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– Oh, no. Nada tan mundano.

– En ese caso, ¿qué era?

– Era el atavío de un dios.

5

– El atavío de un dios.

Era absolutamente obvio, pensé, y lo explicaba todo. Me traté de idiota por el terror que había sentido en el puente, cuando me enfrenté a lo que me había parecido un augurio nefasto.

– Creo que ya sé de cuál.

– Entonces has oído lo que cuentan.

– ¿Sobre la visión? Tengo informes de primera mano, Bondadoso. ¡Yo la he visto!

Me miró con una expresión de asombro.

– ¿Tú? -exclamó-. ¿Cuándo?

– Poco antes de llegar aquí. -De pronto tuve ganas de reír al recordar mi incredulidad cuando oí el relato del plumajero en la casa de mi amo. Por supuesto ninguno de los dos había visto a un dios. Ambos nos habíamos encontrado con un hombre que llevaba un traje robado, aunque seguía siendo un misterio por qué rondaba por el canal entre Pochtlan y Amantlan, y cómo había conseguido esfumarse en el aire.

Bondadoso me miró como un tonto mientras le relataba lo que me había pasado.

– Así que aún continúa en este distrito -murmuró cuando acabé-. Quizá, después de todo, las cosas acaben solucionándose para bien.

– Pero dime, ¿cómo lo conseguiste? Debe de valer… -Mi voz se apagó mientras trataba inútilmente de imaginar qué se podía entregar a cambio de algo tan valioso.

El viejo se echó a reír.

– ¡No tiene precio, Yaotl! Flacucho no fue el único artesano que lo hizo. Naturalmente, como plumajero fue el último que lo tuvo en sus manos, dado que las plumas son la parte más delicada, pero ¿viste la máscara? ¿La cabeza de serpiente? Las escamas son turquesas, y también el lanzador que lleva el dios.

– Las sandalias estaban hechas de obsidiana -recordé.

– Así es, y el frente del escudo estaba recamado con láminas de oro y conchas, y en la gorra había una esmeralda tan grande que podría comprarte a ti veinte veces. -Tuve que apretar las mandíbulas ante esta cruda referencia a mi condición-. ¡Los lapidarios ganaron una fortuna! Pero son la plumas las que destacan por encima de todo lo demás. Nunca había visto nada igual.

– Ni yo.

– Y tampoco, según recordé, el plumajero con quien había hablado en la casa del primer ministro-. Por lo tanto, ¿cómo lo conseguiste? ¿Por qué? ¡Es obvio que Flacucho no podía venderlo!

– Flacucho y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo -contestó despreocupadamente-. Su padre y algunos de sus tíos solían trabajar para mí. Nuestras familias se ayudaban entre sí de vez en cuando.

Lo miré fríamente. Creí poder deducir qué venía a continuación. El plumajero sabía sin duda que Bondadoso estaba en la ruina, y que su nieto se había llevado todo lo que poseía la familia. Había supuesto que el viejo comerciante haría cualquier cosa para conseguir dinero, y si le ofrecían algo que parecía una ganga lo aceptaría sin hacer preguntas.

– Seguramente no te paraste a pensar que quien había encargado la confección de este fabuloso atavío quizá querría recuperarlo, ¿verdad?

– ¡Por supuesto que lo pensé! ¡Pero teníamos preparada una historia! -Sonrió, desconsolado-. íbamos a decir que lo habían robado de su taller.

Estaba claro, me dije, que cuando el dueño del traje empezara a investigar en serio, ya lo habrían vendido.

Pensé en lo que Bondadoso me había descrito: la fabulosa riqueza del oro, las piedras preciosas, las plumas, incluso las conchas; cada una recogida y colocada con extremo cuidado en su montura. Todo aquello debía de reflejar en cada elemento y cada pluma una soberbia maestría. Me pregunté dónde creía que podría vender algo así, y quién se atrevería a comprar algo tan peculiar. Sin duda nadie en la ciudad, ni en ninguna de las otras ciudades del valle de México. Quizá, me dije, Bondadoso había tenido la intención de enviarla al extranjero. Sabía que su familia comerciaba con plumas. Las importaban de las tierras calientes del sur y el este, y debían de comerciar con los bárbaros que vivían allí. ¿Confiaba en poder cambiar el atavío del dios por plumas, y así recuperar el capital que se había llevado su nieto?

Entonces creí saber cuál había sido su intención. Por peligroso que fuera, a Bondadoso no le había importado arriesgarlo todo en aquella aventura, si con ello conseguía volver a comerciar por su cuenta. Durante mucho tiempo, él y su hija habían vivido en la pobreza, y su negocio estaba arruinado a causa de las trampas de su nieto. El vino sagrado que Bondadoso bebía sin mesura podía haber obnubilado su juicio, pero no había disminuido ni un ápice su orgullo. Había visto la oportunidad de ser libre de nuevo, de disfrutar una vez más de la independencia que separa a la clase de los comerciantes del resto de los aztecas, y la había aprovechado sin pensárselo dos veces.

¡Qué irónico! Con su nieto muerto y tras recuperar la embarcación con toda la riqueza de la familia, Azucena y Bondadoso se habían encontrado con la independencia servida en bandeja, sin que él hubiera tenido que mover un dedo.

– A ver si lo he entendido bien -dije en tono agrio-.

¿Crees que saldré a buscar el atavío, o mejor dicho, al hombre que lo lleva, con la esperanza de que quizá en el empeño averigüe qué se ha hecho de mi hijo?

– Así es -contestó Bondadoso, imperturbable-. Por supuesto, estoy seguro de que podríamos negociar un pago por recuperarlo…

– ¡Oh, no te molestes! -exclamé, repentinamente abrumado por una sensación de disgusto. Desde el momento en que me habían dado el cuchillo de mi hijo, sabía que no tenía ninguna otra alternativa en este asunto, pero no por ello tenía que gustarme-. Si se te ocurre la manera de decirle a mi amo dónde he estado y qué he estado haciendo y así evitar que me mate, me daría por satisfecho.

– ¿De verdad? -replicó alegremente-. ¿Eso es todo? ¡Trato hecho! -Luego, al ver mi expresión ceñuda, añadió-: ¡Vamos, Yaotl, es una broma! Escucha, no sé qué le dirás a tu amo, pero supongo que si de verdad te preocupara ahora estarías sentado obedientemente a sus pies en lugar de estar hablando aquí conmigo. Seamos sinceros, ambos necesitamos encontrar algo y hay muchas probabilidades de que lo que ambos buscamos esté en el mismo lugar. No estoy en condiciones de ir por ahí corriendo detrás de ello, soy demasiado viejo y demasiado conocido. Así que solo quedas tú. Bueno, ¿qué me dices?

Todo el agotamiento de un día y la mayor parte de una noche de actividad y tensión incesante parecieron abatirse sobre mí; agaché la cabeza y la apoyé en los brazos cruzados sobre las rodillas.

– De acuerdo. Tú ganas. Me encargaré de buscar tu precioso atavío.

– ¡Magnífico! -exclamó-. Creo que ha llegado el momento de sellar nuestro acuerdo con un trago, ¿qué te parece? Hay una calabaza de vino sagrado en la cocina. No tardaré ni un momento.