– ¡Bueno, que te jodan, Rhyme! -por un momento la rabia lo dejó sin habla. Luego continuó-. Vine aquí para hacerle un favor a mi tía. ¡Me trastoca todos los planes y no me pagan ni un centavo! Escucho que ordena a todos los que le rodean como si fuera alguna jodida prima donna. Quiero decir, no sé de dónde diablos sale, señor… -su voz se extinguió y miró a Rhyme, que se reía a carcajadas…
– ¿Qué? -rugió Ben-. ¿De qué demonios se ríe?
– ¿Ves que fácil es? -preguntó Rhyme, con una risa ahogada. También Thom tenía dificultades para evitar sonreír.
Ben respiró hondo y se enderezó, luego se limpió la boca. Irritado, fatigado. Movió la cabeza.
– ¿Qué quiere decir? ¿Qué es fácil?
– Mirarme a los ojos y decirme que soy un pesado. -Rhyme siguió, con una voz tranquila-. Ben, yo soy como todos. No me gusta cuando la gente me trata como a una muñeca de porcelana. Y sé que a la gente no le gusta tener que preocuparse porque vayan a romperme.
– Me toma por tonto. Dijo todas esas cosas sólo para hacerme enfadar.
– Digamos que para hacerte entender -Rhyme estaba seguro de que Ben nunca sería como Henry Davett, un hombre que se interesaba sólo por el corazón, el espíritu, de un ser humano e ignoraba la envoltura. Pero al menos había conseguido que el zoólogo diera unos pasos en dirección al entendimiento.
– Debería irme por esa puerta y no regresar nunca.
– Mucha gente lo haría así, Ben. Pero te necesito. Eres capaz. Tienes talento para la investigación forense. Bueno, sigamos. Rompimos el hielo. Sigamos trabajando.
Ben comenzó a montar The Miniature World en el marco que daba vuelta las páginas. Mientras lo hacía, miró a Rhyme y preguntó:
– ¿De manera que hay mucha gente que lo mira a los ojos y lo llama hijo de puta?
Rhyme miraba la cubierta del libro y lo remitió a Thom, quien dijo:
– Oh, seguro… Por supuesto que lo hacen después de que llegan a conocerlo.
Lydia todavía estaba a 30 metros del molino.
Se movía tan rápido como podía hacia el sendero que la llevaría a la libertad, pero su tobillo le dolía mucho y obstaculizaba significativamente su avance. También tenía que moverse despacio. Un trayecto que fuera realmente silencioso requería del uso de las manos. Pero, como algunas víctimas de lesiones cerebrales con las que había trabajado en el hospital, tenía un equilibrio limitado y sólo se limitaba a avanzar tropezando de claro en claro, haciendo mucho más ruido de lo deseable.
Recorrió un amplio círculo en el espacio frente al molino. Se detuvo. Ni una señal de Garrett. Ningún sonido en absoluto, excepto el ruido de la corriente del arroyo desviado al caer al condenado pantano.
Un metro y medio más, tres metros.
Vamos, ángel, pensó. Quédate conmigo un poco más. Ayúdame a pasar por esto. Por favor… Apenas unos minutos y estaremos listos para irnos a casa.
Oh, por Dios, cómo duele. Se preguntó si se le habría roto el hueso. El tobillo estaba hinchado y ella sabía que, si se trataba de una fractura, caminar sin un soporte como ahora podría empeorar las cosas diez veces. El color de la piel se ponía oscuro, lo que significaba vasos rotos. La septicemia era una posibilidad. Pensó en la gangrena. Amputación. ¿Si eso le pasara qué diría su novio? La dejaría, supuso. Su relación, en el mejor de los casos, era informal, al menos por parte de él. Además Lydia sabía, por su trabajo en oncología, cómo desaparecía la gente de la vida de los pacientes cuando comenzaban a perder partes del cuerpo.
Se detuvo y escuchó, miró a su alrededor. ¿Había huido Garrett? ¿Había desistido de encontrarla y se había ido a los Outer Banks para estar con Mary Beth?
Lydia se siguió moviendo hacia el sendero que la conduciría de vuelta a la mina. Una vez que lo encontrara tendría que moverse aún con más cuidado, para evitar la trampa explosiva. No recordaba exactamente dónde la había preparado el chico.
Otros metros… y allí estaba, el sendero que llevaba a casa.
Se detuvo una vez más, escuchando. Nada. Observó una víbora plácida, de piel oscura, que tomaba el sol en el tocón de un viejo cedro. Hasta luego, la saludó. Me voy a casa.
Lydia avanzó.
Y entonces la mano del Muchacho Insecto surgió de debajo de un frondoso laurel y la cogió por el tobillo sano. Con las manos atadas, Lydia no pudo hacer mucho más que doblarse hacia un lado de manera que su sólido trasero amortiguara la fuerza de la caída. La víbora despertó asustada por su grito y desapareció.
Garrett se le montó encima, aplastándola contra el suelo, con el rostro rojo de furia. Debía de haber permanecido en aquel lugar quince minutos. En silencio, sin moverse ni un centímetro hasta que la chica estuviera a la distancia adecuada para cogerla. Como una araña esperando su próxima presa.
– Por favor -murmuró Lydia, sin aliento por la sorpresa y horrorizada al ser traicionada por su ángel-. No me hagas daño…
– Silencio -susurró el chico con rabia, mirando alrededor-. Se me acabó la paciencia contigo -la hizo levantarse con brusquedad. Podría haberla tomado de un brazo o haberla hecho ponerse de espaldas y facilitar así la postura. Pero no lo hizo; la rodeó por atrás con los brazos y sus manos tocaron sus pechos, así la puso de pie. Ella sintió el cuerpo tenso del muchacho que se frotaba desagradablemente contra su espalda y trasero. Finalmente, después de un instante interminable, la soltó pero le rodeó el brazo con sus dedos huesosos y la impulsó detrás de él hacia el molino, indiferente a sus sollozos. Sólo se detuvo una vez, para examinar una larga fila de hormigas que llevaban minúsculos huevos a través del sendero.
– No les hagas daño -murmuró. Y observó los pies de ella cuidadosamente para asegurarse de que obedecía.
Con un sonido que Rhyme siempre comparaba con el de un carnicero afilando un cuchillo, el dispositivo dio vuelta a otra hoja de The Miniature World, que era, a juzgar por su deteriorado estado, el libro favorito de Garrett Hanlon.
Los insectos están extraordinariamente bien preparados para sobrevivir. La polilla del abedul, por ejemplo, es blanca por naturaleza, pero en las regiones que circundan la Manchester industrial, en Inglaterra, el color de la especie se torna negro para mimetizarse con el hollín de los troncos de los árboles y aparecer con menos nitidez ante sus enemigos.
Rhyme pasó algunas páginas más, accionando el botón de su controlador ECU con su dedo anular izquierdo sano. Leyó los pasajes que Garrett había marcado. El párrafo sobre el pozo de la hormiga león salvó a la patrulla de rescate de caer en una de las trampas del muchacho y Rhyme estaba tratando de sacar más conclusiones del libro.