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– Tú rechazaste la oferta del emperador. No me has dicho si Flacucho también la rechazó.

– Para hacer los abanicos y los trajes que me pidieran Moctezuma y sus nobles tendría que haber ido a vivir a palacio. Eso hubiese significado abandonar todo este montaje y, si quieres saber la verdad, no estaba muy seguro de poder trabajar para él. En palacio debieron de pensar lo mismo, porque no insistieron. No sé qué pasó con Flacucho. Estoy seguro de que sencillamente no quería que nadie le dijera qué debía hacer, aunque fuese el emperador. Más tarde, perdió la inspiración, se aficionó a los hongos sagrados y al peyote; después de eso el palacio ya no lo hubiese aceptado.

– ¿Qué le pasó? ¿Por qué regresó a Atecocolecan, a esa covacha donde vive ahora?

– Creo que todo empezó cuando se casó -respondió Cangrejo-. Eso fue hace poco más de dos años.

– Lo dejó para muy tarde, ¿no? -La mayoría de los aztecas se casaba a los veinte, cuando salían de la Casa de los Jóvenes. Flacucho debía de ser bastante más mayor.

– Todos creíamos que nunca se casaría -manifestó Furioso-. En su juventud nunca demostró mucho interés por las chicas. No sé qué le hizo cambiar de idea. Pero su mujer parece que ejerció alguna influencia en él. Tú la has visto. -Hizo una mueca, como si de pronto las gachas se hubiesen agriado-. Supongo que ella lo inspiró. Comenzó a trabajar de nuevo, y ambos acabaron aquí.

– ¿Aquí? -Miré a tío y sobrino-. ¡Pero si Flacucho era tu rival!

– ¿Qué haces con tu competidor cuando está pasando por un mal momento? Lo llamas y haces que trabaje para ti, por supuesto. Flacucho acababa de casarse, ganaba poco y necesitaba ayuda. Así que lo contraté.

Guardé silencio, mientras asimilaba sus palabras junto con el resto de mi comida.

– Supongo que no se quedaría mucho tiempo -dije finalmente.

– Alrededor de un año. Pero cuando se marcharon, no fue por Flacucho. Fue por su hermano.

Las gachas se estaban asentando en mi estómago y transmitían su calor a mis venas, de modo que empezó a apoderarse de mí una peligrosa modorra. Solo deseaba echarme en una estera en cualquier parte, o tumbarme directamente en el suelo desnudo. Apenas conseguía mantener los ojos abiertos. Entonces, repentinamente, Furioso mencionó a Vago y me desperté de golpe.

Mi hijo, recordé. Vago era el hombre que sabría qué le había pasado.

– Acepté tener a Flacucho y a Mariposa aquí por el bien de su reputación, y al principio pareció funcionar. Flacucho había dejado los hongos. Ponía toda su voluntad. Lo que producía no era lo mejor, ni de lejos, pero no estaba mal. Cogía el algodón, las plumas y los cuchillos y se sentaba en un rincón, apartado de los demás. Su esposa le llevaba comida y agua. Debo admitir que ella lo cuidaba. Flacucho era obsesivo con su trabajo; si ella no se hubiera ocupado de hacerle comer se habría muerto de hambre.

– Solíamos reunimos a su alrededor para observarlo -añadió Cangrejo-. Todos los chicos conocíamos su reputación y queríamos ver cómo trabajaba, y así poder llegar algún día a ser tan famosos como él.

– ¿Y qué salió mal?

Le había hecho una pregunta a Furioso, pero su única respuesta fue un sonido ahogado de su garganta, como si se hubiese atragantado con las gachas. Asustado, me incliné hacia él, pero su sobrino estiró el brazo y me detuvo.

– Su hermano se fugó con mi prima. -El tono del chico era de disculpa.

– ¡Oh! -No se me ocurrió nada que decir. No había ninguna necesidad de preguntarle a Furioso qué había llevado a su hija a abandonarlo para ir a unirse a la familia de su rival. El plumajero mantuvo la miraba baja y no pronunció palabra.

– Vago no era como su hermano -continuó Cangrejo e1 voz baja-. Flacucho vivía para su trabajo. ¡No creo que Vago supiera qué era trabajar! A mi tío nunca le gustó. Lo oía quejarse porque holgazaneaba en el patio, distraía a los que trabajaban, se aprovechaba de su hermano y cortejaba a las chicas. -Miró inquieto a su tío, pero Furioso no reaccionó-. No estaba hecho para vivir aquí. Lo suyo era Atecocolecan. Aún tenía su casa en los pantanos, y una chinampa para cultivar en el límite de la ciudad. En el distrito le advirtieron que se la quitarían si no trabajaba la tierra, pero de todos modos pasaba la mayor parte del tiempo aquí.

– Entonces no es posible que naciera en un buen día para un artesano -comenté.

– Supongo que no. -Cangrejo miró a Furioso, titubeando.

– No lo sé -murmuró Furioso, sin desviar la mirada del cuenco-. ¡Ni me importa!

Hubo una breve e incómoda pausa antes de que Cangrejo continuara.

– Mi tío intentó darle algún trabajo, pero él no hacía más que estropearlo.

– Lo hacía con toda la mala intención -afirmó Furioso, y levantó la cabeza para mirarme-. Si le decía que endureciera las plumas, dejaba que la cola hirviera hasta que se desintegraban, y si tenía que cortar un patrón, dejaba que el cuchillo cortara más de la cuenta y había que hacerlo de nuevo. No le importaba. Solo le interesaba Caléndula. Si no encontraba una excusa para ir a hablar con ella, se hacían ojitos a través del patio.

– ¿Y Caléndula no hizo nada para desalentarlo? -pregunté directamente.

Lamenté haber hecho aquella pregunta en cuanto vi cómo se movían los músculos de la cara del plumajero. ¿Qué hombre podía tolerar que acusaran a su hija de ser una coqueta? Una vez más, sin embargo, fue el sobrino quien intervino para darme una respuesta antes de que su tío se enfureciera.

– No sabes cómo es esto. Todo el mundo vive para su trabajo. Aquí todo el mundo solía reír, hablar y… bueno…

– Eso era cuando tu tía vivía – dijo Furioso-. De acuerdo, no es necesario que lo digas. Ella me paraba los pies cuando veía que me extralimitaba. -Cerró los párpados con fuerza durante un instante antes de continuar-. Ya hemos hablado de ello. Tú sabes cuántas veces me lo he repetido, sobre todo en estos últimos días. La pobre chica comenzó a sentir que las paredes del patio la ahogaban, y ya no era joven. No se puede decir que fuera una belleza, e incluso con mi fortuna sus perspectivas no eran demasiado buenas. ¿Qué otra cosa podía hacer sino enamorarse de un zángano como Vago? -Exhaló un suspiro-. Si se hubiera enamorado de su hermano… -El estaba casado -señalé.

– A pesar de ello a Caléndula le gustaba -manifestó Cangrejo-. Hablaba mucho con él, sobre todo de su trabajo y de religión. No estoy muy seguro de que a Mariposa le hiciera mucha gracia, pero nunca oí que dijera nada en su contra. No creo que Caléndula y Vago pasaran mucho tiempo hablando -añadió el chico con tristeza.

– Entonces ¿qué buscaba Vago?