– ¿Quién es? -gritó-. ¿Quién está ahí?
59
El rostro de madame Mavrogordato tenía una expresión rígida. En el otro extremo de la larga mesa, monsieur Mavrogordato le lanzó una furtiva mirada y se sirvió de una fuente de cordero. Madame Mavrogordato observó que el criado colocaba la bandeja en la mesilla lateral.
– Puedes quitar el cubierto de Alexander, Dimitri. Cuando venga, puede comer en la cocina. Y dile que su padre quiere verlo.
– Sí, madame.
Dimitri se retiró. Mavrogordato cogió su cuchillo y su tenedor.
– ¡Vaya! -La voz de la mujer era como un filo cortante.
Las manos de su marido se congelaron en medio del aire.
– ¡Vaya! ¡Eres capaz de comer!
– Tenemos que comer, Christina, o nos moriremos -dijo Mavrogordato con voz triste.
Su cuchillo oscilaba con inseguridad sobre el cordero.
Madame Mavrogordato lo miró fijamente.
– A veces, monsieur Mavrogordato, uno debe elegir entre la deshonra y la muerte.
– Vamos, Christina, por favor…
Dejó el cuchillo y el tenedor suavemente junto a su plato.
– Deshonra, monsieur Mavrogordato -salmodió ella-. Esta vez quiero que hables con Alexander. Si sigue por ese camino, se va a ganar una reputación.
Mavrogordato asintió.
– Una reputación, monsieur Mavrogordato. Y la chica Ypsilanti tiene casi diecisiete años.
Mavrogordato asintió.
– No podemos permitir que fracase ese matrimonio. Los Ypsilanti puede que no sean tan ricos, pero tienen…
Su cabeza tembló suavemente. No podía decidirse a pronunciar la palabra.
Mavrogordato volvió a asentir. Parpadeó. Tras una pausa cogió nuevamente el cuchillo y el tenedor.
– Un individuo extraño vino a verme hoy -dijo con un tono indiferente.
Madame Mavrogordato no dijo nada.
– Eh… ah… se llamaba Yashim. Creo que es un eunuco.
Cinco minutos más tarde, cuando el cordero de Mavrogordato se hubo petrificado en el plato, el banquero deseó no haber cambiado de tema.
60
Yashim cogió el cuchillo y dio unos pasos hacia la balanceante puerta.
Había una mujer de pie en el dintel. Llevaba una capa de viaje azul ribeteada de satén, y la capucha subida para ocultar su rostro. Una extranjera. Sus manos entrelazadas, relajadas, delante de ella. Una pequeña bolsa de viaje, con asa de cuero, descansaba en el suelo, a su lado.
Los dedos de Yashim se relajaron. Retrocedió un paso.
La mujer levantó ambas manos y se echó la capucha hacia atrás. Unos rizos castaños cayeron sobre sus hombros, y un par de ojos también castaños lo miraron fijamente.
– Es usted Yashim, n'est ce pas?
Su voz era suave y ligera. Yashim asintió, incapaz de hablar.
– Tres bien. Yo soy madame Lefèvre. ¿Dónde está mi marido?
Yashim sintió que se le agolpaba la sangre en los ojos. Se oyó a sí mismo decir:
– Entrez, madame, je vous en prie. -Y se agachó para coger su bolsa.
Ella se movió en el mismo momento, y sus hombros se rozaron.
Yashim hizo un gesto señalando el diván.
Madame Lefèvre paseó la mirada por el apartamento de Yashim, y éste observó cuán alta era, casi tanto como él. La mujer cruzó con gracia la habitación con sus largas piernas, alisó la capa a sus espaldas y se sentó en el borde del diván. Con una sacudida de la cabeza deslizó una mano bajo sus rizos para liberarlos del cuello de la capa. Debajo de ésta, llevaba un vestido de algodón estampado; podían verse las puntas de sus negros escarpines asomando por debajo del dobladillo. La luz del sol del atardecer daba un tono de color cobre a sus rizos y realzaba la curva de su mejilla. Sus ojos, observó Yashim, eran enormes.
Ella le lanzó una cansada mirada.
– Por favor -dijo, alargando la mano en busca de su bolsa, que aún estaba en las manos de Yashim.
