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Pasó por delante de un vendedor de periódicos y echó una mirada al cartel anunciador: Resultado del juicio McGinty. Fallo.

No despertó interés alguno en él. Recordó vagamente un párrafo muy corto al que diera publicidad la Prensa. Como asesinato, era de lo más vulgar. Una vieja infeliz, muerta de un golpe en la cabeza para quitarle unas cuantas libras esterlinas. Simple pieza del mosaico de brutalidad cruda y sin sentido que caracteriza los tiempos modernos;

Poirot entró en el atrio de la casa de vecindad donde tenía su domicilio. Y, como siempre, se le ensanchó el corazón. Porque estaba orgulloso de su casa, de aquel edificio espléndido y simétrico. El ascensor le condujo al tercer piso, donde ocupaba una vivienda grande, de lujo, con impecables aplicaciones cromadas, sillones cuadrados y varios adornos rectangulares. Podía decirse sin mentir que no había una sola curva en todo el lugar.

Al abrir la puerta con el llavín y entrar en el cuadrado y blanco vestíbulo, su ayuda de cámara, George, le salió al encuentro.

—Buenas noches, señor. Hay un... caballero aguardándole.

Le quitó el abrigo con arte.

—¿Sí? —Poirot se había dado cuenta de la leve pausa que precediera a la palabra caballero. Como snob social, George era un verdadero experto— ¿Qué nombre ha dado?

—El de Spence, señor.

—Spence...

De momento, el nombre no le dijo nada a Poirot.

Sin embargo, sabía que algo debía decirle.

Se detuvo un instante ante el espejo para dejarse el bigote bien atusado, abrió la puerta de la sala y entró. El hombre que ocupaba uno de los grandes sillones cuadrados se puso en pie.

—Hola, monsieur Poirot. Espero que me recordará. Aunque hace ya mucho tiempo... El superintendente Spence.

¡Sí!... claro. —Poirot le estrechó cordialmente la mano.

El superintendente Spence, de la Policía de Kilchester. Había resultado muy interesante el caso aquel... Como decía Spence, mucho tiempo llevaba transcurrido desde entonces.

Poirot apremió a su visitante para que tomara algo de beber. ¿Grenadine? ¿Crème de menthe?¿Bénédictine?¿Crème de cacao?...

En aquel momento entró George con una botella de whisky y un sifón en una bandeja.

—O cerveza si la prefiere, señor —murmuró, dirigiéndose al visitante.

El ancho y colorado rostro del superintendente se animó.

—Cerveza para mí —dijo.

Poirot se maravilló una vez más de las habilidades de George. Él, personalmente, ni idea había tenido de que hubiese cerveza en casa. Y le parecía incomprensible que la pudiera preferir nadie a un licor dulce.

Cuando le trajeron a Spence la cerveza, Poirot se sirvió una minúscula copa de Crème de menthe.

—Es agradable que haya venido usted a verme —dijo—. Agradable. ¿Viene usted de...?

—De Kilchester. Me jubilaré dentro de unos seis meses. En realidad, me correspondía hace dieciocho. Pero me pidieron que permane ciera en activo y accedí.

—Hizo usted bien —dijo Poirot con calor—. Hizo usted muy bien...

—¿Lo cree usted así? No estoy tan seguro yo de eso.

—Sí, sí, hizo usted bien —insistió Poirot—. Las largas horas de ennui... usted no puede imaginárselas.

—¡Oh!, trabajo no me faltará cuando me retire. Nos mudamos de casa el año pasado, ¿sabe? Y el jardín, que es bastante grande por cierto, se encuentra en un estado lastimoso. Aún no he tenido tiempo de dedicarme en serio a arreglarlo..

—¡Ah, sí! Usted es uno de esos que se dedican a cultivar jardines. También yo decidí una vez vivir en el campo y cultivar calabazas. Pero fue un fracaso. No tengo temperamento.

—¡Si hubiera usted visto las calabazas que cultivé yo el año pasado! —exclamó Spence con entusiasmo—. ¡Colosales! Pues ¿y mis rosales? Soy muy aficionado a esas flores. Con decirle que...

