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– ¡La nuestra! -replicó Azucena en el acto. Seguramente se había preparado la respuesta antes de llegar-. Siempre que sacrificamos nuestra sangre a Yacatecuhtli nos cortamos los lóbulos y las lenguas con este cuchillo. Es una tradición familiar. ¿Qué pasa, no lo sabías? Es así como le recordamos al dios el lugar donde conseguimos el cuchillo, de dónde vienen nuestra prosperidad y sus regalos.

– ¿Qué pasará si te creo? -Mono Aullador parecía realmente intrigado-. Si este hombre es de verdad tu esclavo y tiene algo que ver con el cuchillo, ¿qué pasará? ¿Cómo explicar lo que le ocurrió a Vago?

Azucena resopló burlonamente.

– ¡Su única relación con el cuchillo es que intentaba robarlo! -Entonces, cuando en los ojos del viejo comerciante brilló de nuevo la codicia, añadió sin miramientos-: Probablemente intentaba que alguien como tú le ofreciera un buen precio. Pero es mi esclavo y tengo todo el derecho de castigarlo. En cuanto al hermano del plumajero, lamento mucho su muerte pero no es mi problema. ¡Dejemos que sean los amantecas quienes encuentren a un verdadero sospechoso!

Dicho esto, volvió la espalda al jefe de los distritos de los comerciantes con altanero desdén; lo trató como si él fuese algún comerciante extranjero de mala reputación que le hubiese ofrecido un precio insultantemente bajo por sus pendientes. Luego pasó entre los silenciosos y asombrados policías y se detuvo delante de mí.

– ¡Vamos, levántate! ¡Tienes que darme muchas explicaciones y espero que sean convincentes!

La miré mientras con una mano todavía intentaba tapar sin éxito mis partes.

– No tengo nada para vestirme -respondí en tono lastimero.

No importaba que me hubiese visto desnudo. Ella ya lo había visto todo anteriormente, aunque su comportamiento entonces había sido muy distinto. No soportaba la idea de que me llevaran desnudo por las calles de Tlatelolco, inclinado, con la cabeza gacha para evitar las miradas de asombro de los demás aztecas.

Azucena miró a Escudo.

– ¡He pedido que alguien le trajera unas prendas! -ordenó a Escudo en un tono que no admitía réplica-. No necesito nada lujoso. ¡Vamos, ve a buscárselas antes de que me enfade!

Escudo se marchó, acobardado. Oí cómo rezongaba por lo bajo. Tardó muy poco en volver con un taparrabos y una capa. Eran prendas sencillas, pero mejores de las que usaba habitualmente.

Mientras me vestía oí unas pisadas; Mono Aullador había dejado la estera para ir junto a Azucena.

– ¿Qué pretendes hacer? -preguntó.

– ¡Llevarme a mi esclavo a casa y castigarlo!

– ¡Todavía no hemos acabado de interrogarlo!

– ¿Interrogarlo sobre qué? Ya te he dicho dónde consiguió el cuchillo y qué pensaba hacer con él. ¡Eso es algo que no tiene nada que ver contigo ni con nadie más!

– Pero el cadáver… Vago…

Sin hacerle caso, la mujer se inclinó hacia delante, me sujetó el brazo con una fuerza sorprendente y me obligó a levantarme.

– ¡Vamos, levántate! Ahora -añadió con otra mirada colérica al comerciante- me llevaré a mi propiedad a mi casa, a menos que alguien tenga la intención de impedírmelo.

Mono Aullador parecía desconcertado. Se encontraba en una situación difícil. Había pretendido arrancarme la verdad con la entusiasta ayuda de sus policías, pero la inesperada aparición de Azucena y su insistencia en que le pertenecía lo había cambiado todo. Yo estaba sorprendido, porque en el lugar de donde yo venía, en Tenochtitlan, la voz de una mujer, aunque podía ser ley en su hogar, no se habría hecho escuchar entre los hombres en ningún otro patio. No obstante, entre los comerciantes de Tlatelolco, las cosas funcionaban de otra forma. Las mujeres estaban a cargo de todos los negocios familiares mientras los hombres estaban en el extranjero; ellas decidían qué se llevaba al mercado y a qué precio se vendía, e incluso eran por derecho propio quienes regían los mercados. Si de verdad yo era el esclavo de Azucena, entonces el jefe de los comerciantes no tenía ninguna autoridad sobre mí, a menos de que tuviera pruebas irrefutables de que yo tenía alguna relación con el asesinato de Vago.

– De acuerdo -aceptó en tono amenazador-. Llévatelo. Pero si me entero de que le ven en Pochtlan, o en cualquiera de nuestros distritos, mandaré a Erguido y a Escudo que le machaquen los sesos, y tú también tendrás que responder por sus actos. No lo olvides, Azucena. Tenemos cuestiones pendientes. Puede que hayas recuperado la fortuna de tu familia, pero no he olvidado cómo tu hijo llevó la desgracia a sí mismo y a su gente. ¡Todavía pretendo llegar al fondo de este asunto!

– Oh, no te preocupes -replicó la mujer sin alterarse-. ¡Yo también!

Con otro tirón, nada gentil, me sacó del patio.

3

Azucena guardó un inquietante silencio mientras se dirigía con paso ágil y decidido hacia el canal y la canoa que la esperaba. Me sentía como un chiquillo al que han pillado robando higos chumbos en el mercado y que ahora su madre se lleva a casa para darle una paliza. -Azucena…

– ¡Cállate! ¡Sube a la canoa!

– Solo quería darte las gracias -dije humildemente.

– Te he dicho que subas a la canoa. -Se volvió hacia mí bruscamente-. ¡Guárdate tu gratitud! ¡No te he sacado de allí para hacerte un favor! ¡Por mí aquellas dos bestias podrían haber seguido apaleándote durante el resto del día! Ahora espero que me digas todo lo que quiero saber; si no lo haces, yo misma te llevaré de nuevo a casa de Mono Aullador y les diré que pueden seguir. ¡Quizá incluso me quede a verlo!

Sus manos tenían cogida la tela de la falda y la apretaban y retorcían de la misma manera que un cocinero aplasta las hojas de coriandro para sacarles todo el sabor. La miré a los ojos; parecían nublados de ira pero también brillaban, como si estuviesen llenos de lágrimas.

– Escucha, sé que no ha sido fácil…

Me pegó sin más; levantó la mano y me abofeteó en la mejilla con tanta fuerza que noté una sensación ardiente como si me hubiesen quemado.

La miré, boquiabierto; entonces noté el sabor salado de la sangre y me di cuenta de que la bofetada había hecho que me mordiera la lengua. Azucena no dijo nada pero miró significativamente hacia la canoa. Subí dócilmente y me senté delante del remero. Era Perdiz, el esclavo de Bondadoso que me había traído el cuchillo, pero no dio muestras de reconocerme.

– Ya sabes adonde debes ir -le dijo Azucena vivamente, mientras Perdiz apartaba la canoa de la orilla del canal-. En cuanto a ti -añadió-, ya puedes empezar a contarme la verdad. ¡Quiero saber qué le hiciste a mi hijo!

– León y yo te contamos lo que sucedió -respondí mansamente.