– ¿Flacucho? -Se rió sin volverse-. No te has perdido. ¡Vive allí mismo! -Señaló con el remo una casa que estaba muy cerca-. No te deberá dinero, ¿verdad?
– No.
– ¡Te envidio! Si lo encuentras, coméntale que me has visto. Dile que estoy dispuesto a aceptar una pava joven, siempre que sea una buena ponedora. ¡De lo contrario, puede beberse su propio orín!
El remo hendió el agua con un enfático chapoteo y levantó un chorro de agua verde y marrón. No sirvió para que la canoa ganara velocidad, pero probablemente el hombre se quedó satisfecho.
La casa de Flacucho no era de las peores en esa parte de la ciudad. Estaba en mejores condiciones que las viviendas que había a cada lado. Claro que estas no eran más que ruinas, evidentemente abandonadas, a menos que se tuvieran en cuenta a las ratas. La propiedad del plumajero parecía sólida, pero las paredes reclamaban con urgencia que las pintaran y lo único que quedaba del jardín en la azotea eran unas pocas ramas secas que caían sobre la fachada.
Un grupo de hombres estaba clavando pilotes de madera en el lecho del pantano detrás de la casa. Las sacudidas en el suelo provocadas por los golpes y las voces desafinadas de su canto ayudaban muy poco a mejorar la impresión que daba el vecindario. Recordé el comentario de despedida del aguador. Parecía el hogar de una familia a la que había abandonado la suerte.
Me pregunté cómo un plumajero podía haber acabado aquí, sobre todo alguien tan respetado como Flacucho. Amantlan, como muchos otros distritos de México, era una comunidad muy cerrada, en la que sus habitantes estaban ligados por lazos de parentesco, cuyos hijos e hijas raramente se casaban con alguien de fuera y de quienes se esperaba que continuaran con la actividad familiar que compartían con todos sus amigos y parientes. Si ponías a dos aztecas juntos la rivalidad era inevitable; los amantecas no eran una excepción, pero seguramente debía de haber ocurrido algo extraordinario para que el plumajero más famoso hubiera caído tan bajo, sin que sus pares hicieran nada para impedirlo.
A la vista del estado de su casa, me pregunté si, después de todo, era tan extraño que Flacucho hubiese vendido el atavío de un dios a Bondadoso. Quizá estaba desesperado.
Un portal bajo y cuadrado, que comunicaba directamente con una habitación, interrumpía la blanca superficie de la pared que tenía delante. No había ningún biombo, pero la oscuridad en el interior impedía que se viera nada. El resplandor del sol en el patio interior, visible a través de otro portal directamente opuesto al de la entrada, hacía que aún pareciera más oscuro. Tuve que forzar la vista para poder entrever qué había en el patio: la cúpula de un baño de vapor contra la pared del fondo y otro portal a un lado.
No había nadie en la primera habitación, así que me dirigí hacia el patio. También estaba desierto. Esto me desconcertó, porque en la mayoría de las casas de México vivía más de una familia y en consecuencia estaban atestadas, incluso durante el día, cuando los hombres trabajaban en los campos.
Mientras pensaba cuál sería la razón vi los ídolos.
Los había en todas las casas de México. Normalmente, una repisa cerca del hogar hacía de santuario, de hogar para las deidades protectoras, que podían ser temidas o adoradas, pero a las que siempre se rendía culto; a menudo incluso se las trataba como si fuesen miembros de la familia.
Aquí, al parecer, las cosas se hacían de otra forma. Dos de las cuatro paredes del patio, las que no tenían habitaciones, estaban decoradas con estatuillas de dioses. Algunas eran nuevas, otras viejas. La más grande tenía la mitad de mi estatura y la más pequeña cabía en mi mano. Estaban hechas con toda clase de materiales, desde jade pulido hasta madera de fresno, abeto o cualquier otra madera que fuera abundante y barata. Vi a Tezcatlipoca; a Xipe Totee con su máscara de piel humana; a Tlaloc con los ojos saltones y su consorte Chalchihuitlicue, La de la falda de jade; a Ohmacatl, el vanidoso e impertinente señor de la fiesta, y a algunos otros dioses que conocía y a unos pocos que desconocía. Supuse que los dioses de los plumajeros -Coyotl Inahual y la mujer Xilo y Xiuhtlati- debían de estar aquí, y reconocí a Yacatecuhtli, el dios de los comerciantes, al que los plumajeros también rendían culto.
Había algo extraño en esas figuras, aparte de su número y variedad. Todas ellas, a pesar de haber sido colocadas cuidadosamente en los nichos que les habían preparado amorosamente, estaban cubiertas de una fina capa de polvo, y algunas estaban manchadas o desfiguradas con pegotes de barro seco. Había uno de los ídolos que incluso estaba roto. Era imposible saber qué dios había representado, porque lo único que quedaba era un trozo de la base de jade.
Había muchos tiestos con flores en el patio. Uno de ellos se había roto y la tierra se había desparramado a su alrededor. Fruncí el entrecejo, porque barrer era una tarea sagrada y para una buena azteca no hacerlo era algo inimaginable.
Cuando miré de nuevo a mi alrededor descubrí que no estaba solo.
Aunque la pared a mi derecha ocupaba toda la longitud del patio, solo tenía una abertura, la que había visto desde el frente de la casa. La tapaba una cortina de tela basta que no llegaba al suelo. La cortina aún se movía como si la hubiesen descorrido y vuelto a correr. Un hombre estaba delante del portal.
– ¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo aquí? Esta es una casa particular. Sea lo que sea lo que vendas, no lo queremos. ¡Fuera de aquí!
Retrocedí, asombrado. Este no era el recibimiento que hubiese esperado en una casa de México, donde a los visitantes se los recibía con ceremoniosa cortesía. Miré al desconocido, tratando de deducir todo lo posible de su apariencia mientras intentaba pensar una respuesta adecuada.
Era más o menos de mi estatura y, como yo, rondaría los cuarenta. Era extremadamente delgado, hasta el punto de que se le veían las costillas allí donde se abría la capa. Las bolsas oscuras debajo de sus ojos hundidos confirmaban mi impresión de que necesitaba con urgencia una buena comida. También tenía los párpados hinchados, y no dejaba de parpadear mientras me miraba, con la expresión abotagada y estúpida de alguien al que acaban de despertar bruscamente de un sueño muy profundo.
Tenía un corte que cruzaba toda la mejilla. Era una herida reciente, y dudaba de que fuese tan profunda como para dejar una cicatriz, pero podía haber sido mucho peor, porque comenzaba al lado mismo de la comisura del ojo izquierdo. Carraspeé para disimular mi desconcierto.
– Tú debes de ser Flacucho. ¿Es esta la manera en que un famoso artesano recibe a un cliente?
Sus cejas llegaron casi hasta la frente y bajaron.
– ¿Un cliente? -Me miró, boquiabierto.
Alguien apartó la cortina a su espalda. Volvió la cabeza al instante; pude ver cómo cerraba y abría la mano nerviosamente mientras yo espiaba por encima de su hombro para ver quién saldría al patio.
– ¿Flacucho? ¿Quién es? -preguntó una voz de mujer.
Los niños aztecas aprenden a una edad muy temprana que es una descortesía mirar directamente a una persona. Si mi padre me hubiese visto en aquel momento, probablemente me habría colgado cabeza abajo, aunque fuese un adulto, sobre una hoguera de chiles, hasta que considerara que los pulmones chamuscados y los ojos llorosos me habían hecho recordar mis modales.