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Yashim sintió que se le erizaban los pelos del cogote.

– ¿Qué quiere usted?

– Sí, sí. Un hombre bueno. -El esquife tembló ligeramente. En la oscuridad, comprendió Yashim, otro bote se había situado a su costado-. No le gusta tener cosas que pertenecen a otros hombres, ¿verdad?

La voz procedía de algún lugar detrás de su cabeza. Yashim estaba bien despierto ahora, su mente esforzándose rápidamente por construir una imagen de su situación. La veía, como si dijéramos, desde arriba. Si su remero se estaba apoyando en los remos, todavía extendidos sobre el agua, el otro bote debía de haber venido a su lado, a menos que sus remos estuvieran desarmados. Había tenido la impresión de que la anónima voz de la oscuridad estaba demasiado cerca para eso. Lo cual hacía probable que los dos botes estuvieran popa contra popa. No tenía más que alargar el brazo y encontraría… ¿Qué? La mano del que hablaba sobre el borde de su esquife. Los nudillos estaban doblados sobre la regala.

– ¿Qué passa? ¿De qué hablass? -Confiaba en que su voz pareciera la de un borracho.

– Hablo de un libro, míster. Es pequeño. Negro. No te pertenece, ¿comprendes? Pero haremos bien las cosas. Dame el libro y sigue tus caminos.

La mano de Yashim se dirigió a su pecho. El libro de Lefèvre no estaba allí.

– ¿Quién es usted? -dijo con voz espesa.

– Por favor. Sólo el libro.

El bote dio un leve bandazo, y se oyó un clic metálico. Algo centelleó momentáneamente en la oscuridad.

– ¿Cuánto vale su vida, effendi?

Sería muy pronto. Quedaba poco tiempo.

Yashim se incorporó. Alargó su mano buscando apoyo y trató de quitar los dedos del hombre del lugar donde se agarraban al borde de su esquife.

Cuando uno se dispone a subir a un bote sujeto firmemente contra un embarcadero fijo, o inmovilizado por los remeros, es posible quedarse de pie durante unos momentos.

En aguas abiertas, cuando no hay nada que estabilice el bote y los remeros no están adiestrados, no dispone de segundos. Quizás sólo de uno.

Yashim se puso de pie.

Se adelantó y golpeó el suelo con el pie, entre los dos bordes.

Se oyó un crujido, y los botes se sumergieron juntos. Cuando el casco de su esquife fue lanzado hacia arriba de rebote, Yashim retrocedió un paso, y se proyectó hacia atrás, al agua.

Se quitó el agua de los ojos con las manos, mientras se liberaba de su capa, dejándola flotar. Hizo lo mismo con el blanco turbante de su cabeza. Podía reflejar la débil luz. Con la cabeza sobre el agua, se concentró en permanecer a flote lo más silenciosamente posible mientras tres hombres forcejeaban, maldiciendo, allí mismo. Yashim cogió el dobladillo de su capa con los dientes y retrocedió suavemente. La capa lo protegería y le serviría de aviso si alguien trataba de agarrarlo en la oscuridad.

Podía oír a los hombres más claramente ahora. Uno de ellos estaba maldiciendo. Quizás se trataba del hombre cuya mano había pisado. Otro se estaba lamentando de la pérdida de sus remos. Alguien finalmente le dijo que se callara.

Con los botes desaparecidos, los hombres tendrían que nadar hacia la orilla. La costa de Pera estaba algo más cerca; probablemente nadarían hacia allí. Yashim siguió braceando silenciosamente hasta que los oyó chapotear, y entonces soltó la capa y se volvió hacia delante. Nadaba braza, sin tratar de luchar contra la corriente, que lo estaba llevando lentamente hacia el Bosforo.

Unos veinte minutos más tarde, un par de porteadores descalzos que disfrutaban de una tranquila calada ante la Nueva Mezquita se vieron sorprendidos al ser llamados por un hombre que salió chapoteando de la oscuridad. Era inaceptable que el hombre estuviera chorreando, pero les dobló la tarifa habitual por llevarlo a los baños de Fener. El negocio había estado muy tranquilo toda la noche.

