Выбрать главу

Se acercaron a la puerta. Bien fuera porque la enfurecida multitud que tenía a sus espaldas no podía hacerse comprender por encima del canto del almuecín, o porque la gente estaba simplemente demasiado asombrada por el espectáculo del portero medio arrastrando a una mujer extranjera fuera del recinto de la mezquita, la agitada turba que fluía hacia la puerta pareció detenerse y, por un momento, se presentó una vía de escape. El viejo se lanzó por ella.

Cruzaron atropelladamente la puerta; los hombres que venían a la oración se encontraron con la multitud que acosaba a la pareja, como si fueran dos olas, y por un momento cada una de ellas frenó el impulso de la otra. Había justo el tiempo suficiente.

El guardián de la portería arrastró a Amélie hacia delante.

Un carruaje bajaba traqueteando por la pendiente del Palacio Topkapi, tirado por dos caballos tordos. El cochero estaba de pie en el pescante y alguien se asomaba por la ventana.

Amélie dio un repentino tirón, y la presa del portero sobre su brazo cedió. Sin pensarlo un momento, ella se lanzó hacia los caballos.

Uno de éstos echó hacia atrás la cabeza. El conductor tiró de las riendas.

Amélie cerró los ojos y apartó la cabeza.

Como desde la lejanía, oyó una voz que decía, en francés:

– Vite, madame, vite! Salte dentro.

Otra mano estaba debajo de su codo, tirando de ella hacia arriba.

Amélie medio cayó, medio saltó, a través de la puerta del carruaje.

– ¡Rápido, Hassán! ¡Sigue!

La sacudida la arrojó hacia atrás contra el asiento. Amélie abrió los ojos.

Había un hombre frente a ella, arrodillándose en el asiento opuesto y dando órdenes al conductor a través de la trampilla.

El hombre se dio la vuelta hacia ella con expresión preocupada.

– No tengo idea, madame, de lo que la ha traído a usted aquí, pero creo que hemos prestado algún servicio.

Miró a través de la ventanilla.

– Pero los venceremos -dijo oscuramente-. Permítame que me presente. Soy el doctor Millingen, el médico del sultán.

82

Yashim se puso rápidamente de pie. El agua le llegaba a las rodillas. Sentía un punzante dolor en su brazo izquierdo.

Una especie de sollozo se escapó de su garganta, como una tos. El dolor le hizo pestañear, pero podía mover los dedos, y no le pareció que se hubiera roto ningún hueso. Avanzó chapoteando a través del agua helada, deslizando sus pies sobre el suelo, y tocó una pared en la oscuridad.

Al igual que el túnel, ésta era resbaladiza. Extendió hacia arriba su brazo bueno y trató de encontrar la parte superior. Al no conseguirlo, empezó a seguir la pared con la mano, buscando una abertura. Contó cuatro esquinas, y no halló ninguna. En una ocasión tropezó contra algo blando y grande, que parecía ir rodando por el suelo bajo la superficie. Lo apartó con el pie y trató de no pensar en ello otra vez.

Aplicó una mano a la pared y apoyó la frente contra ella. Parecía que se encontraba en una pequeña cámara, de unos dos metros de anchura, sin salidas. Había unos sesenta centímetros de agua en el fondo. Había caído a través de una abertura en el canal o tubo de arriba; no podía, pensó, haber más de unos tres metros y medio hasta arriba, o se hubiera hecho mucho más daño.

Fuera cual fuese su altura, seguía estando más allá de su alcance.

Un hilillo de agua se deslizó por sus dedos y su frente.

Se preguntó si, por milagro, el operario vendría por este camino.

Entonces algo le volvió a tocar la pierna. Metió la mano en el agua, y supo inmediatamente que nadie iba a venir jamás a ayudarlo a salir.

83

El niño se deslizó a través de las puertas y se dirigió lentamente a su zanja excavada en la tierra.

Una ventana se abrió con un crujido de protesta. El pequeño no levantó la mirada.

Marta asomó su cabeza.

– ¡Shpëtin! ¿Has visto adónde ha ido el effendi?

