Druso trató con todas sus fuerzas de quitarse de la cabeza aquellas dudas desleales. La grandeza de Roma no admitía obstáculo alguno, se dijo a sí mismo y, al contrario de lo que pensaba Adriano, tampoco límites. Los dioses habían otorgado el mundo a los romanos. Así había sido dicho en el primer libro del gran poema de Virgilio, que todos los muchachos estudiaban en la escuela: dominio sin fin. El emperador Saturnino había decretado que aquel lugar tenía que ser romano, Druso había sido enviado hasta allí para contribuir a su conquista en nombre de Roma, y así sería.
Había amanecido ya cuando la flota, bajando por la costa, se había desplazado lo suficiente como para quedar fuera de la vista de aquel templo en lo alto de la colina. A la potente luz de la mañana, Druso tuvo una visión más nítida de la irregular costa rocosa, las playas arenosas, los densos bosques. Vio entonces que los árboles eran palmeras de alguna clase, pero sus hojas curvas y recortadas las hacían diferentes de aquellas otras autóctonas de los países mediterráneos. No había indicio de ningún asentamiento humano.
El desembarco resultó una operación complicada. El mar era allí poco profundo y los barcos eran grandes, diseñados especialmente para grandes trayectos. No se podía echar el ancla muy cerca de la orilla, de manera que los hombres tuvieron que lanzarse al agua, que por lo menos estaba caliente, y esforzarse para llegar a la orilla en medio de las olas, muy cargados de armas y suministros. Tres de ellos fueron arrastrados por una corriente que les llevó hacia el sur y dos de ellos perecieron ahogados. Al verlo, algunos de los restantes se resistieron a abandonar el barco. El propio Druso saltó y alcanzó la orilla para animar a la tripulación. La arena era de una blancura sobrecogedora, como si estuviera hecha de diminutas partículas de huesos pulverizados. Se notaba dura al pisarla y crujía al caminar sobre ella. Druso se recreó en su extrañeza pisoteándola varias veces. Clavó profundamente en ella su bastón de mando, diciéndose a sí mismo que estaba tomando posesión de aquella tierra en nombre de la Roma Eterna.
La fase inicial del desembarco llevó más de una hora, hasta que los romanos se instalaron sobre aquella franja estrecha de arena entre el mar y las apretadas palmeras. Durante todo el proceso, Druso recordaba con desasosiego lo que contaban los supervivientes de la primera expedición, sobre las flechas mexicanas que, misteriosamente, aparecían de la nada y se dirigían a las zonas más vulnerables. Pero ese día no ocurrió nada parecido. Druso puso al grupo desembarcado a trabajar de inmediato en la tala de árboles y la construcción de balsas con las que pudieran transportar al resto de los hombres, equipo y provisiones hasta el campamento que allí iban a establecer. Los otros capitanes de fragata estaban haciendo lo mismo. Por toda la costa, la flota cabeceando con las anclas echadas era una visión estimulante: los cascos sólidos y pesados, los altos puentes de mando, las grandes velas cuadradas resplandeciendo con los colores imperiales.
Con la radiante luz del nuevo día, los temores de Druso se disiparon.
—Hemos llegado —dijo a Marco Juniano—. Pronto reconoceremos este lugar y después lo conquistaremos.
—Deberías anotar esas palabras —le contestó Marco—. Durante los siglos venideros, los muchachos las aprenderán de memoria en la escuela.
—Me temo que no son mías del todo —dijo Druso.
El escandinavo que había embarcado al emperador Saturnino en esas fantasías de conquista era un tal Haraldo, una descomunal montaña de hombre de cabellos rubios que se había acercado hasta el palacio de invierno del emperador en Narbona, en la Galia, con aquellos delirantes cuentos sobre reinos dorados más allá del mar. Pretendía haber visto al menos uno de ellos con sus propios ojos.
A estos nórdicos, pueblo salvaje y belicoso, podían vérselos normalmente en ambas mitades del Imperio. Un buen número de ellos se había marchado a Constantinopla, que en su lengua llamaban Miklagard, «la ciudad poderosa». Hacía cien años que el emperador oriental había formado una guardia de élite con estos hombres (se llamaban a sí mismos varangianos, «los Hombres de Honon›) y ésta constituía su escolta personal. Con bastante frecuencia, llegaban también a la capital occidental, a la que se referían igualmente como Miklagard. Debido a que a los romanos occidentales les recordaban a sus antiguos enemigos, los godos, con los que los nórdicos estaban estrechamente emparentados, los emperadores de Roma nunca habían deseado tener su propio cuerpo de guardias varangianos. Pero resultaba fascinante prestar oídos a los relatos que estos legendarios marinos contaban.
La patria de estos nórdicos se llamaba Scandinavia, y pertenecían a alguna de las tres tribus principales, dependiendo de si procedían de Suecia, Noruega o del territorio de los que a sí mismo se llamaban danios. Pero todos ellos hablaban más o menos la misma tosca lengua y todos ellos, tanto hombres como mujeres, eran de grandes proporciones, irascibles, hábiles, vengativos y despiadados; eran capaces de portar tres armas bien afiladas sobre sus cuerpos a todas horas y, rápidamente, echaban mano de su espada, su puñal o su hacha de guerra en el instante en que se sentían ofendidos. Sus pequeños y robustos navios navegaban con facilidad a través de los canales de agua medio congelada de su mundo glacial, conduciéndoles a remotos lugares en el norte, nunca visitados y apenas conocidos por los romanos. De aquellas tierras heladas, los mercaderes nórdicos volvían cargados de marfil, pieles, aceite de foca y de ballena y otros productos similares, muy cotizados en los mercados de Roma y Bizancio.
Este Haraldo era un sueco que decía que sus viajes le habían llevado hasta Islandia y Grenenlandia, que eran los nombres nórdicos de dos islas en la parte norte del océano donde ellos habían establecido asentamientos en los últimos doscientos años. Después, él había continuado más lejos incluso, hasta un lugar que ellos llamaban Vinlandia o Vineland, y que era la costa de una enorme masa de tierra (seguramente un continente) y luego, con un pequeño grupo de compañeros, había partido en viaje de exploración por toda la costa de aquel continente.
El viaje les había llevado dos o tres años, decía. De vez en cuando desembarcaban y, con frecuencia, encontraban pequeñas aldeas habitadas por gentes desnudas o medio desnudas y con una apariencia fuera de lo común: de cabello oscuro y brillante y piel también oscura, aunque no de la forma en que lo es la de los africanos. Tenían rostros de rasgos pronunciados, caracterizados por una prominente mandíbula y una nariz en forma de pico. Algunas de estas gentes eran amistosas y otras no, pero todos ellos estaban bastante atrasados; eran pueblos toscos, que vivían de la caza y la pesca y se refugiaban en pequeñas tiendas hechas con pieles de animales. Sus diminutos campamentos parecían tener muy poco que ofrecer en cuanto a posibilidades comerciales.