Antes de que pudiera darle una respuesta el viejo ya había salido de la habitación y cruzaba el patio. Al cabo de un momento ya estaba de vuelta y me ofrecía la calabaza. Me aparté en silencio mientras escuchaba el chapoteo del líquido.
– Vamos, Yaotl. No irás a decirme que no te apetece echar un trago de vez en cuando. Este no es el matarratas al que estás acostumbrado. ¡Es puro zumo de maguey, no una porquería hecha de escupitajos y miel!
– No quiero -dije, sin alzar la mirada.
Bondadoso quitó la mazorca que servía de tapón de la calabaza e inmediatamente se olió el intenso aroma del vino.
– ¿Por qué no? Hubo un tiempo en que era tu único alimento, ¿no es así? Bueno, tú mismo.
Levantó la calabaza y se la acercó a los labios. Comprobé que podía escuchar el chapoteo del vino con un distanciamiento del que nunca me hubiese creído capaz. ¿Era quizá porque estaba buscando algo tan importante para mí que anulaba el viejo deseo? Me aferré a ese pensamiento; me dije que si alguna vez volvía a sentirme de aquella forma, dominado hasta tal punto por la desesperación de tomar un trago que haría cualquier cosa por conseguirlo, robar, traicionar a las personas más queridas o humillarme de una manera inconcebible para un azteca, tal vez solo necesitaría recordar que tenía un hijo, y el deseo desaparecería. Por fin, conseguí decirle:
– Solo te pido que me consigas una manta y un taparrabos limpio y me dejes pasar la noche aquí.
No obtuve respuesta.
Al cabo de unos instantes lo miré, sorprendido.
Bondadoso había dejado la calabaza en el suelo. Se balanceaba sobre los pies mientras miraba con evidente inquietud a través del portal.
– ¿Qué pasa? -Apenas conseguía mantener los ojos abiertos. Ya veía mi cuerpo dolorido envuelto en una manta de piel de conejo, con la cabeza apoyada en mi capa enrollada y sin la menor intención de despertarme hasta bien entrado el día, pero una mirada al rostro del anciano fue suficiente para borrarlo todo. Gemí al darme cuenta de que después de todo era muy probable que aquella noche no pegara ojo; me sentí como un corredor que acaba de coronar lo que él cree que es la última cima antes de llegar a casa y entonces ve que, al otro extremo del valle, le espera otra subida todavía más ardua.
– Lo siento, Yaotl. -Su tono era demasiado distante y distraído para poder interpretarse como una disculpa-. No puedo dejar que te quedes aquí. Esta es la única habitación vacía y la necesito. Traerán toda la carga de la embarcación antes del amanecer y la guardarán aquí. Ya sabes que los comerciantes siempre trasladamos las mercaderías por la noche. Te prestaré una manta, y te daré agua y algo de comer.
La noche llegaba a su fin cuando me marché de la casa de Bondadoso con una vieja manta remendada sobre los hombros, una tortilla y una calabaza de agua que el viejo me había dado generosamente en el último momento.
– Haz cuanto puedas, Yaotl -dijo, mientras me sacaba de la casa casi a empellones-. ¡Cuento contigo, al igual que tu hijo!
Parecía ansioso de librarse de mí después de que rechazara su invitación a beber. Me pregunté el motivo mientras permanecía junto al muro encalado de su casa y miraba sus fugaces reflejos en la superficie del canal a mis pies. Pensé en su expresión distante, como si se sintiera avergonzado. También me pregunté cuál sería el origen de aquellos extraños gritos que había oído. Me había parecido que sonaban cerca, pero no los había vuelto a oír y no había nada a la vista.
Exhalé un suspiro y me dije que eran misterios menores comparados con otros en los que me había visto envuelto últimamente. Me ajusté la manta alrededor del cuerpo y me dirigí de nuevo hacia el puente que comunicaba con Amantlan. Si quería encontrar el fabuloso atavío de plumas de Bondadoso, quizá debería empezar con una charla con el hombre que lo había confeccionado.
Mientras cruzaba el puente vi un rastro de sangre.
Me llamó la atención una mancha oscura que reflejaba la luz de las estrellas. Me agaché para tocarla con la punta del dedo y después la olí. Era fresca.
Me levanté parar mirar a un lado y a otro. Me sorprendió que el rastro comenzara más o menos donde yo estaba y siguiera hacia la orilla opuesta. ¿Había tenido lugar una pelea y un hombre herido se había alejado tambaleándose hacia Amantlan? Miré de nuevo el suelo. Había algunas marcas en la escarcha que cubría las tablas del puente. Distinguí huellas dejadas por las plantas de mis pies descalzos. Había otras, menos claras, que podían pertenecer a algo pesado que alguien había arrastrado a través del canal; la mancha estaba en su estela. No conseguí ver nada que indicara una lucha.
Caminé lentamente a través del puente, con el entrecejo fruncido, atento al rastro, hasta que vi adonde me llevaría. Entonces vacilé; me detuve para olisquear el aire, y tuve la primera arcada cuando intuí lo que debía de haber al otro lado del tabique de mimbre en el extremo más lejano del puente, el lugar hacia el que me dirigía cuando creí que me había cruzado con un dios.
Mi sentido del olfato siempre ha sido muy agudo. Había pasado la mayor parte de mis años de sacerdote en la oscuridad, en las alcobas más recónditas de los templos, donde nunca entraban los rayos del sol, dedicado a observar las estrellas desde la cumbre de una pirámide, o a rondar por las colinas alrededor del lago donde se alzaba nuestra ciudad, sin ver nada pero alerta a los olores que traía el viento: a pino, salvia y salmuera. A menudo, para un sacerdote es más importante la nariz que los ojos, y esos sentidos aún me eran útiles cuando los necesitaba.
Me detuve junto al tabique de mimbre. Observé la nubecilla de mi aliento que se condensaba en el aire frío de la noche; a continuación, olí lenta y profundamente.
Contuve la náusea que subió a mi garganta junto con cada uno de los olores que insistían en su derecho a ser identificados. Todos eran espantosos: orín y materia fecal y, debajo de todos pero inconfundible, un olor que ningún sacerdote o ex sacerdote olvidaría: el hedor de la sangre humana fresca.
Miré el suelo. No había ninguna duda de que aquí era adonde conducía el corto rastro que había seguido. El olor venía de detrás del tabique, y no podía hacer otra cosa que ir a buscar su origen.
En parte sabía qué encontraría. Habría cántaros en los que los transeúntes podían hacer sus necesidades, y que luego se transportarían en canoa para venderlos en los mercados para hacer tintes o abono. En efecto, encontré algunos recipientes de arcilla grandes y bajos, con los costados desportillados y con grandes manchas negras después de años de uso. Miré su desagradable contenido con toda la atención que permitía la oscuridad, pero no vi nada fuera de lo normal. Luego avancé un paso, y sentí que mi estómago se contraía.
Mis pies descalzos se pegaron al suelo.
No necesitaba mirar. El olor de lo que me rodeaba bastó para desvelarme qué había pisado. Alrededor de los recipientes estaba empapado de aquella sustancia; allí se había derramado suficiente sangre para satisfacer incluso a Cihuacoatl, la más sanguinaria de nuestras diosas.