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– El agua vuelve a flojear hoy -dijo ella.

– El té está bueno, sin embargo. -Palieski alargó su taza, y ella se la llenó-. Gracias, Marta, puedo arreglármelas ahora.

Marta hizo una reverencia. En su interior no pudo reprimir una sonrisa. El embajador era un hombre inteligente desde luego; pero arreglárselas… no. Más allá de sus libros, era sencillamente un niño grande.

– Gracias, señor -dijo.

– Gracias a ti, Marta.

Cuando Marta se hubo ido, Palieski se estiró desde la cama y palpó el suelo. Una de las notas escritas a mano de Lefèvre había volado del libro la noche anterior mientras él lo leía tumbado en la cama. La había leído dos veces antes de comprender lo que era; luego apagó rápidamente las velas y se hizo un ovillo en la cama.

Ahora abrió nuevamente el libro, y a la luz más fría del día volvió a leer el papel.

«Serp. Column. Mehmet II lanzó la maza… Rompió una mandíbula. Patriarca de H. S. horrorizado. "Este antiguo e ilustre talismán fue erigido aquí con el propósito de echar a las serpientes de Constantinopla, y, en el caso de su destrucción, es sumamente probable que la ciudad sea destruida por una invasión de serpientes." El sultán desiste. Cabezas rotas hacia 1700; noble polaco,??? consulta.»

La palabra «serpientes» estaba subrayada. Las piernas de Palieski se agitaron con incomodidad bajo el colchón de plumas.

49

– ¿Permiso para entrar? -Yashim estaba de pie en la puerta, paseando su mirada por los niños del patio.

La pequeña -¿cómo se llamaba?- levantó la mirada y le brindó una breve sonrisa, pero Shpëtin hundió la barbilla en su pecho y miró hoscamente al suelo.

– No dispares… Soy yo -dijo Yashim alegremente mientras cruzaba el patio.

Encontró a Palieski en la cama, balanceando una taza de té sobre las rodillas.

– Veo que tu centinela ha sido retirado -dijo.

– ¿Qué? Quieres decir, el niño… Bueno, no lo sé. Su padre se ha ido a alguna parte sin decir nada, y todo el mundo está empezando a pasar apuros. La señora Xani está bastante sombría en sus mejores momentos, pero es Marta la que me preocupa. Otra vez. Está completamente trastornada por el niño.

Yashim asintió.

– A los niños les gusta la rutina -dijo.

– Mmmm. Salieron juntos recientemente, Xani y su hijo. Para enseñarles no sé qué. Luego el chico volvió más bien tarde una noche, solo.

Yashim asintió. Marta, el niño. Debía ser una mañana difícil para Palieski. Él quería hablar del libro de Lefèvre.

– Anoche me atacaron -dijo.

– ¡Querido amigo! -El embajador parecía conmocionado-. Todo se está poniendo patas arriba.

Yashim le contó lo de los botes, y su inesperado chapuzón.

– Querían ese libro.

– ¡Dios mío! Tuviste suerte. Echa una mirada a esto.

Le tendió a Yashim el ejemplar de Gillius. En la contraportada, estampado en tinta verde, aparecía un óvalo que contenía las palabras en griego: «Dimitri Goulandris, librero.»

Yashim dejó escapar un resoplido.

– Pero ¡si Goulandris apenas sabía leer! No hubiera comprendido nada del libro.

– No muchos lo hubieran comprendido. Pero quizás el asesino no sabía eso. No sabía nada de Goulandris, excepto que vendía libros. Incluyendo éste.

Yashim miró el libro que tenía en sus manos.

– Me dijiste que ni siquiera era tan raro.

– Mmmm. -Palieski estaba disfrutando-. ¿Un ejemplar original de Gillius? Nunca he tropezado con ninguno. Pero tienes razón. No obstante -añadió, puntualizando-, ese ejemplar es bastante único. Por su ascendencia.

Palieski se puso las manos detrás de la cabeza y se recostó en los cojines.

– Toma un libro viejo o un cuadro viejo. De hecho, tomemos uno de los favoritos de Lefèvre, digamos una Biblia. Ilustrada. Siglo trece. Es bizantina. Probablemente hecha en Georgia. Hasta ahí llegamos… pero ¿cuál sería su historia? ¿Cómo va a aparecer en el escaparate de una tienda en Saint Germain seiscientos años más tarde?

