Un hombre mayor de pequeña barba blanca se acercaba cuidadosamente por el callejón hacia Yashim, tanteando el suelo delante de él con un bastón, y de vez en cuando tocando la pared a guisa de apoyo.
– Perdóneme, effendi -dijo Yashim-. Estoy buscando a Baradossa.
El viejo tocó la pared con sus nudillos.
– ¿Necesita dinero?
– Voy a pagar una deuda.
El viejo volvió la cabeza, escupió y alargó su bastón.
– ¿Sabe dónde puedo encontrarlo?
El viejo murmuró unas palabras y empezó a marcharse. Yashim apretó los puños de impaciencia.
Cuando el anciano se hubo ido, Yashim volvió sobre sus pasos. Balat seguía siendo un laberinto para él, que había deambulado por la mayor parte de Estambul en su época, pero una vez que encontró las calles más anchas recordó cómo hallar la tienda de Rebecca.
Rebecca lo recibió con una sonrisa irónica cuando él entró en su tienda, haciendo sonar la campanilla.
– ¡Yashim!
Era más alta que Yashim, con una mata de pelo rojizo, oscuras pecas, cejas depiladas con elegancia y labios asombrosamente finos.
– Me he perdido -dijo Yashim-. Me siento perdido y rechazado. Ayúdame, Rebecca.
Ésta se rió. Tenía tres dientes de oro.
– Tienes aspecto acalorado, y enfadado. Tomemos un poco de ayran.
En un par de zancadas pasó por su lado y asomó la cabeza por la puerta. Yashim la oyó lanzar un penetrante silbido.
Rebecca se puso las manos en las caderas.
– De modo que has venido a nuestra parte de la ciudad. Piensas que es sucia y que la gente es arisca.
– Yo no… -empezó a protestar Yashim.
– No, pero lo veo. Y es buena. Si entras en una casa aquí, la encuentras inmaculada. Podrías comer en el suelo.
– Ya lo sé.
Yashim levantó una mano. Rebecca se cruzó de brazos. Un niño de cabeza rapada entró con una bandeja de plata.
– Nosotros somos los mismos. No hay mucho que mirar, ¿eh? Sí, somos rudos, como la suciedad de la calle. Vuestra gente no busca oro en la escoria. ¿Comprendes lo que estoy diciendo?
Yashim asintió y cogió el vaso de ayran.
– Por eso somos capaces de vivir en paz. No como esos griegos. -Soltó un bufido-. Tengan lo que tengan, les gusta alardear de ello. Si son joyas o felicidad, llevan joyas y van por ahí sonriendo. Si son dolencias y aflicciones, entonces ponen caras largas y sueltan desgarrados lamentos. Hoy son tu mejor amigo, y mañana querrán matarte en la calle. Un griego es como un niño. Cada día olvida. Un judío es un hombre. Es un hombre que recuerda, cada día.
– ¿Recuerda qué?
Rebecca lo miró fijamente y negó con la cabeza. Un mechón de su pelo se balanceó por delante de su rostro, y lo apartó con la mano.
– Ah -dijo-, eso no lo comprenderías nunca.
Yashim sonrió. Sabía que ella estaba en lo cierto. ¿Se debía esa actitud a España, se preguntó, cuya lengua aún hablaban? ¿A ese al-Andalus que los judíos -como los moros- lloraban como el Paraíso que habían perdido? Aún guardaban como un tesoro las llaves de sus casas; recordando el trazado de calles y sinagogas. ¿O era una promesa? Habían sido expulsados de España hacía mucho tiempo. Y debían haber transcurrido muchos siglos desde que los judíos recibieron su estigma.
Vació su vaso y lo dejó cuidadosamente sobre el mostrador.
– Si tu memoria es tan buena -dijo secamente-, quizás puedas decirme dónde vive un prestamista llamado Baradossa.
Rebecca apretó los labios.
– Te estás buscando sufrimientos -dijo.
53
Yashim se abrió camino a través de la basura que se había acumulado en el patio; tres pisos de galerías de madera se combaban sobre su cabeza, tapando la luz. En el gélido aire flotaba un olor fétido. Yashim llamó varias veces a la puerta antes de que una voz cascada le preguntara qué quería. Acercó sus labios a la puerta.
