Y en la erupción de resplandor, Yashim hizo lo único que podía hacer.
Se agachó y se metió en el túnel.
77
Muy lejos, en el otro extremo de la ciudad, Amélie retrocedió y se cubrió los ojos con su mano libre, como una mujer que trata de ver en la lejanía en un día soleado.
Muy lentamente, levantó la mano para dejar que sus ojos se dirigieran hacia arriba, revelándose a cada momento más detalles de la celestial forma del más grande edificio construido jamás sobre la tierra.
Vio las grandes puertas de bronce, que habían sido fundidas dos mil años antes en las arenas de Tarso. Las pilastras, esculpidas en mármol, de un resplandeciente color blanco bajo el sol. Las ventanas del tímpano, negras, pequeñas y nítidas, sus decorativos forjados casi invisibles bajo el resplandor, y el gran arco que se curvaba encima de ellas, esbelto como un ala de pájaro, lo bastante fuerte para soportar el peso de la gran cúpula.
Vio, y no vio, los gráciles minaretes que subían acanalados desde las pechinas de la cúpula.
Vio el color rojo ocre del gran tambor sobre su cabeza, atravesado de ventanas que permitían la entrada de luz. Vio los revestimientos de plomo de la cúpula.
Y en la cima, muy arriba, vio una media luna de plata sobre su esbelto soporte, un creciente lunar que se alzaba donde se había alzado la cruz durante mil años, antes de los últimos días de mayo de 1453.
En esos últimos días, la cruz había brillado con una luz misteriosa. La niebla la había ocultado. Se vio el cielo volverse rojo y a la luna creciente brillar como una grieta de luz en la oscuridad, con los otomanos preparándose fuera de las murallas, listos para el asalto final.
Lentamente, Amélie bajó la mano.
Ella había visto el Panteón de Roma, un tributo a la fuerza romana y a la fe de los romanos en la piedra. Había visto los destrozados restos del Partenón. Había permanecido despierta por la noche, obligándose a soñar con las pirámides, cuya maciza y enigmática mole ella había descubierto en la gran obra de los sabios napoleónicos.
Pero Santa Sofía era un caso aparte: el último y más grande gesto del mundo antiguo.
Y el mundo había tratado de estar a su altura desde entonces.
Levantó los brazos para enmarcar la visión entre sus dos manos. Sólo había, pensó con vehemencia, una cosa más que quedaba por hacer.
Empezó a caminar hacia delante, hacia la Gran Iglesia.
78
Yashim se introdujo en el túnel como una serpiente que desaparece en su madriguera. La luz de la puerta bailaba y destellaba sobre las paredes. Al frente sólo había oscuridad.
Dos pasos. Cinco pasos. Estaba muy adentro, agachado en la oscuridad. Se dio la vuelta, con dificultad, resistiendo la urgencia de apretar la espalda contra el bajo techo del túnel, debido al pánico. Respirando hondo, miró hacia atrás, a la boca del túnel, hacia la luz.
Vio que un par de pies calzados con sandalias se acercaban al borde del gran tanque. El hombre se arrodilló. Yashim podía verle las rodillas, y el brazo que se alargaba hacia el tanque. El hombre se puso de pie. Empezó a moverse a lo largo del borde del depósito como Yashim había hecho momentos antes. Bajó un escalón, y se detuvo. Al cabo de un momento, volvió a moverse y desapareció de la vista.
El hombre estaba bajando por los depósitos que formaban como un tramo semicircular de escaleras. Deteniéndose y abriendo los pequeños tubos a medida que avanzaba.
Yashim dio varios pasos hacia atrás, encogiéndose más en la oscuridad del túnel.
Mientras observaba, una luz anaranjada empezó a parpadear contra la pared lateral, cerca de la abertura.
No se había dado cuenta de que el hombre llevaba una antorcha.
La mente de Yashim se disparó, recorriendo una serie de imágenes. Vio al niño esperando a su padre en la baja pared de piedra del otro lado de la calle.
Vio ponerse el sol. Al niño en la puerta del sifón gritando el nombre de su padre. Una manita cerrándose en torno de una bola plateada. Una bolita hueca y abollada como la que había caído de la espita unos minutos antes. Minutos que parecían un siglo.
Yashim se dio la vuelta enfrentándose a la oscuridad. Sintiendo el horror de una luz a sus espaldas. Sintiendo el peso del túnel en su doblado cuello.