El niño cogió su palo. Empujó la bola abollada a lo largo de la zanja.

En la ventana, Marta lanzó un suspiro de exasperación y se encogió de hombros. Se volvió hacia el embajador.

– No, señor. No lo sé. Se marcharon juntos, creo, pero no lo sé.

Palieski frunció el ceño.

– No estoy tranquilo con eso, Marta. Si Yashim se fue con el niño, es que debe de haber tenido una razón.

– Sí, señor -dijo Marta asintiendo lentamente.

«Y ésta -pensó Palieski- es la segunda vez que el pequeño vuelve a casa solo.»

– Habla con él, Marta. El crío piensa que soy una especie de ogro. Procura que nos enseñe adónde fueron.

Marta se encogió de hombros en un gesto de duda.

– Ese niño es… un poco extraño, señor.

– Es un niño, ¿no? Los niños son… bueno, niños. -Palieski no sabía qué decir-. Pídeselo por mí. Por favor.

84

Yashim posó la mano sobre un rostro humano.

Pegó un brinco, alejándose del cadáver, moviéndose descontroladamente en el agua. Estaba apoyado en una esquina antes de recordar que allí, en la oscuridad, podía perder fácilmente todo sentido de la dirección.

Todo sentido de la proporción.

No hacía falta suponer de quién era el cuerpo que rodaba por el agua. El hombre perdido había sido hallado.

Yashim trató de no pensar en lo que iba a suceder a continuación. Él se iría enfriando y se debilitaría. Al final, acabaría ahogándose en medio metro de agua, compartiendo la tumba líquida del albanés.

Tenía que encontrar una salida.

Con sumo cuidado ahora, buscó a tientas su camino alrededor del pozo, tratando de hallar algo que pudiera ayudarlo a escalar las resbaladizas paredes. El suelo estaba cubierto de baldosas sueltas y ladrillos caídos. El techo, supuso, se estaba derrumbando lentamente. Una vez más rozó el cadáver de Xani. Reprimiendo una oleada de náuseas, le dio la vuelta al cuerpo, palpando en busca de alguna cosa que el hombre hubiera llevado encima… Un cuchillo, un rollo de cuerda. Algo borboteó en la superficie del agua, y Yashim sintió náuseas ante el hedor.

Buscó a tientas en el pecho del hombre, notando la presencia de algo duro, como una cadena. En la cadena había un crucifijo. Tiró con fuerza y el cuerpo sufrió una sacudida hacia arriba; entonces la cadena se rompió y oyó que el cadáver volvía a hundirse en el agua.

Regresó a la pared, confiando en que fuera la correcta, y rascó en ella con la punta de la cruz. No le sirvió de mucho.

Deslizó sus dedos por la pared, buscando una grieta, un saliente, cualquier cosa. La pared era tan suave como mantequilla.

Se desabrochó la capa y escurrió el agua. Sosteniendo un extremo, con la espalda apoyada en la pared, la lanzó por encima de su cabeza. El extremo que sostenía se quedó flácido durante unos segundos, luego la capa cayó sobre su cabeza. El extremo que había lanzado estaba empapado. Durante unos momentos pensó con los ojos cerrados. Luego sacudió la capa dejándola plana sobre la superficie del agua. Empezó a palpar en el suelo en busca de ladrillos, lanzándolos lo mejor que podía calcular hacia el centro de la capa. Al cabo de un minuto recogió la capa por sus bordes y la levantó con esfuerzo. Todo lo que podía hacer era arrastrarla a través del agua.

Dejó el bulto contra la pared y trató de escalar por él. Las piedras se corrieron bajo su peso. Bajó y trató de atar los extremos de la capa para formar un bulto más apretado. Al cabo de tres o cuatro intentos, renunció. No podía conseguir que los húmedos, empapados, medios nudos de la capa se mantuvieran unidos.

Perdió media hora utilizando el crucifijo y la cadena para coser estrechamente la capa. Hizo flotar el cadáver de Xani sobre el fardo de piedras e intentó conseguir un punto de apoyo. El cadáver estaba blando bajo los pies y no se mantenía quieto. No podía llegar a la abertura.