El mayordomo sin darse cuenta me salvó del trance.
– ¡Déjame a mí! -gritó, y casi saltó al espacio en el centro de la multitud en su ansia por sumarse a la tortura-. ¡Le enseñaremos a esta escoria tepaneca de qué estamos hechos!
A los espectadores no les gustó el comentario. Oí los murmullos y un ruido de pies que se movían inquietos.
El capitán miró al mayordomo con una expresión de enojo.
– Ahorra el aliento -se mofó, y movió el cuchillo con furia. Una gota de sangre cayó sobre el brazo del mayordomo-. ¡Podrías necesitarlo si tienes que salir corriendo!
Chinche miró la gota de sangre, oscura contra la piel. De pronto se quedó muy quieto.
Alguien en el pequeño grupo de hombres a mi alrededor soltó un gruñido. Zorro, que había permanecido junto a su capitán y que no había dejado de mirar alternativamente y con cierta inquietud a su jefe, a la víctima de la tortura y al mayordomo, tosió nerviosamente. Se daba cuenta de que los espectadores estaban cada vez más inquietos. Más allá de lo que pudieran pensar de los aztecas, ver que discutíamos entre nosotros no ayudaría a que siguieran comportándose mansamente.
– ¿Crees que podrás escapar? -le murmuré a Manitas, con mucho disimulo.
– ¿Por qué? ¿Qué te propones?
– Voy a iniciar un alboroto. Quiero que le lleves un mensaje a mi hermano. Dile que venga aquí con un pelotón de guerreros.
Miró por encima del hombro para calcular la distancia que había hasta la orilla del lago.
– Si consigo llegar al camino, podría estar en la ciudad al anochecer -respondió-, pero sigo sin entender por qué…
– Entonces, ¡en marcha! -le urgí-. ¡No hay tiempo que perder!
Echó una última mirada a la desgraciada criatura tendida en el suelo, en el preciso momento en que el capitán se acercaba de nuevo a ella y levantaba el cuchillo. Luego Manitas me dio una palmada en el brazo y echó a correr.
– ¿Adonde va? -preguntó Zorro.
– Cree que ha visto algo -contesté-. Puede que sea el chico. Regresará en un momento.
– ¡ Ah! -El capitán se inclinó sobre su víctima-. ¿Lo has oído? ¡Ahora podremos empezar a divertirnos de verdad!
Metió de nuevo el cuchillo en la boca destrozada del barquero; este soltó un alarido y se sacudió como un pescado fuera del agua.
– ¿Cómo ha empezado todo? -pregunté en voz baja.
Junto a mí se encontraba un joven. Tenía la cabeza afeitada, lo que significaba que había perdido el pelo durante los años que debía de haber pasado en la Casa de los Jóvenes, o como se llamara el lugar donde educaban a los chicos de Tlacopan. Había estado en la guerra y había conseguido hacer un prisionero, pero a juzgar por su nerviosismo y la forma en que su mirada seguía al capitán, alternando entre el vil rostro del otomí y el cuchillo de pedernal, no era un veterano curtido.
– Alguien me dijo que encontraron al hombre oculto en un granero -contó-. Sabían que era un azteca, por supuesto, así que lo encerraron en el palacio y enviaron un mensajero a México. Luego se presentó el otomí. Dijo que lo mandaba el primer ministro azteca. Nos ordenó que le entregáramos cualquier azteca fugitivo, así que le dimos este hombre.
– ¿Por qué dejáis que haga esto? -pregunté en voz alta y en tono provocativo.
Miré rápidamente a los hombres más cercanos al espacio abierto pero solo tenían ojos para el barquero, que escupía sangre y trozos de dientes. ¿De cuánto tiempo disponía antes de que comenzara a hablar?
– ¿Qué clase de guerreros tenéis aquí? ¿Dejáis que un par de hombres aterroricen a vuestras mujeres y niños, destrocen el mercado, y os conformáis con hacer lo que os dicen? ¿A nadie se le ha ocurrido impedírselo, o preguntarles por qué lo hacen?
Zorro miró en mi dirección, frunció el entrecejo, y se acercó a su capitán, como si quisiera advertirle. Me dije que seguramente me había oído, pero entonces el barquero cogió el dobladillo de la capa del capitán y tironeó de ella, quizá con la intención de levantarse; me di cuenta de que también pretendía hablar y de que el tiempo del que disponía se agotaba rápidamente.
– ¿Vosotros os llamáis hombres? -acabé por gritar para que aquellos que me rodeaban pudieran oír el desprecio y la incredulidad en mi voz; ya no me preocupaba que el capitán, Zorro o el mayordomo descubrieran qué me proponía-. ¡No me extraña que los aztecas gobernemos el mundo entero!
– ¡Por supuesto que no, cuando tu emperador mantiene a nuestro rey como rehén en su palacio y manda a todos nuestros curtidos guerreros a tierras lejanas mientras los tuyos se quedan en casa sin hacer otra cosa que tomar chocolate y torturar a sus vecinos!
Me volví, como hicieron todos los demás hombres a mi alrededor, para mirar a la persona que me había replicado.
Era un sacerdote. Me di cuenta en el acto al ver su rostro embadurnado de hollín, surcado por los regueros de sangre de los lóbulos, y con el pelo enmarañado y grasiento. Vestía una larga túnica de algodón, y la bolsa de tabaco que colgaba alrededor del cuello no era una bolsa informe sino un jaguar en miniatura, con sus mandíbulas, las cuatro garras y la cola, perfectamente confeccionado con piel de ocelote. Supe que debía de ser un hombre con una posición de prestigio. Quizá pertenecía al principal templo de la ciudad. Miré hacia la cumbre de la pirámide que dominaba el recinto sagrado y el mercado; entonces lo entendí: desde arriba había seguido la actuación del capitán y de Zorro, y después de ver los disturbios en el mercado y darse cuenta de que no se estaba haciendo nada para recuperar la normalidad, había bajado dispuesto a intervenir.
Lo miré y me eché a reír. Pretendía mostrarme lo más despectivo posible, pero por encima de todo quería ocultar mi alivio.
– Dime una cosa, tú que eres tan sabio -pregunté en tono de mofa -, ¿cuántos tepanecas hacen falta para contener a dos aztecas?
– ¡Eh, cuidado con lo que dices! -Uno de los jóvenes que se encontraba a mi lado apoyó una mano en mi brazo para advertirme que mostrara un poco más de respeto, pero el sacerdote ordenó que nos calláramos con una mirada.
– Uno -me aseguró, antes de avanzar entre la multitud para llegar al espacio en el centro.
Se acercó sin más al capitán. El otomí lo miró con su único ojo.
– ¿Qué significa todo esto? -preguntó el sacerdote.
– ¿Quién quiere saberlo?
– Un servidor de Tezcatlipoca.
La respuesta del capitán fue agacharse rápidamente para recoger su terrible espada; luego se irguió cuan largo era mientras mantenía la espada en alto para que el sol se reflejara en las cuatro hileras de hojas de obsidiana.