– Lefèvre lo robaría, supongo.

– Por supuesto que ha sido robado, pero eso es indiferente -dijo Palieski-. Lo que le importa a él (y a sus clientes) es que ese libro ha pasado los últimos seiscientos años, digamos, en una biblioteca conventual en Georgia. Mejor aún, formaba parte de la propia colección personal del último emperador bizantino en Estambul, y luego fue rescatado por los georgianos después de la conquista otomana en 1453.

– Con lo que pasó a la Historia.

– Eso se llama ascendencia. Le dice a la gente que el artículo es auténtico. Quiero decir, si los monjes lo apreciaron, y se aferraron a él, debe de haber sido auténtico. Pero también, por supuesto, cuenta la historia de la pieza. Apuesto algo a que Lefèvre sabía contar historias.

– Pasa lo mismo con la Casa de Osmán. Cualquiera podía gobernar el imperio… Hasta yo. Pero sólo el sultán tiene… esa ascendencia.

– Por decirlo así… en efecto, tienes razón. -Palieski frunció el entrecejo-. Supongo que cuando nosotros, los polacos, empezamos a elegir a nuestros reyes, perdimos la noción de la historia. Luego perdimos a nuestro país -añadió con desaliento.

– Has dicho que este libro era único -dijo Yashim.

Palieski recuperó su ánimo.

– Por lo que he visto, yo diría que perteneció a Delmonico.

Yashim movió negativamente la cabeza.

– Aproximadamente cuarenta años después de que Gillius llegara a Estambul -explicó el embajador-, un italiano llamado Delmonico escribió un libro sobre la ciudad. Había sido paje en la casa del sultán… el Grand Signor. Sabía de qué estaba hablando. Pero cuarenta años más tarde, Yashim, se interesó por el volumen de Gillius, porque éste describía la ciudad como había sido.

– ¿Y qué ciudad era ésa?

– La Constantinopla bizantina. -Palieski frunció el ceño-. No, eso no es totalmente cierto. Gillius está realmente escribiendo sobre tres ciudades, una encima de otra. La primera… es la Constantinopla clásica. Siglo quinto. Gillius ha conseguido un viejo libro, una descripción de la ciudad tal como se alzaba en tiempos de Justiniano. Con esto en sus manos, procede a identificar los viejos monumentos, los antiguos palacios… En ruinas, la mayoría. Material interesante.

»Pero hay otra Constantinopla que él está describiendo… Aquella por la que él se está paseando. Es la ciudad que se levantó durante los siglos intermedios… durante un millar de años de religión griega, leyes romanas e idioma griego. Por supuesto, está cambiando otra vez, ante sus propios ojos. Los otomanos se han hecho cargo. De modo que Gillius agarra a los griegos viejos que aún pueden recordar cómo era la ciudad antes de la Conquista… El nombre de una vieja iglesia, por ejemplo, que ha sido demolida o convertida en una mezquita. Él no tiene un interés especial en todo eso… Pero nosotros sí.

– Ya veo lo que quieres decir -reconoció Yashim-. ¿Y la tercera ciudad?

Palieski juntó sus manos.

– La tercera ciudad, Yashim, se está construyendo a su alrededor. Es el Estambul otomano.

Yashim cogió el libro de la cama y le dio vueltas por todos sus lados.

– Fue un tiempo de cambios, Yashim. Como hoy, supongo. Tú y yo nos fijamos en que Estambul se está haciendo más occidental cada día. Gillius observó lo contrario: la remodelación de Estambul siguiendo el estilo musulmán. En la época en que Delmonico, el italiano, llegó, el proceso, a todos los efectos, había terminado. Y ésa era la ciudad que tenemos hoy.

– Y ese hombre, Delmonico, consultó el libro de Gillius.

– Desde luego. Para saber lo que había cambiado.

– ¿Cómo lo sabes?

– No me di cuenta hasta que empecé a leer… Escribió en los márgenes del texto. Utilizaba tinta marrón. Tengo el propio libro de Delmonico, y hay trozos que reconozco. Observaciones generales. Nadie más estuvo tan cerca de Estambul, escribiendo en italiano, en el período adecuado. Tiene que ser Delmonico. Y eso, Yashim, es ascendencia.