Alargó las manos, tocó la basta obra de mampostería a cada lado, y empezó a arrastrarse hacia delante en la oscuridad.
79
Faisal al-Mehmed saludaba con la cabeza amablemente a los fieles a medida que éstos se desprendían de su calzado y entraban, en charlatanes grupos, en la Gran Mezquita para la plegaria. Por lo que a él se refería, le hubiera gustado que no charlaran tanto: deseaba, por encima de todo, que se hubieran lavado en la fuente antes de dar el paso de entrar en el sagrado recinto… Pero bueno, él era un hombre viejo y el pueblo había cambiado. Quizás, se dijo a sí mismo, todos los viejos creen siempre que la gente ha cambiado; pero quizás todos los viejos tienen razón. Porque cada nueva generación desde el Profeta (la paz sea con él) parecía estar condenada a ser menos reverente que la anterior. Después del Profeta (la paz sea con él) vinieron cuatro hombres que eran hombres buenos, y grandes guerreros, hombres que habían extendido el Dominio de la Paz más allá de todos los límites… y sin embargo eran hombres, y habían muerto a manos de hombres, y el fin de los cuatro había traído confusión, y divisiones dentro de su casa.
Un turco de negro bigote, con fez y una pesada barriga, soltó sus babuchas y se agachó torpemente para recogerlas y tendérselas a Faisal al-Mehmed.
Faisal las escondió. El hombre gordo entró en la mezquita.
Faisal al-Mehmed esperaba que el hombre se quitaría el fez. Él mismo llevaba un turbante verde, señal de su descendencia del Profeta (la paz sea con él). Cuando los hombres vieran el turbante verde, dondequiera que fuese, incluso lejos de la mezquita, se acordarían del Profeta (la paz sea con él), y por tanto ajustarían su comportamiento en consonancia. Un hombre no podía estar cerca de una mezquita en cada momento de su vida, y Faisal era muy consciente de que muy pocos hombres podían estar cerca de su mezquita, la mayor de todo Estambul. Algunos habían viajado muchos kilómetros, incluso a través de países y pueblos enteros, para visitar este lugar. Pero aquellos que descendían del linaje, que portaban el turbante verde… ésos eran legión. Su turbante era un precepto. Y eso era bueno, una bendición para el creyente.
Faisal al-Mehmed dirigió su atención al patio. Incluso él debía admitir que el patio de Santa Sofía no era perfecto, mientras que el patio de la Suleymaniye era sublime. Tenía una fuente, cierto, donde los hombres se sentaban en silencio, lavándose manos y pies; pero era un patio truncado, sin una columna que proporcionara sombra a los fieles, y el blanco mármol despedía un cruel resplandor bajo el sol de la mañana.
Entrecerró los ojos bajo la brillante luz. Le pareció a Faisal al-Mehmed que una mujer estaba viniendo a través del patio, una mujer alta que caminaba con inmodestia y sin decoro, sin velo. Las cejas de Faisal se juntaron en un negro fruncimiento. Volvió a mirar, haciendo pantalla contra el costado de su rostro. Era inimaginable… Pero allí estaba, una mujer, una mujer muy hermosa, que pasaba por delante de los grupos de hombres que se encontraban de pie en el patio esperando la hora de la plegaria, y se dirigía a la fuente.
Faisal examinó el patio, buscando al hombre que estaría con ella. ¡Cómo podía permitirse algo semejante! Algunos de los hombres habían dejado de hablar y la estaban mirando. Y ahora, vio Faisal al-Mehmed, la mujer se estaba desabrochando los zapatos, como si fuera un hombre, preparándose para lavarse.
Aquello era demasiado. A veces aparecían locos en Santa Sofía… Desvariados derviches, quizás, procedentes de las colinas, así como extraños y barbudos fanáticos que venían de los desiertos; en una ocasión incluso un hombre desnudo había irrumpido corriendo en el recinto del santo lugar, riendo y aplaudiendo. No le correspondía al guardián de las puertas juzgarlos, porque todos eran creación de Dios: ¿quién se atrevería a decir que el loco no era el más grande de los hombres que había visto el rostro de Dios y entrado en éxtasis? Así decían los sabios. Dios, decían, cuida de Su pueblo. Pero ¿una loca? Algún hombre debía de estar cuidando de ella. Resultaba escandaloso.