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Tiró de la campanilla de un gran edificio de piedra gris algo retrasado con relación al resto de casas de la calle, y un lacayo de grisácea tez e inmaculado uniforme respondió a la puerta.

– Monsieur Mavrogordato está atendiendo su correspondencia. No recibirá a nadie antes de las once.

– ¿Quiere usted informar a su amo de que soy un amigo del francés Lefèvre? Necesito verlo urgentemente, para un negocio privado.

El criado apretó los labios y frunció el ceño. El turco de la puerta iba ataviado a la vieja usanza, pero vestía correctamente. De haber llevado el fez, como cualquier hombre de negocios, habría sido más fácil de despedir; pero su turbante le prestaba un sentido de misterio, combinado con aquel aire de confianza que los empleados son rápidos en detectar. La combinación podía significar dinero. Negocios privados, vaya. Ciertamente, a su amo le gustaba atender su correspondencia sin ser molestado. Pero no era un hombre al que le encantara perder una oportunidad. Negocios privados. Bueno, «negocios privados» podía significar muchas cosas.

– Un momentito, effendi -dijo, con una mayor demostración de cortesía-. Si quiere usted pasar, llevaré su mensaje a monsieur Mavrogordato.

El vestíbulo era estrecho y oscuro, y no había un lugar donde sentarse. Yashim se quedó de pie mirando a la calle a través de los cristales de la puerta. La multitud iluminada por el sol circulaba a un ritmo constante; a veces alguien se detenía u holgazaneaba un momento, pero el movimiento era intenso y finalmente empujaba y recuperaba a la persona, que se desvanecía en la corriente.

Yashim se acordó del libro que Grigor le había mostrado, con sus emperadores durmientes y antiguas profecías. ¡Cuán fútil parecía esa Gran Idea! Cuán superficial comparada con el profundo significado del tiempo y los acontecimientos. Bizancio hacía tiempo que había desaparecido. Recordó las antiguas palabras que el Conquistador había murmurado mientras inspeccionaba las ruinas del palacio imperiaclass="underline" «La araña teje una cortina en el palacio del césar: la lechuza ulula en las torres de Afrasiab.»

– Monsieur Mavrogordato le recibirá, effendi.

Mavrogordato era bajito y cuadrado, su cabello era oscuro y llevaba un bigote cuidadosamente recortado. Estaba sentado, con su chaqueta colgando del respaldo de su silla, las mangas remangadas, y sus delgados antebrazos, cubiertos de blanco vello, descansaban sobre una mesa cubierta de papeles, como un marinero naufragado aferrándose a una balsa. Era difícil imaginar su edad: cincuenta, tal vez. Más viejo que su mujer. Y Yashim había tenido razón. El chico, Alexander, se parecía a ella.

– ¿Cómo está usted? ¿Café? Stefan, café.

Su voz era un poco chirriante, con un acento que Yashim no conseguía situar del todo. Cuando Stefan hubo salido de la habitación, el hombre se inclinó hacia delante, parpadeando.

– Tiene usted algún asunto de interés, ¿eh? -bajó los ojos hacia una tarjeta que tenía sobre la mesa-, Yashim.

– ¿El nombre significa algo para usted? -preguntó Yashim, levantando la cabeza. El banquero no dio muestras de reconocerlo, y parecía excusarse-. Pensaba que… quizás su esposa…

Mavrogordato se sobresaltó.

– ¿Mi esposa?

Se produjo una momentánea pausa. Yashim movió una mano.

– Perdóneme, debería explicarme. Maximilien Lefèvre. El arqueólogo.

Mavrogordato frunció el ceño.

– Lefèvre -repitió. Luego, en un tono sombrío, añadió-: ¿No se ha enterado usted?

– Lo conocía ligeramente -dijo Yashim con lentitud.

Mavrogordato soltó un gruñido.

– Lo conocía. Hum. -Y empezó a tamborilear con sus dedos sobre la mesa, con gesto ausente.

– Estoy investigando su muerte. Tratando de establecer algunos hechos.

– No sé nada al respecto -dijo el banquero.