Éste lo había olvidado.
La dejó en el suelo, cerca de los pies de la mujer.
– Estaba cocinando cuando llegó usted -dijo tímidamente.
No sabía qué más decir. Bajó la mirada y vio el cuchillo aún en sus manos. Se dio la vuelta para dejarlo. Madame Lefèvre. No tenía ni idea.
Ella hizo una mueca que significaba: «¿Qué puedo decir?»
Yashim se pasó la mano por la frente.
– Y usted, madame… ¿Acaba de llegar a Estambul?
– Desde Samos, solamente. Estaba catalogando algunos de los hallazgos de mi marido. -Se puso un dedo sobre la nariz y cerró los ojos-. ¡Imam bayildi! Huelo las berenjenas.
Yashim parpadeó de asombro. «Debo decírselo -pensó para sí-. Debo decírselo ahora, antes de que sea demasiado tarde.»
– No es imam bayildi -dijo, levantando un dedo-. Es hünkar beyendi.
– Hünkar beyendi -repitió ella-. Vuelva a decírmelo. ¿Qué significa?
– Significa… «El sultán lo aprobó.»
– E ¿imam bayindi? ¿«El imán se desmayó»?
Yashim sonrió.
– Sí. Era muy feliz.
– Ah, sí. Y cuando usted cocina… hünkar beyendi, ¿no es feliz, también? ¿O solamente aprueba? -Frunció el ceño, como un sultán, y luego desabrochó el cierre de su capa y se puso de pie de un brinco.
Yashim se rió.
– No. Soy… soy feliz entonces.
– Perdóneme -dijo madame Lefèvre. Recorrió con la mirada su pequeña cocina-. He interrumpido su felicidad. -La mujer vio la jarra de leche y miró dentro de la sartén-. Está usted haciendo… bechamel, n'est ce pas?
– Nosotros lo llamamos miyane.
– ¡Si nos damos prisa, no será demasiado tarde! -Madame Lefèvre se quitó el cabello del hombro y cogió la sartén-. Usted remueva, monsieur… Yo añadiré la leche.
Deténla, pensó Yashim. Dile lo que tiene que saber.
Cogió la sartén y la dejó nuevamente sobre las brasas, aplastando la bola de harina, mantequilla y leche con una cuchara. Aún estaba caliente: madame Lefèvre tenía razón; tenía que seguir o se echaría a perder. La mujer tomó la jarra y cuidadosamente dejó caer un chorrito sobre la sartén, y luego otro y otro. Se miraron mutuamente a través del mango de la sartén. Madame Lefèvre levantó la mirada, sus ojos estaban sonriendo.
– ¡Mire, funciona!
La miyane empezó a esparcirse por el fondo de la sartén. Un poco de leche se deslizó por la boca de la jarra y mojó la mesa.
– Ya está -dijo él-. Pare.
Alargó la mano en busca de la pimienta.
– Siempre usamos pimienta blanca -explicó-, por la belleza del plato. Debería ser muy pálida.
Se sintió torpe al decirlo. Él era consciente de su propia piel pálida.
– En effet, es una bechamel -dijo ella.
– Es una receta muy antigua en esta parte del mundo. Mantequilla, harina.
Madame Lefèvre pareció interesada.
– ¿Un plato viajero? ¿Por qué no? Quizás lo hemos aprendido de ustedes.
– Bueno -dijo Yashim con vacilación-. Pienso que así es, en efecto. Quizás no directamente. -Ésta era una de sus teorías preferidas… ¿cómo habían llegado a ese punto tan pronto?-. Los italianos estuvieron en Pera. Quizás pasaron la idea a Francia.
– Catalina de Medici -dijo madame Lafèvre.
– ¡Así lo creo yo! -Yashim sonreía con deleite-. Lo leí en Carême… ¡Escuche! -Entonces recordó-. Al menos… lo tenía hasta ahora. -Se dirigió a las estanterías-.
Carême, ¡aquí lo tenemos! -Hojeó las páginas-. Estaba precisamente leyendo esto: «Los cocineros de la segunda mitad de 1700 llegaron a conocer el sabor de la cocina italiana que Catalina de Medici introdujo en la corte francesa.» Quizás tenga usted razón, madame.