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—Llamadme Rashas, mi príncipe —lo interrumpió el elfo mayor.

Gil hizo una inclinación de cabeza, correspondiendo al cumplido.

—No puedo dejar solo a mi caballo, sin atención. —Palmeó el cuello del animal—. Espero que no os ofendáis.

Sin embargo Rashas parecía complacido.

—Tolo lo contrario, mi príncipe. Me alegra ver que os tomáis esa responsabilidad seriamente. ¡Hay tantos jóvenes que no lo hacen hoy en día! Pero no tenéis que perderos el viaje por eso. Mi sirviente kalanesti —Rashas agitó una mano hacia el elfo de aspecto extraño— llevará de vuelta el caballo a los establos de vuestro padre.

¡Kalanesti! Ahora lo entendía. Así que ése era uno de los famosos Elfos Salvajes de leyendas y canciones. Nunca había visto uno.

El kalanesti inclinó la cabeza, indicando en silencio que nada le complacería más que hacer tal cosa. Gil respondió de igual modo, incómodo, preguntándose qué decisión tomar.

—Veo que dudáis. ¿Os encontráis bien? He oído que vuestra salud es precaria. Quizá deberíais regresar a casa —dijo Rashas solícitamente—. Los rigores del vuelo podrían resultar perjudiciales para vos.

El comentario, ni que decir tiene, zanjó el asunto.

Sintiendo arderle las mejillas, Gil manifestó que le encantaría acompañar al senador en el grifo.

Sin pensarlo más, el joven ordenó al sirviente kalanesti que se ocupara del caballo, y sólo cuando se encontró bien afianzado en la silla del grifo se le ocurrió preguntarse cómo sabía el senador que había decidido viajar a Qualinesti; y también dónde encontrarse con él.

Gil tuvo la pregunta en la punta de la lengua, pero estaba impresionado por el elfo mayor, por su aire elegante y digno. Laurana había enseñado bien a su hijo, le había inculcado ser diplomático. Hacer tal pregunta sería una descortesía, daría a entender que Gil no confiaba en el elfo. Sin duda había una explicación lógica.

El joven se puso cómodo, dispuesto a disfrutar del viaje.

6

Mientras viviera, Gil no olvidaría la primera vez que avistó la legendaria ciudad de Qualinost. El primer atisbo, pero aun así, una imagen familiar para él.

Rashas se volvió para ver la reacción del joven, y reparó en que las lágrimas se deslizaban por las mejillas de Gil. Asintió con aprobación. Incluso le desaconsejó que se las limpiara.

—La belleza inunda el corazón hasta casi hacerlo estallar, y la emoción ha de encontrar una válvula de escape. Dejad que se descargue por vuestros ojos. No consideréis una vergüenza esas lágrimas, mi príncipe, sino más bien un gran mérito. Es lógico que lloréis la primera vez que contempláis vuestro verdadero hogar.

A Gil no le pasó inadvertido el énfasis puesto por el senador en la palabra «verdadero», y no pudo estar más de acuerdo con él.

«¡Sí, éste es mi lugar, formo parte de él! Ahora lo sé. Lo he sabido toda mi vida. Porque no es la primera vez que veo Qualinost. La he visto en sueños muchas veces».

Cuatro esbeltas torres hechas de piedra blanca y revestidas con reluciente plata se elevaban por encima de las copas de los álamos, que crecían copiosos en la ciudad. Una torre más alta, construida con oro bruñido, que resplandecía a la luz del sol, se alzaba al norte de la ciudad rodeada de otros edificios hechos de chispeante cuarzo rosa. Calles tranquilas serpenteaban como cintas de seda entre alamedas y jardines de flores silvestres. Una sensación de paz se apoderó del alma de Gilthas; de paz y de pertenencia.

Cierto, había llegado a casa.

El grifo aterrizó en el patio central de una casa construida de cuarzo rosa y decorada con verde jade. La propia casa parecía delicada, frágil y, sin embargo, había aguantado —como Rashas alardeó con orgullo— los temblores y los huracanes del Cataclismo. Gil contempló las torres, el trabajo de filigrana de los rasteles, las columnas estriadas y los esbeltos arcos, y comparó mentalmente aquello con el palacete de sus padres. La mansión, a la que Laurana había dado el nombre de Final del Viaje, era rectangular, de pronunciados ángulos, ventanas rematadas en gablete y tejado de vertientes en ángulo agudo. Comparada con los hermosos y gráciles hogares elfos, la recordaba como una construcción amazacotada, sólida y fea. Parecía… humana.

