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– ¡Mentira! ¡Tú lo mataste! Tú y esa bestia que tienes por hermano.

– ¿Cómo puedes decir eso? -Noté cómo la sangre desaparecía de mi rostro y se quedaba frío y entumecido, como si me hubieran arrojado un cántaro de agua helada. Si había adivinado la verdad no había forma de saber adonde nos conduciría.

Se inclinó hacia delante y me habló con una voz que parecía el siseo de una serpiente dispuesta a clavarme los colmillos en la mejilla.

– Sé qué hacía Luz Resplandeciente en aquella embarcación. Sé lo que él y Espabilado hacían. Ahora quiero saber por qué tú y tu hermano lo matasteis. Fue una venganza, ¿verdad? ¿Por lo que él y tu hijo hacían? ¿Lo odiabas por ello? ¿O quizá solo fuera por rencor, al ver que pasar unos pocos momentos contigo en una estera no me habían convertido para siempre en tu fiel esclava?

A Perdiz casi se le saltaron los ojos de las órbitas, pero mantuvo el rostro impasible y la mirada fija en el agua más allá de la proa. Inquieto, busqué la posición del sol y me di cuenta, con espanto, de que nos dirigíamos hacia el sur, hacia

Tenochtitlan, y no hacia la casa de Azucena en Pochtlan. Apreté los dedos sobre la borda de la canoa mientras pensaba que quizá tenía la intención de devolverme a mi amo.

Me pregunté cómo había adivinado la verdad. Aunque quizá había sido Bondadoso quien lo había descubierto de la misma misteriosa forma en que había deducido que Espabilado era mi hijo. Pensé en intentar escapar. Podía saltar por la borda y nadar hasta la orilla del canal, pero solo pensar en correr entre las casas perseguido por los insultos y burlas de Azucena, como si fuera una cucaracha que esquiva los escobazos de un ama de casa furiosa, me daba horror. Debía decir la verdad, pero cuando la miré a los ojos y vi en ellos el dolor -la piel enrojecida de los párpados, la telaraña de líneas rojas en el blanco de sus ojos y las profundas arrugas en las mejillas producto de las noches de llanto-, sentí más piedad que otra cosa.

– No fue por ninguna de esas razones -dije-. Fue en defensa propia. Nosotros, León y yo, queríamos que Luz Resplandeciente nos entregara la espada, pero intentó matarme. No pudimos hacer otra cosa. Podríamos haberte evitado la verdad…

– ¡Querías evitarle a tu hijo y a ti mismo tener que explicar qué hacía él en aquella embarcación!

– Sí, eso también -admití.

– ¿Quién lo mató? ¿Quién empuñaba la espada que le hundió el cráneo, tú o tu hermano?

– ¿Acaso importa? Azucena, tú sabes qué hizo Luz Resplandeciente. No me obligues a repetírtelo.

Asombrosamente, se echó a reír. Era una risa que nunca había oído antes: un sonido débil y amargo que parecía surgir desde el puente de su nariz, y que no tenía nada de divertido.

– ¿Repetírmelo? No es necesario. ¡Sé cómo era, pero era mi hijo! -La risa desapareció para dar paso a unas lágrimas ahogadas mientras se ocultaba el rostro con las manos; yo miraba desconsoladamente su cabeza agachada y los hombros que se sacudían. Por un momento creí que se lanzaría a mis brazos. Incluso levanté las manos, dispuesto a sujetarla, pero el orgullo y la ira eran demasiado fuertes para que lo hiciera. Por fin volvió a mirarme. Vi las palmas mojadas con las lágrimas cuando las apoyó en la falda-. Solo dime quién fue -susurró-. Necesito saberlo.

– León -contesté a mi pesar, porque ahora no parecía haber razón alguna para mentir-. ¡Pero, Azucena, en aquel momento Luz Resplandeciente me estaba estrangulando!

