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Rashas abogaba persistentemente por el aislamiento elfo del resto del mundo. No ocultaba el hecho de que, en su opinión, el Príncipe de los Sacerdotes de Istar había hecho bien al ofrecer recompensas por enanos y kenders. Sin embargo, de ser por él, habría realizado un cambio: habría añadido los humanos a la lista.

Lo cual hacía que todo este asunto fuera inexplicable. ¿Por qué esa vieja araña cautelosa quería atraer a Gilthas, nada menos un cuarterón humano, a su tela?

—En cualquier caso —masculló Tanis—, esto me dará una oportunidad para arreglar mis propias cuentas contigo, Rashas, viejo amigo de la infancia. Recuerdo todos tus comentarios insidiosos, los insultos susurrados, las pequeñas bromas crueles. Los golpes que recibí de ti y de tu pandilla de matones. Entonces tenía prohibido devolvértelos, pero ¡por Paladine que ahora no habrá nadie que me lo impida!

La agradable idea de imaginar por anticipado que estrellaría el puño en la puntiaguda barbilla de Rashas mantuvo entretenido a Tanis gran parte de la mañana. No tenía idea de qué era lo que quería de su hijo, pero suponía que nada bueno.

—Hice mal en no hablarle a Gil de Rashas —reflexionó Tanis—. Y en no contarle casi nada de cómo fue mi vida en Qualinesti. Tal vez haya sido un error mantenerlo apartado de allí. Si no lo hubiésemos hecho, habría conocido a Rashas y a los que piensan como él. No habría caído en sean cuales sean las argucias de ese conspirador. Pero quería protegerte, Gil. No quería que sufrieras lo que yo sufrí… —Tanis hizo parar a su caballo y le hizo dar media vuelta—. Maldito sea el Abismo.

Observó fijamente la calzada de tierra, sintiendo el corazón en un puño. Desmontó para ver mejor. El barro, que se iba endureciendo poco a poco con el brillante sol, mostraba claramente lo ocurrido. Sólo había una criatura en Krynn que dejara ese tipo de huellas, con tres garras delanteras y una trasera, así como la sinuosa marca de una cola de reptil.

—Draconianos… Cuatro.

Tanis examinó las huellas. Su caballo las olisqueó y se apartó relinchando, con repulsión.

Agarró al animal y le sujetó la cabeza cerca de las huellas hasta que se hubo acostumbrado al olor. Volvió a montar y siguió el rastro. Podía ser una coincidencia, se dijo. Tal vez los draconianos viajaban en la misma dirección que Gil, simplemente.

Pero, al cabo de un par de kilómetros, Tanis estaba convencido de que aquellos seres iban siguiendo a su hijo, al acecho.

En cierto momento, Gil había desviado a su caballo, saliendo de la calzada, para conducirlo hasta la orilla de un arroyo. También allí los draconianos habían dejado el camino. Rastreando tenazmente las huellas del caballo arroyo abajo, los draconianos lo habían seguido a lo largo del borde del agua, y posteriormente de vuelta a la calzada.

Además, Tanis advirtió que las criaturas llevaban cuidado de mantenerse ocultas. En distintos puntos, las pisadas de tres garras dejaban el camino y buscaban la seguridad de la espesura.

Esta calzada no estaba muy frecuentada, pero los granjeros la usaban, así como algún que otro caballero. Si los draconianos fueran merodeadores corrientes que se marchaban de la zona, no habrían dudado en atacar a un solitario granjero para robarle la carreta y los caballos. Estos draconianos se escondían de la gente que pasaba por la calzada; obviamente tenían una misión.

Mas ¿qué conexión podía haber entre Rashas y unos draconianos? El elfo tenía sus defectos, cierto, pero conspirar con criaturas de la oscuridad no era uno de ellos.

Asustado, Tanis espoleó al caballo. Las huellas tenían horas, pero no se encontraba lejos de El Cisne Negro. La posada estaba localizada en una villa de buen tamaño, llamada Campogentil. Cuatro draconianos no se atreverían nunca a aventurarse en una zona poblada. Fuera cual fuese su intención, tendrían que atacar antes de que Gil llegase a la posada.

