado fijando este tipo de raíles.
– Jaspersen.
Baja la mirada al papel que tiene delante.
– Usted abandonó la lavandería media hora antes de que terminara su guardia, es decir, a las 15:30, con el fin de dar un paseo. Bajó a la sala de máquinas, vio una escotilla, la abrió y siguió el túnel hasta la escalera. ¿Qué diablos hacía usted allí?
– Descubrir lo que diariamente tengo bajo mis pies.
– ¿Y qué más?
– Había una escotilla con dos manivelas. Al probar una de ellas se disparó la alarma. En un primer momento creí que yo la había puesto en marcha.
Mira a Verlaine y después a mí. La ira enturbia su voz.
– Apenas es capaz de mantenerse de pie.
Miro a Verlaine a los ojos.
– Me caí. Cuando se disparó la alarma, di un paso atrás y me caí por las escaleras. Debo de haberme golpeado la cabeza contra uno de los peldaños.
Lukas asiente con la cabeza, lenta y amargamente.
– ¿Alguna pregunta, Toerk?
No cambia de postura. Simplemente inclina la cabeza. Podría estar en los treinta, pero también en los cuarenta.
– ¿Fuma usted, Jaspersen?
Recuerdo la voz con nitidez. Sacudo la cabeza, negándolo.
– El dispositivo de extinción se dispara por secciones. ¿Detectó si olía a humo en algún sitio?
– No.
– Verlaine, ¿dónde se encontraba su gente?
– Estoy intentando averiguarlo.
Toerk se levanta. Se queda de pie, apoyado en la mesa, contemplándome con una mirada pensativa.
– Según el reloj del puente, la alarma se disparó a las 15:57. Se desactivó tres minutos y cuarenta y cinco segundos más tarde. Durante todo este tiempo usted permaneció en la sección activada. ¿Por qué no está mojada?
Mis sentimientos de antes han desaparecido. Todo lo que ahora percibo a través de la fiebre es que otra persona más poderosa me está hostigando. Le miro a los ojos.
– La gran mayoría de las cosas que me pasan me resbalan.
8
El agua caliente me proporciona cierto alivio. Yo, que me crié con baños de agua de deshielo enfriados por el hielo y blancos como la leche, me he vuelto adicta al agua caliente. Una de las pocas adicciones que reconozco. Es como la necesidad que, de vez en cuando, siento de tomar café, o la de ver cómo brilla el sol sobre el hielo.
El agua sale hirviendo de los grifos del Kronos y la mezclo con el agua fría cerca del punto de abrasamiento. Y entonces dejo que caiga sobre mí. Al contacto con el agua, mi cogote, mi espalda, los hematomas que me han salido sobre el abdomen y, sobre todo, mi pie, todavía hinchado y dolorido, desprenden llamas. Entonces, la fiebre y los temblores aumentan y, a pesar de ello, permanezco erguida bajo el chorro de agua y, poco a poco, todo se va desvaneciendo, sumiéndome en un estado de debilidad y flojera.
Voy hasta la cocina, de donde me llevo un termo con té a mi camarote. Lo deposito sobre la mesa en medio de la oscuridad, cierro la puerta con llave, espiro aliviada y enciendo la luz.
Jakkelsen está sentado sobre mi cama, con ropa deportiva blanca y con unas pupilas que han desaparecido en las profundidades del cerebro y han dejado una mirada de cuarzo de autoconfianza artificial.
– Supongo que serás consciente de que te he salvado la vida, ¿no?
Espero a que el susto se disipe y se despegue de mis miembros entumecidos para tomar asiento.
– El mundo de la mar, me digo a mí mismo, es demasiado duro para Smila. Por lo que me siento a esperar en la sala de máquinas. Si alguien quiere dar contigo, lo único que hay que hacer es sumergirse en las entrañas del barco. Y justo detrás de ti aparecen Verlaine, Hansen y Maurice. Pero me quedo sentado. Porque he cerrado las puertas que dan a la cubierta con llave. Tendréis que volver por aquí.
Agito mi té con la cuchara. La cuchara tintinea al entrechocar con la taza.
– Cuando finalmente vuelven contigo metida en un saco, sigo allí sentado. Conozco su problema. Aquello de que la basura de la cocina y la gente que no te gusta hay que echarlas por la borda, pertenece al siglo pasado. Hay dos personas en el puente a la vez y la cubierta está iluminada. Aquel que deje caer algo por la borda que sea más grande que una cerilla tendrá complicaciones y será llevado ante la audiencia marítima. Entraríamos en el puerto de Godthaab e, inmediatamente, tendríamos un hormiguero de pequeños groenlandeses patituertos con uniforme de policía husmeando por todos lados.
Súbitamente se da cuenta de que está hablando con una de las pequeñas hormigas patituertas.
– Perdóname -me dice.
En algún lugar, suenan cuatro repiques dobles de un reloj lejano, ocho medias horas, la medida del tiempo en la mar, un tiempo que no hace distinción entre el día y la noche, sino que únicamente marca los relevos monótonos de las guardias de cuatro horas. Estos repiques intensifican la sensación de inamovilidad, de que, en ningún momento, hemos navegado, sino que hemos permanecido inmóviles en el tiempo y el espacio y que sencillamente nos hemos adentrado en la absurdidad, estancándonos en ella.
– Hansen se queda montando guardia en la escotilla de la sala de máquinas. Por lo tanto, me doy un paseo hasta la cubierta y la escalera de popa. Cuando Verlaine sube, es fácil adivinar adónde va a parar todo. Verlaine montando guardia en la cubierta, Hansen al lado de la escotilla. Y Maurice a solas contigo en la bodega. ¿Qué significa todo esto?
– Tal vez que Maurice quería echar un polvo rápido.
Asiente con la cabeza, quedándose pensativo.
– Puede ser. Pero a él le gustan las chicas jóvenes. El interés por las mujeres maduras sólo se adquiere con la experiencia. Sé, sin sombra de dudas, que quieren arrojarte a la bodega. ¡Está muy bien pensado, Smila! Es una caída de doce metros. Parecerá como si te hubieras caído tú sola. Sería quitarte el saco después y ya está. Ésa es la razón por la que te llevaron en brazos con tanto cuidado. Para que no hubiera marcas luego.
Su rostro se ilumina cuando me mira, contento de haber descubierto sus propósitos.
– Bajo al entrepuente y me acerco a las escaleras. Entre los peldaños vislumbro cómo Maurice atraviesa la puerta contigo en brazos. Ni siquiera resopla. Pero, claro, para eso está en la sala de pesas cada día. Doscientos kilos de levantamiento, y veinticinco kilómetros en la bicicleta. Debo tomar una determinación. Porque tú no has hecho nunca nada por mí, ¿verdad? En realidad, me has fastidiado directamente. Y hay algo en ti, algo, algo jodidamente…
– ¿Virginal?
– Sí, justamente. Por otro lado, nunca he podido tragar a Maurice.
Hace una pausa de efecto.
– En el fondo soy un caballero. Así que decido encender el cigarrillo. No os puedo ver desde donde estoy, estáis sobre la plataforma. Pero me meto el sensor en la boca y soplo todo lo que puedo y salta la alarma.
Me observa detenidamente.
– Maurice aparece en la escalera envuelto en sangre. El agua de los aspersores se la lleva escaleras abajo. Un pequeño río. Es para vomitar. ¿Por qué se toman tantas molestias? ¿Qué les has hecho, Smila?