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Me levanté, acepté la capa y, furioso, miré al mayordomo.

Manitas hizo la pregunta que yo no me atrevía a formular.

– ¿A cuál de los dos habéis capturado?

Cerré los ojos para contener las lágrimas. También me habría tapado los oídos con las manos, si con ello no hubiera llamado la atención.

– Al más viejo. Todavía no hemos dado con el rastro del chico.

– ¿Qué?

Abrí los ojos. Miré a Zorro; estaba boquiabierto pero no me atreví a hablar porque no confiaba en lo que podía decir.

Mi hijo no era el hombre que estaba en el centro de la multitud, maltratado por el guerrero vestido de verde. Di gracias a los dioses y me pregunté quién debía de ser la víctima del capitán.

– Pero… pero… -tartamudeó Manitas.

– Venid a verlo -dijo Zorro, y se volvió hacia el mercado-. ¡Creo que el capitán se está divirtiendo!

Mientras él y el mayordomo echaban a andar, vi que Manitas abría la boca para decir algo que ambos lamentaríamos. Me moví rápidamente a un lado y le di un pisotón para convertir sus palabras en un juramento ahogado.

– ¡Calla! -susurré-. Tengo que pensar. -En voz alta añadí-: ¿Cómo lo habéis capturado?

– Ha sido muy fácil -respondió Zorro por encima del hombro-. El capitán sabe cómo hacer estas cosas. Es como recaudar los tributos de los bárbaros. Vas hasta el centro del mercado, rompes un par de cosas para llamar la atención (lo mejor es empezar con los alfareros, porque hace mucho ruido, aunque tampoco está mal romper unas cuantas jaulas de pavos) y luego le dices a la gente qué buscas exactamente. ¡En cuanto vieron el uniforme del capitán se dieron una prisa increíble! -Rió-. Lo más divertido fue ver cómo se disculpaban porque no podían entregarnos a los dos. Alguien trajo a ese pobre infeliz y nos dijo que era el único azteca fugado que habían visto. Creo que ahora el capitán está intentando convencerlo de que nos diga dónde está el chico.

Llegamos a la esquina y nos encontramos en el mercado; estaba casi desierto. Miré las hileras de cántaros, las esteras cubiertas de objetos, abandonadas a la carrera, a juzgar por los desperdicios que había a su alrededor: los sacos de semillas de cacao que se usaban como calderilla; las tortillas a medio comer, que picoteaban un par de pavos; la calabaza de un aguador que derramaba su contenido en el suelo polvoriento. La multitud estaba reunida en la esquina más apartada; los jóvenes locales más valientes, o al menos los más interesados en parecerlo, estaban sin duda dispuestos a ver el espectáculo de un azteca torturando a otro. Todos aquellos que tenían un poco de sentido común habían huido en cuanto creyeron que los guerreros ya tenían lo que habían ido a buscar.

– ¡Vamos! -gritó el mayordomo-. ¡Nos perderemos la diversión!

Se adelantó al trote y nos dejó atrás en su ansia por presenciar el sufrimiento de otro ser humano. Me pregunté si esperaba ganar alguna propina.

Después olvidé su ruindad; se me había ocurrido un pensamiento aterrador.

Las espaldas de los espectadores me ocultaban al capitán y a su víctima, y a esa distancia solo oía la áspera voz de mando del otomí, pero súbitamente adiviné quién era el cautivo.

¿Qué azteca había escapado hacía dos noches, al parecer con la intención de buscar refugio en la orilla occidental del lago?

Solo podía ser el barquero de mi amo, el mismo que había abandonado al primer ministro y su canoa dos noches atrás. Seguramente había ido a esconderse entre la población de la ciudad más cercana y más importante; precisamente donde yo había dicho a los guerreros que fueran a buscar.

– Maldito idiota -murmuré-. ¿Por qué no siguió corriendo?

Me pregunté de cuánto tiempo dispondría antes de que el capitán le arrancara la verdad. ¿Cuánto tiempo antes de que descubriera que había seguido una pista falsa?

El espeluznante alarido que salió de detrás de la multitud parecía ser la respuesta.

El mayordomo apuró el paso. Me pareció oír incluso cómo se relamía. Zorro le pisaba los talones. Se abrieron paso a empellones entre la multitud, apartaron a codazos a los jóvenes que se apartaban sumisamente mientras sus miradas permanecían fijas en el fascinante espectáculo que se desarrollaba ante ellos. A Manitas y a mí nos arrastraban hacia el horror en el centro del círculo de hombres. Nos detuvimos antes de llegar al espacio despejado que había alrededor del capitán, y nos quedamos cerca de la multitud, mientras que Zorro y el mayordomo corrieron a su lado para admirar sus habilidades manuales.

Vi la sangre antes que al hombre.

La tierra que tenía delante estaba cubierta con ella. Había regueros, gotas y pequeños charcos, como si saliera de la víctima poco a poco. Aquí y allá entre las gotas y los regueros de color rojo oscuro había diminutos fragmentos de algo duro y blanco que me costó identificar hasta que miré al barquero.

De no haber deducido ya quién era la patética figura que yacía con las piernas recogidas hasta el pecho y que temblaba a los pies del capitán, no lo hubiese reconocido. Tenía el rostro vuelto hacia arriba, quizá en una inútil súplica de compasión, pero ya no parecía un rostro. Era una máscara de sangre coagulada con un siniestro agujero en el centro; los fragmentos blancos que había en el suelo a su alrededor eran sus dientes.

Antes de ocuparse de la boca del hombre era obvio que el capitán había dedicado sus atenciones al resto del rostro, porque le había roto la nariz, las orejas eran unas masas informes y la carne alrededor de los ojos era un picadillo sanguinolento, pero lo peor eran los dientes. Utilizaba un pequeño cuchillo de pedernal, sin duda cogido de un tenderete cercano, para rompérselos trozo a trozo hasta vaciar la encía.

– A ver, probaremos de nuevo -dijo el capitán como si mantuviera una amable charla-. Todavía no te he cortado las orejas, así que sé que puedes oírme. ¿Dónde se oculta el chico?

– Yaotl, esto no me gusta. -La voz de Manitas sonó con fuerza junto a mi oído.

– ¿Yaotl? -El capitán oyó mi nombre y miró en mi dirección-. ¡Al fin apareces! Tenías razón, ¿lo ves? Nos has traído directamente hasta aquí. Ahora les estoy enseñando a los tepanecas cómo los aztecas tratamos a la gente que nos engaña. ¿Quieres participar?

Noté cómo la multitud a mi alrededor se movía, inquieta; de pronto quedó un pequeño espacio despejado alrededor mío y de Manitas, como si los hombres más cercanos a nosotros se hubieran dado cuenta de quiénes éramos y hubieran decidido no quedarse demasiado cerca.

El rostro destrozado se volvió hacia mí. Los ojos, la única parte que parecía estar más o menos intacta, se movieron en mi dirección. El movimiento de la mano del capitán que empuñaba el cuchillo los distrajo un momento, pero no tardaron en volver, unas elipses pequeñas y pálidas que me observaban fijamente. El barquero soltó un débil sonido agudo, como si quisiera decir algo. No sabía si me hablaba a mí o de mí pero era obvio que sabía quién era, y si no se me ocurría una manera de evitar que se lo dijera al capitán, era probable que yo también sintiera el filo de aquel cuchillo teñido de sangre en mis propias carnes.