– ¿Alguna idea de qué fue?
– Parecen pedazos de carbón vegetal. De manera que creo que se trata de madera.
– Bien -dijo Rhyme-. Lo pongo en la lista.
Sachs miró las huellas de Lydia y de Garrett.
– Seguimos tras sus pasos de nuevo -le dijo a Rhyme.
– Te llamaré cuando tenga más respuestas.
Sachs anunció a la patrulla de rescate:
– Volvemos arriba -sintió el dolor lacerante de sus rodillas, miró hacia arriba, al borde de la mina y murmuró-: No parecía tan alto cuando llegamos aquí.
– Oh, sí, es una norma. Las colinas son dos veces más altas al subirlas que al bajarlas -dijo Jesse Corn, quien parecía tener una reserva inagotable de aforismos, mientras cortésmente la dejaba pasar delante para subir el angosto sendero.
Capítulo 14
Lincoln Rhyme, ignorando una mosca negra y verde que volaba por las inmediaciones, estudiaba el último diagrama de evidencias.
ENCONTRADO EN UNA ESCENA SECUNDARIA DEL CRIMEN – LA MINA
Vieja bolsa de arpillera – Con un nombre ilegible
Maíz – ¿Forraje y cereales?
Huellas de algo chamuscado
Agua Deer Park
Crackers de queso
Mantequilla de cacahuete Planters
La evidencia más inusual es la mejor. Nada le hacía más feliz a Rhyme que encontrar en una escena del crimen algo completamente imposible de identificar. Porque eso significaba que si lo conseguía sólo habría unas limitadas procedencias con las que se podía relacionar.
Pero estos elementos, la evidencia que Sachs encontró en la mina, eran comunes. Si la inscripción de la bolsa hubiera sido legible, entonces la podría haber rastreado y encontrar una única procedencia. Pero no se podía leer. Si el agua y las galletas tuvieran etiquetas con el precio, podrían relacionarse con las tiendas que las vendieron o dar con un empleado que recordara a Garrett y que pudiera tener alguna información sobre dónde encontrarlo. Pero no las tenían. ¿Y madera chamuscada? Conducía a todas las barbacoas del condado Paquenoke. Inútil.
El maíz podía ser de utilidad y Jim Bell y Steve Farr estaban en ese momento al teléfono, llamando a proveedores de maíz y cereales; pero Rhyme dudaba que los empleados tuvieran algo más que decir salvo: «Sí. Vendemos maíz. En viejas bolsas de arpillera. Como lo hace todo el mundo».
¡Maldición! No se sentía nada cómodo en aquel lugar. Necesitaba semanas, meses, para conocer la región.
Pero por supuesto, no tenían ni semanas ni meses.
Sus ojos se movieron de diagrama en diagrama, tan veloces como la mosca.
ENCONTRADO EN LA ESCENA PRIMARIA DEL CRIMEN BLACKWATER LANDING
Kleenex con sangre
Polvo de caliza
Nitratos
Fosfatos
Amoniaco
Detergente
Canfeno
Nada más se podía deducir de ese diagrama. Volveré a los libros de insectos, decidió.
– Ben, ese libro de allí, The Miniature World. Quiero mirarlo.
– Sí, señor -dijo el joven, que estaba distraído, mirando en el diagrama de evidencias. Levantó el libro y se lo acercó a Rhyme.
Por un momento el libro permaneció en el aire sobre el pecho del criminalista. Rhyme echó a Ben una mirada irónica, que lo miró a su vez, después de un instante, dio un salto repentino y retrocedió, al darse cuenta de que le ofrecía algo a alguien que necesitaría de la intervención divina para cogerlo.
– Oh, pues, Sr. Rhyme… mire -dijo abruptamente Ben, con la cara roja-. Lo lamento tanto. No estaba pensando, señor. Hombre, qué estupidez. Yo realmente…
– Ben -dijo Rhyme con calma- cierra tu jodida boca.
El hombretón pestañeó, conmocionado. Tragó saliva. El libro, minúsculo en su mano grande, descendió.
– Fue un accidente, señor. Ya le dije que yo…
– Cállate.
Ben se calló. Cerró la boca. Miró alrededor del cuarto para encontrar ayuda, pero no había ayuda en el horizonte. Thom estaba de pie contra el muro, silencioso, de brazos cruzados, sin deseos de convertirse en un guardián de paz de la ONU.
Rhyme continuó, rezongando en voz baja:
– Actúas como si estuvieras pisando huevos y me tienes harto. Deja de humillarte, joder.
– ¿Humillarme? Sólo trataba de comportarme de forma amable con alguien que… Quiero decir…
– No, no es eso lo que hacías. Has estado tratando de maquinar cómo diablos salir de aquí sin mirarme más de lo necesario y sin inquietar tu propia y delicada pequeña psique.
Los corpulentos hombros se pusieron rígidos.
– Bueno, bien, señor, no creo que lo que dice sea completamente justo.
– Gilipolleces. Ya es hora de que me quite los guantes… -Rhyme rió con sarcasmo-. ¿Te gusta esta metáfora? ¿Yo, quitándome los guantes? Algo que no podré hacer con mucha rapidez, ¿te parece?… ¿Qué tal como chiste de inválidos?
Ben estaba desesperado por escapar, por salir corriendo, pero sus piernas macizas estaban fijas como troncos de roble.
– Lo que tengo no es contagioso -rugió Rhyme-. ¿Piensas que te lo puedo pegar? No es así. Caminas por aquí como si respiraras un aire contaminado y luego tuvieran que arrastrarte a ti en una silla de ruedas. ¡Demonios, si hasta temes que solo con mirarme pudieras terminar como yo!
– ¡Eso no es verdad!
– ¿No lo es? Pienso que sí… ¿Cómo es posible que te aterrorice de esa manera?
– ¡No es así! -gritó Ben-. ¡En absoluto!
Rhyme estaba furioso.
– Sí, te atemorizo. Estás aterrado de encontrarte en el mismo cuarto donde estoy yo. Eres un jodido cobarde.
El joven se inclinó hacia delante, arrojando saliva por los labios, con su mandíbula temblando, y contestó a los gritos: