Ahora le tocó reír a la mujer.
– Mon Dieu! ¡Carême!
– Es una suerte que todavía lo tenga -reconoció Yashim-. He perdido un montón de mis libros recientemente. Ayer.
– ¿Le robaron?
Yashim sonrió.
– No importa. No se perdió nada importante. Pero me temo que el apartamento ha quedado un poco desnudo.
– No creía que tales cosas sucedieran en Estambul -dijo madame Lefèvre-. Max siempre me cuenta lo seguro que es.
¿Max? Yashim frunció el ceño. Debía de referirse a su marido.
– Madame Lefèvre -dijo-. Estambul no es seguro. No es en absoluto seguro. -Cerró los puños-. Y tengo terribles noticias que darle.
Los ojos de la mujer se ensancharon.
– ¿Qué está usted diciendo, monsieur? ¿Que no es seguro? Pero ¿qué quiere decir? -Su voz adquirió un tono agudo-. ¿Dónde está Max? ¿Dónde está mi marido?
– Está muerto -dijo Yashim.
61
La viuda Matalya salió al patio, con la gran pala que utilizaba para sacudir sus alfombras, y también para reunir sus pollos en el corral.
– Anda, bonita -canturreó.
Alargó una curtida mano. La gallina se agachó hasta tocar el suelo, levantando sus plumosos hombros. La viuda la cogió suavemente, se la colocó bajo el brazo y le retorció el cuello.
– Eras demasiado vieja, de todos modos -dijo con tono de reprensión.
Cruzó la casa con la gallina en las manos, recogiendo al pasar un cesto de detrás de la puerta, y se sentó en un pequeño taburete en el callejón. El sol se había puesto, pero la pared contra su espalda aún estaba caliente. Empezó a desplumar la gallina, dejando caer las plumas en el cesto.
– La sopa es lo mejor -le murmuró al ave-. Y como eres vieja harás un buen caldo. Un poco de arroz. Estupendo para después de un susto.
Le dio la vuelta a la gallina en su falda y empezó a arrancarle las plumas del pecho.
– La verdad es que yo tengo un buen susto, también -prosiguió. La cabeza del ave colgaba de su rodilla-. Es un trastorno, y en absoluto lo que esperaba a mi edad. Una mujer extranjera, también. Una no creyente… ¡en mi casa!
Dio un irritado tironcito y rasgó la piel del ave.
– Mira lo que he hecho. -Hizo una pausa y formó un dibujo con sus dedos, contra el mal de ojo-. Debería irse con su propia gente, pobrecita. Ningún marido ahora, ¡y tan lejos de su madre!
Trabajó sobre las patas, y luego las alas. Se preguntó cuántos pollos habría desplumado en su vida. Debían de ser centenares. No es que fuera glotona. Los alimentaba y ellos la alimentaban a ella, y así eran las cosas.
¡Cómo había gritado cuando su marido se murió! Un día entero, un auténtico clamor. ¡Estaba tan trastornada! A las francesas debía afectarles de otra manera, quizás. Tendrían la sangre aguada… podría ser.
La viuda Matalya hizo un poderoso esfuerzo de imaginación. Tal vez uno tenía que estar con su propia gente para dejarse ir como Dios manda, concluyó.
Y, no se podía negar, era bueno tener un poco de sopa para cuando una sufría un disgusto.
62
Yashim dio unos toques a la costra que se había formado sobre la miyane. El fuego estaba casi apagado. No sintió ninguna urgencia de volver a empezar. No tenía realmente mucha hambre.
Miró a su alrededor en busca de un trocito de pan o una galleta, pero, por supuesto, el lugar estaba vacío.
Se fue hacia el diván y se sentó cogiéndose las rodillas. Miró por la ventana a través de los tejados.
¡Miyane! Es lo que uno hace cuando un invitado aparece inesperadamente. Una mezcla más espesa, naturalmente. Le echabas un poco de pasta, y lo comías cortado en pedazos.
Madame Lefèvre había sido, de todas las posibles apariciones, la más inesperada.