Rashas le dio cortésmente las gracias al grifo por los servicios prestados, le entregó varios regalos de calidad y se despidió de él. Después condujo a Gilthas al interior de la casa. Por dentro era aún más hermosa que por fuera, si tal cosa era posible. A los elfos les encantaba el aire libre, de modo que, como rezaba el dicho, sus hogares eran más ventanas que paredes. La luz del sol penetraba por las filigranas talladas y se entretejía con las sombras para formar dibujos sobre el suelo, unos dibujos que parecían estar vivos, ya que cambiaban constantemente con los movimientos del sol y las nubes. Dentro de la casa crecían flores, y del suelo se alzaban árboles. Los pájaros entraban y salían volando, libremente, llenando las estancias con sus musicales trinos. Desde fuentes interiores el agua corría y salpicaba entonando su canto semejante a dulces nanas, creando un contrapunto con la alegre música de las aves.

Varios elfos kalanestis —altos y musculosos, con las extrañas marcas en la piel— recibieron a Rashas con reverencias y muestras de deferencia.

—Éstos son mis Elfos Salvajes —le explicó el senador a Gilthas—. Antaño fueron esclavos. Ahora, de acuerdo con los decretos recientes, se me exige pagarles por sus servicios.

Gil no estaba seguro, pero tuvo la incómoda sensación de que el tono de Rashas sonaba muy molesto. El elfo mayor lo miró de soslayo y sonrió, y Gil llegó a la conclusión de que el senador sólo había bromeado. Nadie, en los tiempos actuales y en esta era, podía aprobar la esclavitud.

—Ahora sólo vivimos aquí mis sirvientes y yo —continuó Rashas—. Soy viudo. Mi esposa murió durante la guerra, y mi hijo pereció combatiendo en los ejércitos de la Piedra Blanca, que estaban dirigidos por vuestra madre, Gilthas. —Lanzó una extraña mirada al joven—. Mi hija está casada y tiene casa y familia propias. La mayoría del tiempo me encuentro solo.

»Pero hoy tengo compañía, un honorable huésped que me visita. Espero que también vos, mi príncipe, consideréis vuestra mi casa. Confío en que honréis mi morada con vuestra presencia. —Parecía anhelante, ansioso de que Gilthas respondiera afirmativamente.

—Soy yo quien se siente honrado, senador —dijo el joven, rojo de placer—. Vuestra amabilidad me abruma.

—Dentro de un momento os mostraré vuestro cuarto. Los sirvientes lo están preparando ahora. La dama que es mi invitada está deseosa de conoceros. Sería descortés por nuestra parte hacerla esperar. Ha oído hablar mucho de vos. Es, creo, una íntima amiga de vuestra madre.

Gil estaba perplejo. A raíz de su matrimonio, su madre había conservado contados amigos entre los elfos. Quizás esta persona había sido una de las compañeras de infancia de Laurana.

Rashas subió, precediendo a Gil, tres tramos de una escalera de grácil trazado sinuoso. Una puerta situada en lo alto se abría a un espacioso corredor; en éste había tres puertas, una al fondo y las otras dos, una a cada lado. Una pareja de silenciosos sirvientes kalanestis se encontraba junto a la puerta del fondo. Hicieron una reverencia a Rashas, y a una señal de éste, uno de los Elfos Salvajes llamó respetuosamente a la puerta.

—Adelante —respondió una voz femenina, baja y musical, queda e imperiosa.

Gil se quedó atrás para dejar pasar a Rashas, pero el senador hizo una reverencia y un ademán, invitándolo a adelantarse.

—Mi príncipe —dijo.

Azorado, pero complacido, Gilthas entró en la habitación seguido de Rashas. Los sirvientes cerraron la puerta.

La mujer estaba de espaldas a ellos, de pie junto a un ventanal. El cuarto tenía forma octogonal, y era un pequeño vivero. En el centro crecían árboles, con las ramas cuidadosamente guiadas para formar un techo vivo de verdor. En las paredes había altos y estrechos ventanales. Gil reparó en que no estaban abiertos, sino cerrados y cubiertos con seda. Supuso que a la ocupante de la estancia no le gustaba el aire fresco.