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La mujer salió de la habitación con la gracia y el silencio de un ocelote que se acerca a un gorrión en una rama; se detuvo junto al hombre, tan cerca que su brazo desnudo tocó el suyo, sin dejar de mirarme con una mirada franca como la mía. Sus ojos eran elipses perfectas, grandes y brillantes; el iris negro hacía juego con el pelo, que le enmarcaba el rostro y caía sobre sus hombros como una cascada de brea. Probablemente su color se debía en parte al tinte, pero un hombre tendría que estar hecho de mármol si le preocupara ese pequeño detalle. Desde luego yo no lo estaba; por eso no pude evitar fijarme en la curva del muslo y la forma de los pechos, con unos pezones pequeños y puntiagudos como la cabeza de una flecha, que se marcaban debajo de la falda y la camisa.

– Dice que es un cliente.

La voz de Flacucho me sacó de mi arrobamiento. Me apresuré a mirar de nuevo el rostro de la mujer. Era un óvalo perfecto con una piel sin mácula y una atractiva palidez que quizá era natural, aunque probablemente era el resultado de usar un polvo ocre claro. Me pregunté qué edad tendría, y calculé que debía de ser mucho más joven que el hombre; rondaría los veinte.

– Lamento haberte molestado -murmuré-, pero estoy buscando a Flacucho el plumajero…

La muchacha bostezó. Se apresuró a cubrirse con la mano, y cuando la bajó me sonrió con una expresión fatigada.

– Perdona. Debes de pensar que somos unos maleducados, pero no hemos dormido bien. Seguramente has venido desde muy lejos y estarás cansado. Descansa y come algo. -No era más que la forma convencional de recibir a los visitantes, pero consiguió que pareciera que de verdad le interesara. Se apartó del hombre y se dirigió hacia la puerta que estaba a mi espalda.

Me obligué a apartar la mirada de su cuerpo y me volví hacia el hombre.

– ¿Eres tú Flacucho, el plumajero? ¿He venido a la casa correcta?

Se apresuró a mirar a la mujer antes de responderme con voz áspera:

– Sí, y ella es Papalotl, mi esposa. -El nombre no podía ser más acertado. Significa «Mariposa»-. No esperábamos recibir ninguna visita. ¿Cómo has dicho que te llamabas?

– Soy Moquequeloa -contesté, llevado por un súbito impulso del que me arrepentí en el acto. Era uno de los nombres que utilizábamos para Tezcatlipoca, y significa «Bufón»-. Me envía mi amo para comprar alguno de los objetos que haces. -No pude resistir la tentación de mirar rápidamente por encima del hombro, pero lo único que alcancé a ver de la muchacha fue el resplandor de sus cabellos en la oscura habitación en la que había entrado.

– ¿Quieres comprar uno de mis trabajos? -Los ojos hundidos del hombre se abrieron por un instante y luego se entrecerraron para mirarme con suspicacia-. ¿Exactamente cuál de ellos? ¿Por qué has venido aquí?

Me pareció una pregunta francamente extraña en boca del plumajero más famoso, pero de momento no tuve que responderla gracias a la reaparición de la muchacha.

– No puedo ofrecerte gran cosa -se disculpó. Me ofreció la calabaza, esta vez con una actitud muy recatada-. Aquí tienes agua. Para comer solo tenemos algunas tortas de espuma.

– Gracias. -Quité el tapón de la calabaza y me la acerqué a la boca. Tuve la precaución de olería antes de apoyarla en mis labios y decidí que después de todo no tenía sed. Debía de hacer mucho tiempo que el aguador no fiaba a Flacucho. Le pasé la calabaza al plumajero, que la aceptó y bebió sin vacilar, como si ya no le preocupara el sabor de su contenido.

»Es muy amable por tu parte -añadí cortésmente-, pero comí y bebí antes de venir aquí. -"Tortas de espuma" era el nombre que dábamos a la espesa espuma que se recogía en la superficie del lago, que una vez prensada y seca se vendía en el mercado. Era bastante nutritiva, siempre y cuando nadie hubiese vaciado alguna porquería en el agua mientras la recogía, pero no se podía decir que fuera apetitosa. Durante uno de los períodos más infames de mi vida trabajé como recolector de espuma, así que aún me gustaba menos que al resto de aztecas.

Flacucho le devolvió la calabaza a su esposa.

– El hombre dice que quiere comprar uno de mis trabajos -murmuró.

La muchacha frunció el entrecejo; en el centro mismo de la frente apareció una única línea recta que era casi tan bonita como su sonrisa.

– Será mejor que nos sentemos y hablemos de ello. ¿Puedes traer las esteras, cariño?

Flacucho se volvió sin decir ni una palabra y entró en la habitación; reapareció al cabo de un momento con tres esteras de junco que arrojó al suelo junto a nuestros pies. A medida que cada una de ellas golpeaba contra la tierra, se levantaba una pequeña nube de polvo cuyas motas flotaban lánguidamente en el aire calmo. Una vez más me llamó la atención la suciedad de la casa. En cualquier otro patio de México las esteras no habrían sido necesarias, a menos que hubiese llovido, porque estaría todo barrido tan a fondo que se podría comer en el suelo. Mientras me sentaba e intentaba ponerme cómodo, me pregunté qué pensarían los dioses, que nos miraban desde sus nichos en las paredes, de todo aquello. Flacucho posó las nalgas en la estera que estaba junto a la mía. Mariposa se arrodilló delante de nosotros.

– Seguramente crees que somos muy descorteses -manifestó la muchacha-. En este momento estamos pasando por una situación muy complicada.

No hice ningún comentario.

– Vivimos aquí con el hermano de Flacucho. Tlatziuhqui. Su esposa y él ocupan aquella habitación. Ella se llama Cempoalxochitl. -Tlatziuhqui era un nombre curioso: significa «Vago». Obviamente en su infancia debía de ser mucho menos prometedor que su hermano. Cempoalxochitl significa «Caléndula».

Seguí su mirada hacia el portal por donde habían aparecido primero el marido y después ella, y luego la miré de nuevo. Dejé que mi expresión planteara una pregunta que era obvia.

– No están aquí. Ellos… -Por primera vez pareció un poco insegura; se calló y miró a Flacucho en busca de ayuda.

– Desaparecieron -afirmó Flacucho-. Por eso ahora no trabajamos. Hay demasiadas cosas que poner en orden. Esta casa en realidad pertenece a mi hermano, y debemos asegurarnos de que el distrito nos permitirá quedárnosla. Lamento que hayas hecho el viaje en balde. -En su rostro apareció una sonrisa, pero sus ojos continuaban mirándome con furia. No le importaba en absoluto que hubiese hecho el viaje en balde ni tampoco le importaba que lo supiera. Me quería en su casa de la misma manera que un jardinero quiere babosas en el jardín, y lo mismo le daba que me diera cuenta.

– ¿Desaparecieron? -repetí-. ¿A qué te refieres?

– Pues a que un día estaban aquí y al siguiente ya no estaban. No me preguntes por qué.

– ¿Cuándo ocurrió? -pregunté a la muchacha.