– ¡Sí, y qué le habíais hecho tú y tu hermano! Lo provocasteis para que lo hiciera, ¿no es así? ¿Qué le hiciste, incitarlo con tus astucias, solo porque habías conseguido averiguar lo que ocultaba?

– No fue así, Azucena. Estaba desesperado. Sabía que nunca le permitirían vivir. Mi amo estaba dispuesto a matarlo; habría ordenado que lo quemaran vivo. Sabes que es muy capaz de hacerlo. Luz Resplandeciente no solo había estafado al primer ministro, era un asesino, y él y Espabilado eran, bueno, tú ya sabes cuál es la pena por lo que hicieron. -Me resultaba difícil, incluso ahora, admitir el delito que mi hijo y su amante habían cometido. Comprendía, hasta donde podía hacerlo cualquier azteca, lo que los había impulsado a echarse en brazos el uno del otro, pero nada en mi crianza y educación me había preparado para pensar en esa ofensa contra los dioses de otro modo que no fuera con una sensación de asco.

Azucena rehuyó mi mirada. Miró a lo lejos por encima de mi hombro. Cuando me volví sentí que mi estómago se encogía; justo delante de nosotros, en la orilla del ancho y concurrido canal, estaba una de las columnas de piedra que marcaban el límite entre Tlatelolco y Tenochtitlan. Me estaban llevando a casa de mi amo. Me volví hacia la mujer.

– ¡Azucena, tienes que escucharme! -supliqué-. No quería que tu hijo muriera. ¡El deseaba la muerte y quería que yo lo acompañara! ¿No lo comprendes?

Mantuvo la cabeza erguida. Ahora sus ojos estaban secos y claros, y sus manos reposaban en los pliegues de la falda sin temblar.

– Lo comprendo -replicó, serena-. Tú y tu hermano matasteis a mi hijo.

– Sí… no, espera, ¿no has oído lo que he dicho? Me miró y esbozó una sonrisa.

– Ya he oído lo que quería de ti. Cualquier otra cosa que quieras decir, resérvala para tu amo.

La miré horrorizado.

– ¿Qué esperabas? -añadió fríamente-. Ya has oído lo que ha dicho Mono Aullador. Si te ven de nuevo en Tlatelolco habrá problemas. Te llevo con el señor Plumas Negras. Estoy segura de que estará encantado de saber qué has estado haciendo estos últimos dos días.

– ¡Me matará! -grité, pero inmediatamente me di cuenta de que en su actual estado mental efe poco me serviría, así que añadí-: Podría hablarle de tu hijo, de cómo lo estafó, de lo que él y Espabilado hicieron… -Mi voz se apagó cuando ambos comprendimos lo que estaba diciendo.

– ¿Le dirás lo que tu propio hijo le hizo? No lo creo. Ya no puede hacerle daño al mío. -Me miró-. Ya hemos llegado. Tenochtitlan. Será mejor que empieces a pensar en lo que le dirás a tu amo, esclavo.

Delante de nosotros, por encima de las casas y los edificios públicos que daban al canal, vi las enormes moles de las pirámides del Corazón del Mundo, recortadas contra el cielo. La más alta era la pirámide doble que pertenecía a Huitzilopochtli, el dios de la guerra, y a Tláloc, el dios de la lluvia. Me pregunté cuánto tiempo pasaría antes de que me arrastraran por los peldaños manchados de sangre de la cara occidental para que el sacerdote del fuego me abriera el pecho con su cuchillo de pedernal.

Eso si tenía suerte, me dije a mí mismo, mientras miraba con desesperación los rostros indiferentes de los hombres que remaban o empujaban con las pértigas sus embarcaciones por la gran vía de agua; nuestro remero también tenía dificultades para meterse en el intenso tráfico. Miré hacia la orilla por encima de la borda y calculé cuántas probabilidades tenía de llegar nadando hasta la libertad.

– ¿A qué estás esperando? -le preguntó Azucena a Perdiz, enfadada, como si hubiese leído mi pensamiento.