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La agarró por el brazo.

Al dar el primer giro miró a las paredes; en la oscuridad parecían lisas, sin un portal. Había un callejón que volvía a correr colina abajo, unos metros más adelante. Tenían que llegar a aquella esquina antes de que los malteses los vieran. Hizo girar a Preen a la derecha.

– ¡Asesino de niños! ¡Te haremos pedazos!

El callejón descendía. Había una especie de escaleras. Preen y Yashim las bajaron de tres en tres. Estaban cerca de la orilla.

Al pie de las escaleras, Yashim giró bruscamente a la derecha. Tenía una vaga idea de que podían seguir la línea de la costa y dar la vuelta más tarde.

– ¡Ahí está! ¡Cójelo!

Los malteses estaban en las escaleras.

Preen se tambaleó y gritó.

Yashim la volvió a coger por el brazo y la obligó a torcer la esquina.

El muro a su izquierda perdía altura. Estaban en el muelle. Allá delante podía ver los postes verticales del embarcadero, con un único bote descansando entre ellos.

Si pudieran llegar a la embarcación…

Un hombre salió de un callejón a la derecha y se dirigió al bote.

– ¡Espere! -bramó Yashim.

El hombre no miró a su alrededor. Se metió en el esquife. El remero puso su mano sobre el remo.

Yashim y Preen se encontraban a unos veinte metros de distancia. El bote se separó de la orilla con una sacudida.

– ¡Espere! ¡Socorro! -gritó Yashim-. ¡Ayúdeme! -gritó en griego.

Rodeó con el brazo el poste de amarre. El bote se había alejado unos tres o cuatro metros. El remero miró a Yashim, y luego atrás, al muelle, donde los malteses acababan de aparecer.

El hombre del esquife les lanzó una mirada. Hizo un gesto de asentimiento al remero y el bote se deslizó hacia atrás. Preen y Yashim saltaron a bordo.

Cuando el esquife salió disparado nuevamente hacia delante, los malteses aminoraron la velocidad. Anduvieron al trote corto por el muelle, agitando los puños.

– ¡Asesino de niños!

Yashim levantó la mirada para dar las gracias al hombre, y excusarse.

– Habría que poner un vigilante aquí -dijo.

El hombre se encogió de hombros.

Era Alexander Mavrogordato.

43

– Gracias por detenerse.

– ¿Qué está usted haciendo aquí?

– Estaba buscando a unas personas -dijo Yashim. Mavrogordato miró hacia atrás, al muelle.

– Al parecer, las encontró.

– No, no eran ésas las que buscaba. -Yashim se secó la frente y tomó aliento-. Usted me apartó del caso.

El joven se encogió de hombros.

– Madre lo hizo.

En la oscuridad, resultaba difícil decir si estaba mintiendo.

– Lefèvre ya estaba muerto -dijo Yashim-. Usted no podía haber sabido eso, ¿verdad?

– ¿Por qué preocuparse? Un hombre como Lefèvre…

Yashim oía el agua goteando de la espadilla.

– ¿Fue una coincidencia, entonces?

– Está usted en mi bote -señaló el joven-. Eso parece una coincidencia, ¿no?

– Quizás. Pero… yo lo estaba buscando, también.

– ¿Usted…? ¿Usted me seguía?

– No. Pero oí que usted venía aquí a veces.

– Eso no es cierto. ¿Quién le dijo eso?

– Es cierto esta noche, ¿no?

Alexander Mavrogordato no replicó. Si había estado fumando, pensó Yashim, parecía tranquilo.

– ¿Quién es el dueño del Ca d'Oro?

El frágil esquife se balanceó al cruzar la estela de un bote de pescador.

– ¿Qué tiene eso que ver con ello?

– ¿Es uno de los barcos de su padre?

– Escuche, amigo. -Alexander se acercó-. Yo desconozco los negocios del viejo. Dentro de seis meses, estaré fuera de aquí, si Dios quiere.

– ¿Fuera de aquí? ¿Por qué?

