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– Sigamos por el camino hasta el final de la pared -respondí-. Todo el mundo parece venir de aquella dirección. Quizá ya han cerrado. -Miré durante un segundo la posición del sol y fruncí el entrecejo-. Es curioso, todavía es temprano.

– Esta gente no regresa a su casa -dijo Manitas-. ¡Huyen de algo!

Aproximadamente cuarenta personas venían por el camino directamente hacia nosotros. La mayoría eran mujeres; llevaban unas faldas de brillantes colores recogidas con las manos y dejaban ver las rodillas por debajo de los dobladillos. Las blusas se agitaban como tiras de papel al viento; los niños iban desnudos debajo de las capas cortas, y había unos pocos hombres con taparrabos, con las largas cabelleras enmarañadas.

– ¡Salgamos de aquí! -ordené-. ¡Nos arrollarán!

Nos apartamos del camino justo a tiempo para que pasaran los fugitivos. Nadie nos dedicó una mirada.

– ¿Qué está pasando? -preguntó el mayordomo.

– Por ahí vienen más -dijo Manitas-. ¿Por qué no paras a uno y se lo preguntas?

El mayordomo nos miró con desconfianza, mientras una segunda oleada de fugitivos se nos acercaba corriendo. Luego, en un súbito arranque de valor, se metió entre la multitud y cogió al niño más pequeño eme pudo encontrar.

– ¡Tú! -le gritó al pequeño que pataleaba y chillaba a voz en cuello-. ¿A qué viene todo esto? ¿De qué escapáis?

– ¡Aztecas!

El grito de alarma estremeció a la multitud. Retrocedieron como si fuesen una única persona, se apartaron de nosotros como un coyote amenazado por una antorcha. Solo una mujer se lanzó gritando sobre el mayordomo y lo abofeteó con tanta fuerza que él se tambaleó; luego le arrebató al niño y salió corriendo.

– Qué curioso. -Manitas miró a la multitud que se alejaba mientras el mayordomo, atónito, se masajeaba la mejilla-. Todos han echado a correr en cuanto han oído tu voz. ¡Debe de haber sido tu acento, pero no tenía ni idea de que asustáramos tanto a la gente!

– No hemos sido nosotros -señalé, pensativo-. Está pasando algo que no sabemos.

Miré a mi alrededor. El muro del pequeño palacio ocultaba de la vista el recinto sagrado y el mercado, y no daba ninguna pista de qué podía estar ocurriendo al otro lado. Las voces que habíamos oído hacía solo unos momentos se habían acallado; pensé que las mujeres, al escuchar la conmoción del exterior, habían abandonado sus quehaceres para recoger a los niños y entrar en sus casas.

Cerca crecía un pequeña ceiba: un árbol nativo de las tierras calientes del sur; sin duda lo habían plantado aquí como adorno y para dar sombra al patio en el extremo más alejado del muro. Miré las ramas y me dije que si conseguía trepar hasta las más altas quizá podría, sin necesidad de acercarme demasiado, ver cuál era el motivo del miedo de la población. Me quité la capa y se la di a Manitas.

– Venga, ayúdame a subir.

Las ramas crujieron y se doblaron de forma alarmante bajo mi peso; di gracias por ser de constitución delgada y por la escasez de mi dieta, que me impedía acumular grasa. Subí todo lo que pude, me senté a horcajadas en una rama y miré más allá del muro.

– ¿Qué ves? -gritó el mayordomo.

– Veo el mercado. El recinto sagrado está inmediatamente después. Los productos a la venta todavía están colocados en las esteras, pero no hay compradores. Es curioso. Toda la gente está en una esquina. Hay una pequeña multitud; todos son hombres. Algunos van armados pero no intervienen. Allí es donde está el disturbio, en el centro de la multitud.

– ¿Qué disturbio?

– No lo veo.

Entonces vi un revelador destello verde, muy fácilmente identificable frente al color chocolate de los hombres que lo rodeaban. Los espectadores habían formado un círculo alrededor de dos figuras. Reconocí al instante a una de ellas, a pesar de que se encontraba demasiado lejos para verle el rostro.

– ¡Es el capitán! – añadí-. ¡Al parecer ha capturado a alguien! -Cuando me di cuenta del significado de lo que estaba viendo, grité sin pensar-: ¡Es imposible! El chico no puede haber venido aquí, nunca se…

Afortunadamente, Manitas y el mayordomo no me oían. La llegada de otra persona los había distraído.

– ¡Aquí estáis! ¿Qué está haciendo el esclavo trepado al árbol?

Miré abajo y vi el rostro de Zorro que me observaba.

– Está mirando a tu capitán -respondió Manitas.

– Pues ya puede bajar; hemos pillado a esos cabrones -anunció Zorro.

El mayordomo soltó un grito de alegría, de alivio al pensar que la búsqueda había concluido y que podría irse a casa.

La cabeza me daba vueltas. La desesperación se apoderó de mí. Sentí náuseas, se me nubló la vista y me quedé sin aliento, como si mis pulmones hubiesen decidido de pronto que no tenía sentido continuar trabajando.

Dado que en realidad estábamos persiguiendo solo a una persona, no a dos, no había ninguna duda de quién era el hombre que habían capturado los guerreros. ¿Quién podía ser sino Espabilado?

– Idiota -exclamé por lo bajo-. ¿Cómo se te ocurrió venir aquí? ¿Por qué, cuando había tantos otros lugares adonde ir?

Cuando empecé a bajar, el aturdimiento hizo que me sujetara mal a una rama, perdí pie y caí.

Las ramas me golpearon la espalda, los brazos y las piernas mientras me precipitaba a tierra, pero frenaron la caída, así que en lugar de matarme acabé despatarrado en el suelo al pie del árbol, mientras las risotadas del mayordomo y de Zorro resonaban en mis oídos.

– ¡No aproveches para echar una siesta, maldito haragán! ¡Levántate!

No hice caso del mayordomo. No me veía capaz de soportar su repugnante expresión de triunfo. Aunque no le obedeciera, mi destino no cambiaría mucho, así que mantuve los ojos cerrados y protegidos por el antebrazo.

– ¡No has podido hacerte daño!

Alguien me tocó. Me encogí, a la espera de un golpe, pero el contacto fue mucho más suave; una mano debajo del hombro me empujaba como si quisiera levantarme del suelo.

– Venga, Yaotl. -La voz de Manitas sonó casi pegada a mi oído- Tenemos que irnos. Aquí tienes la capa.

Deseaba apartarlo, decirle que me dejara en paz, pero entonces oí de nuevo la voz del mayordomo.

– ¡Qué tierno! -se mofó-. No hay nada entre vosotros dos, ¿verdad?

Sentí cómo aumentaba la presión de la mano del plebeyo en mi hombro. Estaba a punto de perder los estribos, algo que no le ayudaría en nada. Me obligué a recordar que él no tenía ninguna obligación de ayudarme y que si se limitaba a mantenerse al margen y a mirar cómo el mayordomo y Zorro la emprendían a puntapiés conmigo hasta matarme podría evitarse muchas complicaciones.