– Quiero hablar sobre una deuda.
– Hablar, hablar. ¿Qué es hablar? -Se produjo un largo silencio, y luego se oyó un clic. Se abrió una rendija en la puerta, y apareció un ojo-. ¿Lo conozco?
– Estoy aquí por Xani. El albanés. Seiscientas piastras.
– ¿Cuándo?
– Hará unos seis meses.
La rendija volvió a cerrarse. Dentro, pudo oír a Baradossa murmurando para sí.
El ojo volvió a aparecer.
– ¿Quién está con usted?
Yashim miró a su alrededor. El patio estaba vacío.
– Estoy solo -dijo Yashim.
– ¿Quiere retroceder y mostrarme las manos?
Yashim entró en una habitación sin ventanas. Baradossa cerró los pestillos y se dirigió cojeando al otro extremo de la mesa, portando una vela. El frío aire apestaba a coles y a sudor. «Podrías comer en el suelo», había dicho Rebecca. A Yashim le hubiera gustado traerla aquí.
Baradossa dejó la vela sobre la mesa y se frotó las manos.
– ¿Frío?
Era un hombre bajito, ligeramente encorvado, con una tupida barba gris y blancas manitas, que él sostenía levantadas ante su pecho como una ardilla. Tanto podría tener cincuenta y cinco años como setenta y cinco, aunque llevaba, observó Yashim con sorpresa, una dentadura postiza, que chascaba en su boca cuando el hombre hablaba. Iba vestido con una chaqueta de lana oscura, y se cubría los hombros con un chal estampado. Su inmovilidad era expectante.
– Xani -dijo Yashim-. He venido a pagar.
– ¿Ah, sí? -El viejo olisqueó-. ¿Y viene usted?
– Vengo como un amigo.
– ¿Un amigo, sí? -Baradossa se frotó la mejilla-. ¿Sería el capital o el interés, effendi?
Yashim hurgó en su capa y sacó una bolsa. Los ojos de Baradossa parpadearon mirándola fijamente. Yashim sostenía la bolsa suavemente en su mano.
– Intereses. Cuarenta piastras.
– ¿Cuarenta piastras? -Baradossa parecía sorprendido.
– Xani no ha podido venir -dijo Yashim.
Baradossa desvió la mirada de la bolsa al rostro de Yashim. Movió la cabeza ligeramente.
– ¿Conoce usted a Xani, effendi?
Yashim sacudió la cabeza de mala gana. Se sentía confuso. El viejo no se movía.
– Me pidieron que viniera. Los intereses han vencido.
Baradossa alzó lentamente los hombros hasta que casi le llegaron a las orejas. Luego volvieron a caer.
Yashim contó el dinero sobre la mesa.
– Cuarenta piastras.
Levantó la mirada. Baradossa lo estaba observando. Entonces su labio superior se retrajo en una mueca que dejaba al descubierto una fila de dientecillos amarillos.
– ¿Cuarenta piastras, effendi? ¿Qué le hace pensar que quiero su dinero?
Dio la vuelta a la mesa y puso sus manos sobre los pestillos de la puerta, los corrió hacia atrás.
– ¡No le debe seiscientas piastras! -exclamó Yashim.
– ¿Eso es lo que le dijo a usted, effendi?
Baradossa abrió la puerta completamente y atisbo fuera.
Yashim sintió que la buena voluntad que lo había acompañado desde la tienda de kebab se evaporaba.
– Nunca existió una deuda, ¿verdad? -Era una afirmación, no una pregunta. Había sido un truco. Al menos había salvado el pequeño tesoro de Marta-. Perdóneme, effendi.
Echó una última mirada a la habitación. En la puerta, Baradossa desvió sus ojos hacia la mesa, y luego nuevamente a la cara de Yashim. Éste bajó la mirada. La cosa había estado allí todo el rato. Una hoja de papel, en la cual figuraba en una clara escritura árabe el nombre de Xani, y la suma de 600 piastras. Bajo la rúbrica, en tinta roja, una fecha del calendario judío y las palabras: TOTALMENTE PAGADA.
– El mes de Tammuz -dijo Yashim sin terminar de comprender-. Acaba de empezar.