– Eso es asunto mío -replicó Alexander-. Usted no lo entendería. El Fener. El Bosforo. El bazar… usted piensa que es el mundo, ¿no? Todos lo piensan. Y sólo porque el sultán hace unos pocos cambios aquí y allá, creen ustedes que están viviendo en el lugar más moderno de la tierra. Basura. Constantinopla es un lugar atrasado. Se sorprendería usted. El resto del mundo… se ríe de nosotros. París, San Petersburgo. ¡Vaya, en Atenas tienen incluso luz de gas en las calles! En un montón de calles. Tienen… política, filosofía, todo. Salas de concierto. Periódicos. Puede usted comprar un periódico y sentarse a leerlo en un café, y nadie se fija en usted. Al igual que en el resto de Europa. La gente tiene opiniones allí.

– ¿Y leen periódicos que tienen las mismas opiniones?

– Sorprendente, ¿no? Me voy allí, amigo. Me casaré, y… me iré.

– Y su mujer… ¿Está usted seguro de que querrá ir allí?

– ¿Mi mujer? Hará lo que yo quiera, por supuesto. Le regalaré vestidos elegantes, y celebraremos cenas e iremos a la ópera, y cosas así. Seremos completamente libres. Usted no lo entendería.

Yashim movió negativamente la cabeza. El muchacho estaba en lo cierto. Si la libertad significaba sacar tus opiniones de los periódicos y vestir como todo el mundo, entonces se trataba sin duda de algo que él jamás comprendería. Una placer, quizás, que él nunca tendría derecho a disfrutar.

– Gracias por detenerse -dijo-. Puede usted dejarnos donde prefiera.

Alexander gruñó algo que Yashim no captó. Probablemente, pensó, era mejor así.

44

De día, visto desde el agua, Pera parecía un enorme crustáceo sacado del mar. Del lado de Estambul, había minaretes y árboles; pero sobre el Cuerno de Oro, la colina de Gálata era gris y árida, incrustada de tejados, las ventanas de los edificios superponiéndose a medida que caían hacia el borde del agua. Quedaban aún parcelas de verdor, allí donde semillas y enredaderas habían reclamado unas zonas limpiadas por el fuego que barriera la ciudad cuatro años antes; pero no durarían mucho. Los alquileres estaban subiendo; tenían que hacerse fortunas; se estaban construyendo a diario nuevos edificios, y los ciudadanos de Pera no necesitaban, al parecer, árboles o jardines.

Yashim subía lentamente por la Grande Rue. Si Pera era una criatura marina, la Grande Rue era su cresta espinosa, que iba desde la parte superior de las escaleras que conducían desde el muelle al gran tanque de agua que daba su nombre, Taksim, al barrio que se extendía más allá. Era la calle donde se alzaban las embajadas extranjeras. En la última década se había vuelto tan cosmopolita como París o Trieste. Yashim vio fachadas de piedra clásicas y grandes ventanas acristaladas; las tiendas vendían sombreros y guantes, licores, pastelería francesa, sombrillas, botas inglesas. Por todas partes adonde mirara, surgían nuevos edificios que copiaban los estilos de imperios desaparecidos y civilizaciones perdidas… motivos egipcios y cariátides romanas. Era algo desarraigado -porque el dinero no tiene raíces-, y también profuso, penoso, feo y excitante.

La frivola mezcla de estilos se repetía abajo, en la calle. En la multitud que se arremolinaba arriba y abajo de la Grande Rue había hombres y mujeres de todas las nacionalidades y ninguna. Todas las razas del Mediterráneo, árabes y franceses, hombres con albornoces, hombres con sombrero, mujeres con tacones, eslavos de anchos hombros, severos ingleses, marineros genoveses, sastres belgas, nubios, drusos de piel olivácea procedentes de las colinas del Líbano, pálidos rusos de rubias barbas, vendedores ambulantes, holgazanes, actores, vagabundos, proxenetas, aguadores. Dos docenas de vendedores callejeros ambulantes voceaban sus mercancías. Un mono saltaba sobre un organillo. Incluso un oso andaba arrastrando las patas y miraba a su alrededor, al público, con una agradable mueca.

Ayer mismo, Yashim se había preguntado adónde había ido a parar el gran desfile, cuando desapareció de la corte en Topkapi. No a Besiktas, donde un sultán estaba agonizando en su lecho europeo.