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– Tío… -se decidió a decir Cangrejo mientras acercaba una mano que fue apartada.

– Se está haciendo tarde -murmuró el plumajero-. No tardará en oscurecer. Me voy dentro.

Dio media vuelta y se alejó sin más. Miré al chico que estaba a mi lado.

– Vamos -me dijo.

Dejé que me guiara hacia la cocina, que se encontraba al otro lado del patio, donde sabía que me encontraría al viejo dios que vigilaba las tres soleras alrededor del fuego.

3

Las brasas iluminaron el rostro de Cangrejo mientras las avivaba. Aquella visión me recordó la luz del sol en las colinas peladas más allá de las montañas que rodeaban nuestro valle; sus mejillas, la frente y la nariz destacaban como las cumbres contra el resplandor naranja, mientras que su boca y ojos permanecían en unas sombras tan oscuras como el más profundo de los valles. Parecía mucho mayor de lo que era en realidad, y torturado por las preocupaciones.

Era extraño ver a un chico cocinando, pero con su tía muerta y su prima desaparecida, evidentemente no quedaba ninguna mujer en la casa para hacerlo. En cuanto tuvo un buen fuego colocó una cazuela de cerámica sobre el trípode, y muy pronto la cocina se llenó con el aroma de las brasas y las gachas de maíz que se calentaban.

Furioso también se sentó junto al fuego; las llamas hacían que sus ojos brillaran.

– Tienes que saber -comenzó, mientras su sobrino removía las gachas con una mano y sujetaba la cazuela con la otra- que la mayoría de los plumajeros ya no viven en Amantlan; no si son buenos. Mi caso es distinto -añadió sin presunción-, y también el de Flacucho. Somos plumajeros particulares, y siempre lo seremos, pero actualmente casi todos los mejores, especialmente los más jóvenes, se los llevan a palacio. Nuestros jóvenes van a la Casa de los Sacerdotes como parte de su formación, para comprender las figuras que hacen: quiénes aparecen en ellas y las historias que hay detrás. Cangrejo irá a finales de año. -El sobrino metió el dedo en las gachas para ver si ya estaban calientes y siguió removiendo-. Los enviados del emperador van a la Casa de los Sacerdotes y escogen a los que tienen más talento. Los alojan, les da de comer, les pagan bien y trabajan para el emperador. Hace abanicos, trajes y adornos que el emperador regala como recompensa a los guerreros más valientes. ¿Ese potaje todavía no está a punto?

Aproveche que Cangrejo se volvía para coger tres cuencos y le pregunté a su tío por qué él y Flacucho eran distintos.

El chico metió uno de los cuencos en la cazuela y me lo dio, no sin antes derramar una pizca de su contenido en e1 fuego, para el dios. Lo acepté agradecido porque mi estómago me recordaba insistentemente que no lo había llenado desde antes del amanecer, y que luego me había apresurado a vomitar el contenido. Cangrejo respondió por su tío, que tenía la boca llena.

– Mi tío tuvo la posibilidad de ir a palacio, pero no quiso.

Casi me ahogué con las gachas.

– ¿Qué?

– Está muy caliente -me advirtió Cangrejo cuando y era tarde-. ¿Quieres un poco de sal o chiles secos?

– No, gracias. -Miré a Furioso-. ¿Rechazaste la oferta del emperador?

Me miró a través del vapor que se levantaba del cuenco. Cuando habló, el vapor se esfumó, como una telaraña barrida por el viento.

– Mi forma de trabajar no les hubiese convenido -manifestó escuetamente.

– ¿Qué pasó con Flacucho? ¿El también le dijo que no a emperador?

– Flacucho y yo éramos los mejores plumajeros de México. Por supuesto, éramos graneles rivales, siempre intentando superar el uno al otro. Yo hacía los mejores mosaicos. -El tono del gigantón era de absoluta modestia, no pretendía darse ínfulas-. Algunos de ellos parecían tan auténticos que habrías jurado que eran flores, pájaros, mazorcas, peces y personas reales, y no figuras. Flacucho hacía abanicos, trajes y las insignias que los guerreros llevan en la espalda. No era muy partidario del uso de la cola, prefería el método de la base y el hilo, pero hacía cosas increíbles. Puedo mostrarte uno de sus abanicos; parece el agua cuando la golpea una piedra, las plumas se levantan y todo el conjunto parece estar a punto de estallar.

– ¿Qué pasó después?

– Empecé a recibir más y más encargos de señores, grandes guerreros y extranjeros. Tenía más trabajo del que podía hacer, incluso con mi familia trabajando a pleno rendimiento. Tuve que llamar a todos mis parientes, y ahora, como ves, tengo esto lleno. Para serte sincero -añadió en voz baja-, algunos de ellos no son parientes, así que tuve que saltarme un poco las reglas para emplearlos. Cada uno hace su tarea, y sabe cómo hacerla a la perfección. -Dejó el cuenco lentamente. Con el fuego entre nosotros era imposible interpretar su expresión-. Pero ¿sabes una cosa? No creo que haya ni uno solo de nosotros, quizá ni siquiera yo, que sea capaz de hacer un abanico o un mosaico desde el principio, ahora ya no. Todo lo que hacemos es impecable, pero… bueno…

– Pero no es original ni único. -Recordé el mosaico de la dalia-. Sin embargo, Flacucho no tiene el mismo problema. ¿Qué le pasó?

– No siguió por el mismo camino que yo. No sé por qué. Quizá no quería trabajar de esa manera. Puede que tuviera algo que ver con el lugar de donde venía.

– Precisamente me lo estaba preguntando. No es de Amantlan, ¿verdad? ¿Cómo se convirtió en plumajero?

– Vaya, lo sabías. Así es, comenzó su vida en Atecocolecan. Pero nació en un día auspicioso para un artesano, y consiguió que una de las familias de aquí lo adoptara. No sé cómo. Alguien debió de pensar que era un desperdicio que fuera un peón. Desde luego tenía talento, pero siempre fue un solitario, insistía en trabajar él solo, incluso cuando vender lo que hacía le acarreaba considerables pérdidas. No podía competir con nosotros; podíamos dar a nuestros clientes lo que deseaban, cuando lo pedían, y garantizar la calidad.

– ¿Calidad? -exclamé sin darme cuenta-. ¡Nunca nadie ha producido trabajos comparables a lo de Flacucho! Bueno, excepto tú, por supuesto.

– ¡Ahórrate el esfuerzo! -replicó Furioso despectivamente-. En sus mejores momentos, yo no le llegaba ni a los tobillos, y ambos lo sabíamos. Pero la mayoría de las veces, Flacucho no buscaba hacer un gran trabajo. Muchas veces no hacía nada en absoluto. Se sentaba rodeado de una montaña de plumas y se limitaba a cogerlas y a mirarlas durante toda una tarde.

Me imaginé al hombre esquelético y con los ojos hundidos que había visto por la mañana desperdiciando su vida jugando inútilmente con una montaña de hermosas plumas.

– Es curioso -prosiguió el plumajero-. Podía haber hecho unos abanicos muy buenos o cualquier cosa que le pidieras, todas las veces que fuera necesario, pero era como si le resultara imposible hacer algo que no fuese lo mejor, y tampoco aceptaba que lo ayudaran, a pesar de que el producto de su trabajo era su único medio de subsistencia.