Lo había sorprendido su belleza. A él, que tenía permitido caminar por el harén del sultán, y lo hacía con indiferencia, entre docenas de mujeres escogidas en todos los rincones del imperio solamente por sus encantos. Lefèvre no hubiera sido el hombre que habría imaginado para ella; demasiado reservado y con pocos modales. Mientras que su mujer… Bueno, difícilmente sabía qué pensar.
Algo más que su belleza lo había afectado, desde luego. Ella le había hablado como a un amigo. Habían incluso reído juntos, como si se conocieran desde hacía mucho tiempo.
Ella le había hecho reír.
Y él se había sentido demasiado embriagado para decir lo que sabía que se tenía que decir. Demasiado cobarde para romper el hechizo.
La viuda tenía un corazón bondadoso. Respondería por el momento, pero al día siguiente él tendría que llevar a madame Lefèvre con su propia gente… A la embajada otra vez. Puso mala cara ante la idea.
Mavrogordato. ¿Qué había averiguado por Mavrogordato?
Sólo que un francés, con un traje europeo, podía conseguir, de un respetable banquero, la clase de préstamo que un albanés de la misma ciudad tenía que pedir a un usurero. ¡Doscientos francos!
Yashim dejó de mesarse los cabellos.
Doscientos francos, por lo que Yashim sabía, eran unas seiscientas piastras.
63
No era totalmente oscuro aún cuando Yashim llegó a Balat. Borrosas figuras rozaban contra él en los callejones; las puertas se cerraban de golpe; un niño, transportando lo que Yashim reconoció como una pila de papel, apoyó su carga débilmente contra la pared, luego la volvió a levantar y siguió su marcha. «Los judíos -pensó- están volviendo a casa.»
La idea lo pilló por sorpresa. Desde el otro lado de la ciudad, los pobres judíos corrían hacia casa con las menguantes luces. El niño estaría en su puesto al día siguiente, poco después de la salida del sol, gritando «¡Carta! ¡Carta!» durante todo el día, tal como los vendedores de papel hacían en la Grande Rue. ¡Había, ahora que pensaba en ello, tantos pequeños comercios en la ciudad con los que los judíos podían ganarse precariamente la vida! Limpiaban zapatos, vendían flores, recogían trozos de papel y metal. Salían temprano, llenos de energía… y volvían a casa tarde, deambulando por sus accidentados callejones y sucias calles a fin de reunir unas pocas piastras para la bolsa familiar. Los judíos eran moradores de ciudad: trabajaban las calles como si fueran surcos en la tierra, regresando pesadamente a Balat, agotados, como si éste fuera su pueblo. Yashim había visto pueblos más sucios y decrépitos que Balat.
Hizo una pausa para recordar el camino, luego tomó por un desalentadoramente estrecho y tortuoso callejón tan deprisa como se atrevió. Quería llegar donde el prestamista antes de que se hiciera oscuro.
El patio estaba silencioso. Sobre su cabeza, podía distinguir las oscuras filas de balcones, y de vez en cuando una aislada raya de luz indicaba un postigo cerrado. Llamó suavemente a la puerta de la celda de Baradossa, y luego, al cabo de unos minutos de silencio, llamó con más fuerza.
Dio unos pasos hacia atrás y casi tropezó con una teja rota. Un postigo se abrió ruidosamente arriba, y la cabeza de una mujer apareció destacada contra la tenue luz.
– ¿Qué es?
– Estoy buscando a Baradossa -gritó Yashim como respuesta.
No tenía ningún conocimiento del ladino, la lengua judeo-española. La cabeza desapareció y un brazo se alargó para cerrar el postigo.
Yashim empujó la teja con su babucha. Nadie vino. Otro fragmento de teja yacía en el suelo, al lado de la puerta. Debía de haberse desprendido del tejado inclinado del porche de Baradossa. Yashim renunció a esperar a que la mujer reapareciera y se inclinó para mirar la teja. Se preguntó por qué se había caído.
Regresó al patio y levantó la mirada hacia la escalera de madera que conducía a los balcones. Los peldaños crujieron cuando subió por ellos. Siguió el balcón hasta la esquina, pasando por delante de dos puertas, y se encontró mirando abajo, al pequeño tejado.