– No tenía intención de sugerir… -Yashim levantó las manos. Incluso en aquel despacho podía seguir oyendo el murmullo de la multitud fuera, el débil tañido de campanillas, el traqueteo de los carruajes sobre los adoquines-. ¿Usted lo conocía?

– Yo… Vino aquí una vez. Quería que le prestara dinero.

Hizo una pausa, Yashim no dijo nada.

– Y se lo presté -continuó el banquero-. Una pequeña cantidad.

Mavrogordato hizo una pausa, como si estuviera recordando, luego se levantó enérgicamente de la mesa.

– Lo lamento mucho. Pero los negocios deben proseguir.

– Por supuesto, effendi. Si pudiera solamente hacer una pregunta… ¿Hablaron ustedes? Era un hombre interesante.

Mavrogordato parecía sorprendido.

– Me temo que no tengo el menor interés en la arqueología. Un error por mi parte, estoy seguro de ello, pero yo soy un hombre de negocios. Usted comprenderá…

Yashim levantó la cabeza.

– ¿Cuánto pidió prestado?

El banquero soltó un soplido, hinchando las mejillas.

– Ya que me lo pregunta, creo que fueron doscientos francos.

– Ah, dinero francés.

– Sabe usted, en estos tiempos… Uno no puede prestar piastras.

– ¿Porque…?

– El valor es demasiado inestable. -Mavrogordato agitó una mano regordeta-. Son cuestiones financieras.

– Sobre lo cual sé muy poco -reconoció Yashim-. ¿Por eso vino a verle, piensa usted?

Mavrogordato se encogió de hombros desaprobadoramente, y cogió un papel de su mesa.

– No podría decirlo. Le deseo suerte.

– Muchas gracias por su tiempo. -Yashim hizo una pausa, con su mano sobre el pomo de la puerta-. Una última cosa que me olvidé preguntar… ¿Qué clase de garantía le dio a usted Lefèvre?

Por un momento, los ojos de Mavrogordato recorrieron la habitación. Hizo un gesto con el papel que tenía en la mano.

– Era un francés. Y se trataba sólo de un pequeño préstamo.

– Sí, claro. No le dio a usted nada.

Cuando cerraba la puerta, vio que Mavrogordato seguía observándolo, parpadeando.

45

– Pobre diablo -dijo Palieski. Miró por la ventana, donde las abejas estaban libando soñolientamente la glicinia-. ¿No le parece que estas tardes de verano son insoportablemente tristes? Debe de ser mi edad.

Fuera, una cigüeña entrechocaba su pico; últimamente, una pareja de estas aves había establecido su residencia en el nuevo pináculo de la Torre de Gálata, a unos centenares de metros de distancia.

Palieski se volvió y recuperó el librito de la mesa.

– Lefèvre tiene que haber estado muy asustado para dejar esto en tu piso.

– Yo supongo que se acordó de ello cuando fui a buscarle una litera en el barco -dijo Yashim-. Eso lo animó, en cierta forma.

– Pensar que estaba a salvo, sí. -A Palieski se le notaba el malestar en la voz.

Metió la nariz en el libro y empezó a murmurar para sí. Yashim se sirvió él mismo el té del embajador y se recostó en su silla, tratando de recordar el estado de ánimo de Lefèvre, intentando acordarse de sus últimas palabras. Se había metido en aquel esquife… ¿cómo? Podía recordar que él, Yashim, se había sentido ligeramente impaciente con todo el asunto… El dinero y el malestar de Lefèvre por el barco. Después de eso, no había prestado mucha atención a Lefèvre. Pensaba que no lo volvería a ver.

Pero Lefèvre debió de haber considerado que sí. De ahí el libro escondido. Y había subido al balanceante esquife sin decir una palabra.

Había muchas cosas que a uno le podían disgustar de Lefèvre, pero no se le podía criticar su valor.

Mientras, dentro de poco, todo el mundo tendería a pensar que Yashim lo había matado. No importaba si lo creían o no: sólo con airear la posibilidad, ya sería suficiente. La calumnia se lanzaba únicamente contra el débil; nadie agitaba acusaciones contra personas con poder indiscutible. Ser puesto bajo sospecha demostraba que Yashim no tenía suerte: y a nadie en Estambul, y menos que a nadie, a palacio, le gustaba un hombre desafortunado.