47

Las cortinas de muselina y seda se rozaban entre sí, agitadas por un soplo del aire de la noche. A veces podía ver una diminuta diadema de estrellas a través de una rendija cerca de la baranda, y venía y se iba, venía y se iba, igual que las personas cuando alguien se estaba muriendo, mirando para observar el progreso de la muerte, para hacer un informe sobre la invisible lucha; eso era lo único que quedaba. El sultán se preguntó si así morían todos los hombres, solos, presas de las dudas, perturbados por los recuerdos.

Oyó la respiración de la sala, la respiración de la mujer, el suave frufrú de la muselina rozando contra la seda. Esto, por supuesto, proseguiría. El mundo seguiría respirando sin él. Su propio aliento era más débil; no producía ningún sonido; apenas se movía. Ahora que se estaba cerniendo el gran sueño, ya no tenía necesidad de dormir. No tenía que prepararse más para el sueño eterno.

En el agua, abajo, algo chapoteó. El Bosforo estaba lleno de peces. Se imaginó deslizándose con ellos, sus fríos y metálicos cuerpos manteniéndose en equilibrio, la luz de la luna refractada a través de la superficie del agua, fría y plateada, y los peces brillando como las estrellas.

Nadaba con ellos, fácilmente, llevado por la corriente y con un esfuerzo que era insignificante, imperceptible. ¿Acaso no habían estado allí siempre? Esperándolo… o quizás no a él, especialmente, sino a alguien que estuviera dispuesto a venir, aquella noche, cualquier noche.

Miró al frente; parecía que su ojo volaba como una gaviota, rozando las oscuras ondulaciones, zigzagueando entre los cabos, donde las crestas de las colinas descendían hasta el agua.

Hasta donde los estrechos se abrían al inquieto mar.

48

Marta medio se dio la vuelta con la bandeja en sus manos y empujó la abierta puerta con la cadera. Dentro, la habitación estaba casi a oscuras, y sólo una pequeña rendija de luz entre los postigos mostraba que la mañana estaba avanzada. La habitación de Palieski olía fuertemente a cera de vela y a coñac, un olor que Marta asociaba con su amo y por el que nunca había llegado a sentir verdadero disgusto. La mesa -le constaba- estaría llena de libros y vasos, de manera que dejó la bandeja sobre las tablas del suelo y fue a abrir los postigos que ella misma había cerrado la noche anterior.

La luz del día entró a raudales en la habitación, y las ropas de la cama se agitaron y gimieron.

Marta tiró del marco de la ventana y consiguió abrirlo unos cinco centímetros por la parte superior. Por unos momentos se quedó mirando el patio. Suela, la hija de los Xani, lo estaba barriendo con una pequeña escoba; Shpëtin, su hermano, jugaba silenciosamente en la tierra, haciendo rodar una pelota arriba y abajo. Marta lanzó un suspiro.

Despejó un espacio en la silla que había junto a la cama, dejó la bandeja allí y se puso a recoger las botellas y vasos, y devolvió las palmatorias a la repisa de la chimenea. Procuró no desordenar ninguno de los libros esparcidos alrededor de la cama. El embajador era un magnífico erudito, a fin de cuentas. Noche tras noche pasaba horas interminables estudiando aquellos libros suyos, y ella sabía perfectamente que no debía dejar que su falta de cuidado echara a perder su trabajo. Lo que hacía su tarea más difícil era que poseía muchos libros, más de los que nadie había visto en su vida, de manera que hallar lo que necesitaba era una tarea muy penosa.

– Un griego nos visitó a primera hora -dijo, pasando una taza de té a la mano que había emergido de las ropas de cama. Marta, que era griega precisamente, envolvió la palabra con un intenso desprecio-. Le dije que no admitía usted visitas, pero que podía escribir y pedir una cita.

Palieski emergió del edredón y sorbió débilmente su té.

– Muy bien -murmuró-. Probablemente sería alguna especie de timo.

Marta asintió. Eso era, exactamente. El hombre parecía un timador.