Se interrumpió.

—No era de eso a lo que vine a hablar.

—No, no; usted vino a ver a un antiguo amigo, y yo le agradezco tanta amabilidad.

—Me temo que no es eso todo, monsieur Poirot. Voy a serie sincero: quiero algo.

Poirot murmuró con delicadeza:

—¿Tiene hipotecada la casa que...? ¿Desea solicitar un préstamo...

Spence le interrumpió con voz horrorizada:

—¡Santo Dios! No; no se trata de dinero. ¡De ninguna manera!

Poirot se excusó con un gesto.

—Le pido mil perdones.

—Con franqueza... es una frescura lo que le vengo a pedir. Y tendrá muchísima razón si me manda a freír espárragos, pues me lo tendré bien merecido.

—No le mandaré a freír espárragos. Continúe.

—Se trata del caso McGinty. Quizá haya leído algo de él en los periódicos, ¿no?

Poirot movió negativamente la cabeza.

—No con la debida atención. Mistress McGinty... una anciana... en una tienda o en una casa... Ha muerto, sí. ¿Cómo murió?

Spence se le quedó mirando con asombro.

—¡Recristina! —exclamó—. ¡Eso me hace recordar! Es extraordinario. ¿Cómo no se me ocurriría antes?

—Usted perdone.

—Nada. Solo un juego. De niños. Lo jugábamos cuando éramos chiquillos. Nos poníamos en fila. Preguntas y respuestas corrían a lo largo de la hilera. "¡Mistress McGinty ha muerto!" "¿Cómo murió?" "¡Con la rodilla en tierra, como yo!" "¿Cómo murió?" "Con la mano tendida, como yo." Y henos allí todos, con una rodilla en tierra y el brazo derecho alzado y tieso. Y, de pronto, la puntilla. "Mistress McGinty ha muerto." "¿Cómo murió?" "¡Así!" ¡Paf! El primero de la fila caía de lado, derribándonos a todos como si fuéramos bolos —rió ruidosamente al recordarlo—. ¡Me siento niño otra vez!

Poirot aguardó, cortés. Aquel era uno de los momentos en que, a pesar de haberse pasado media vida en el país, encontraba a los ingleses incomprensibles. Él había jugado a cache cache en su infancia, pero no sentía el menor deseo de hablar de ello ni de recordarlo siquiera.

Cuando el superintendente hubo dominado su acceso de risa, Poirot preguntó de nuevo con leve hastío:

—¿Cómo murió?

A Spence se le borró la risa del rostro. Volvió a ser, de pronto, el de siempre.

—Le dieron un golpe en la nuca con un instrumento afilado y de peso.. Le quitaron los ahorros... unas treinta libras esterlinas... después de haber registrado el cuarto. Vivía en una casita pequeña, sola, con un huésped: un tal Bentley... James Bentley.

—¡Ah, sí, Bentley!

—No se forzó la entrada en la casa. No se encontró señal de violencia en puertas ni ventanas. Bentley andaba mal de dinero, había perdido la colocación y debía dos meses de alquiler. El producto del robo se halló escondido debajo de una piedra detrás de la casa. Bentley tenía manchas de sangre en la manga y algunos cabellos adheridos... pelo de la misma clase que el de la víctima... sangre del mismo grupo... En su primera declaración aseguró que no se había acercado para nada al cadáver; por tanto, no pudo mancharse por descuido.

—¿Quién la encontró?

—El panadero se presentó con el pan. Era el día en que solía cobrar. James Bentley le abrió. Le dijo que había llamado a la puerta del dormitorio de mistress McGinty, sin obtener respuesta. El panadero sugirió la posibilidad de una indisposición repentina. Conque fueron en busca de la vecina para que subiera a investigar. Mistress McGinty no se encontraba en la alcoba, no había dormido en la cama. Alguien. no obstante, había registrado el cuarto y levantado las tablas del piso. Se les ocurrió entonces asomarse a la sala. Y allí la hallaron tendida en el suelo. La vecina, al verla, empezó a gritar como una loca. Luego avisaron a la Policía, como es natural.