Lo que significaba que Tanis podría llegar demasiado tarde.

Cabalgó por la calzada a una velocidad moderada, sin perder de vista las huellas, tanto de las criaturas como las del caballo de Gil. Obviamente, el joven no tenía ni idea de que lo estaban siguiendo. Marchaba a un tranquilo trote, disfrutando del paisaje, regocijándose con su recién descubierta libertad. Los draconianos no se desviaban de su curso.

Y entonces Tanis supo dónde atacarían.

A unos pocos kilómetros de Campogentil, la calzada atravesaba un área muy boscosa. Robles y castaños crecían apiñados, con las ramas entrelazándose por encima del camino, tapando la luz del sol y manteniendo la calzada en sombras. En los días posteriores al Cataclismo, ese bosque tenía fama de haber sido el refugio de ladrones, y en la actualidad se lo conocía extraoficialmente como Acres de Ladrones. Las cuevas horadaban las laderas de las colinas, proporcionando escondrijos donde los hombres podían ocultarse y regodearse con su botín. Era el lugar perfecto para tender una emboscada.

Muerto de miedo, Tanis dejó de seguir las huellas y puso a galope a su caballo. Casi arrolló a un sobresaltado granjero, que le gritó preguntándole qué demonios le pasaba. Tanis no perdió tiempo en responder. El bosque estaba a la vista, una amplia extensión verde oscuro que bordeaba la calzada al frente.

Las sombras de los árboles se cerraron sobre él; el día se convirtió en oscuridad en un abrir y cerrar de ojos. La temperatura bajó de manera notable. Aquí y allí parches de luz solar se filtraban a través del dosel de ramas. Comparada con la oscuridad que la rodeaba, la luz resultaba casi cegadora. Pero a no tardar incluso esos atisbos de luz se terminaron a medida que la floresta se volvía más densa.

Tanis hizo que el caballo frenara un poco la marcha. Aunque detestaba perder tiempo, no quería pasar por alto cualquier pista que hubiese quedado marcada en el suelo.

No tardó en hallar el final de la historia.

No le habría pasado inadvertido aunque hubiese ido a galope tendido. La calzada de tierra estaba removida hasta tal punto que a Tanis le resultó imposible descifrar qué había ocurrido exactamente. Las huellas de los cascos del caballo se confundían con las de los draconianos; aquí y allí le pareció vislumbrar la esbelta huella de un pie elfo. Además, se sumaban otras huellas con garras distintas. Ésas le resultaron vagamente familiares, pero no alcanzó a identificarlas de inmediato.

Gil había llegado hasta allí, y no había seguido.

Pero, por todo lo más sagrado, ¿qué le había ocurrido?

Tanis retrocedió sobre sus pasos, extendiendo la búsqueda entre los árboles. Su paciencia se vio recompensada.

Huellas de cascos de caballo se metían en el bosque, flanqueadas por las de los draconianos.

Tanis juró entre dientes. Regresó hasta su animal, lo ató a un lado de la calzada, y cogió el arco largo y la aljaba con flechas atados a la silla. Soltó la correílla que sujetaba la espada a la vaina y se metió en el bosque.

Toda su habilidad como rastreador y cazador volvió de nuevo a él. Bendijo la previsión —¿o quizá fue la visión en el alcázar de las Tormentas?— que lo había inducido a ponerse las botas de flexible cuero, así como llevarse el arco y las flechas, que rara vez cogía en estos tiempos de paz. Su mirada barría el suelo. Se movía entre árboles y arbustos sin hacer ruido, pisando con ligereza, cuidando de no hacer chascar una ramita o que una rama se agitara a su paso.

La fronda se hizo más densa, más oscura. Se encontraba bastante lejos de la calzada, rastreando a cuatro draconianos, y él iba solo. No era una maniobra particularmente inteligente.

Siguió adelante. Tenían a su hijo.

El sonido de voces guturales, hablando un lenguaje que le erizó la piel y le trajo desagradables recuerdos, hizo que Tanis aflojara el paso. Conteniendo el aliento, avanzó sigiloso, moviéndose de árbol en árbol, aproximándose a su presa.