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Respiré más tranquilo al saber que mi memoria no me había fallado y que había encontrado el lugar pese al tiempo que había transcurrido.

No creí que nadie lo utilizara ahora. De todos modos, tomé la precaución de recoger una rama caída de un fresno. La empuñé como si fuese un garrote mientras me acercaba en la media luz del atardecer, atento a cualquier posible aparición.

No vi a nadie, ni tampoco cuando me arrodillé y, después de dejar la rama en el suelo, cogí puñados de ceniza y me los froté vigorosamente por el rostro.

En cuanto estuve seguro de que mi piel se había teñido con el mismo color negro que la piel de un sacerdote, me senté en un tocón a unos pocos pasos del sendero y miré a mi alrededor.

Se acercaban unas nubes bajas que amenazaban con sumir el valle en la oscuridad. Las ramas por encima de mí y a mi alrededor eran vagas siluetas oscuras contra un cielo que no era mucho más claro, informes y amenazadoras como el recuerdo de una pesadilla. Muy pronto no habría nada de luz.

Algo aulló a lo lejos, un aullido largo y angustiado que se interrumpió con la misma brusquedad del grito de un hombre que cae en un precipicio. Mucho más cerca oí un rumor entre la hojarasca que no pude identificar; solo puede deducir que el animal debía de ser más grande que una musaraña y más pequeño que un jaguar.

Sabía que más tarde, después de que los sacerdotes hicieran sonar las caracolas de la medianoche en lo alto de los templos, un inconfundible sonido humano se levantaría de la gran ciudad dormida en el centro del valle y cruzaría el lago para llegar hasta donde me encontraba: el sonido del canto, cuando los chicos y los mozos de las Casas de los Jóvenes elevaban sus voces para demostrarles a nuestros vecinos y enemigos que los aztecas nunca dormían y siempre estaban alerta. Hasta ese momento, solo tenía la compañía de las criaturas de la noche: comadrejas, búhos, tejones, todos ellos monstruos a los ojos de un azteca, voceros de la muerte.

Me estremecí. Empezaba a refrescar. Las nubes que cubrían el cielo garantizaban que no helaría, cosa que agradecía, pero amenazaban lluvia, lo que resultaba casi más desagradable para un hombre en campo abierto y sin capa. Intenté calmarme. Como sacerdote me habían enseñado a desenvolverme en la oscuridad, a enfrentarme a los miedos que horrorizarían a casi todos los aztecas, y a vencerlos. Había luchado contra los espíritus de la noche mientras montaba guardia en estas mismas colinas, y había sobrevivido, orgulloso de saber que los había mantenido apartados de los hombres, mujeres y niños que dormían en el valle. Sabía que podía derrotarlos; además, eran esenciales para mi plan.

Esperé en el tocón hasta que se me durmieron las nalgas y la temperatura bajó tanto que ya ni siquiera podía castañetear los dientes. Perdí la noción del tiempo. Sin poder ver las estrellas, no tenía ni idea de cuánto faltaba para la medianoche. Me pregunté si no me habría quedado dormido y no habría oído las trompetas; podía ser que en la oscuridad mis ojos se hubiesen cerrado involuntariamente durante unos minutos o quizá muchísimo más tiempo sin que me diera cuenta.

Me erguí bruscamente y desapareció cualquier rastro de sueño. Había un sonido nuevo entre los susurros, crujidos y movimientos en el bosque. Moví la cabeza a un lado y a otro, con el oído atento a lo que estaba seguro que había oído, y que podía escuchar de nuevo. Había acabado la espera.

Algo se movía hacia mí. Era grande, y avanzaba de forma más decidida y menos furtiva que un animal que buscara una presa. Mientras escuchaba el firme y cauteloso avance, que hacía pausas y volvía a emprender su camino, supe que mi plan podía dar el fruto esperado. Lo que oía era un sacerdote que hacía su ronda por las colinas, alrededor de la ciudad, recorriendo un camino que conocía hasta el punto de no perderse en la oscuridad. No tardaría mucho en detenerse para hacer una ofrenda a los dioses. Quemaría algunos juncos y perfumaría el aire con resina de nopal.

Caminé lentamente por el sendero detrás del sacerdote y me detuve a unos pocos pasos del lugar donde dejaría los juncos y sacaría la varilla para encender el fuego: el círculo de cenizas que había encontrado antes del anochecer. Me encontraba lo bastante cerca para oír el roce de la varilla que hacía girar rápidamente para conseguir las primeras chispas. Empuñé la rama que había cogido para defenderme.

Bruscamente, los juncos empezaron a arder y se elevaron unas llamas anaranjadas; su brillo me pareció cegador después de haber pasado tanto tiempo en la oscuridad; los chisporroteos del fuego resonaron en mis oídos.

Me volví para librarme de las fantasmales manchas verdes que se movían delante de mis ojos. Luego me obligué a volver a mirar la hoguera con los ojos entrecerrados; sabía que los juncos ardían muy rápido y solo dispondría de unos momentos para llevar adelante mi plan.

Podía ver al sacerdote con toda claridad, o al menos su silueta, un bulto oscuro inclinado ante el fuego.

Avancé lentamente y pisé una espina enorme.

Solté un aullido. Empecé a dar alaridos y a saltar de dolor sobre el pie bueno mientras lanzaba golpes a diestro y siniestro con el improvisado garrote.

El sacerdote se levantó de un salto con un grito de alarma. Se volvió, con el incensario por delante, y me echó una nube de humo dulzón y asfixiante.

– ¿Quién eres? -gritó. Su voz temblaba pero era un hombre valiente y dispuesto a defenderse-. ¿Qué eres? ¿Un hombre, un demonio, un espíritu o un dios?

No podía ver su rostro porque tenía la hoguera detrás. Confié en que no viera el mío, aunque con los saltos que seguía dando no podía ser más que una mancha.

– ¡Soy Ehecatl! -respondí-. ¡El Señor del Viento Nocturno! -Dejé de saltar y apoyé los dedos del pie herido en el suelo. Avance un paso y me metí en la nube de incienso. De pronto, a todos mis problemas se añadieron las ganas de estornudar.

– ¿Mi señor? -La voz del sacerdote era la de un joven aterrorizado pero decidido a demostrar su valor. Sentí una pizca de remordimiento por lo que iba a hacer. Me pareció estar oyéndome a mí mismo veinte años atrás, y me pregunté a qué ser debía de imaginar él que se enfrentaba: un dios, el alma de un mago en una noche de correrías, o quizá solo un hombre, lo bastante desesperado como para estar aquí solo y con idéntico miedo.

– ¡De rodillas! -rugí al tiempo que avanzaba.

No hizo caso de mi orden y de nuevo movió el incensario para envolverme en más nubes de humo perfumado. Ahora el deseo de estornudar era insoportable y tuve que taparme la nariz y la boca con la mano libre mientras descargaba un golpe con la rama que le arrancó el incensario de la mano y lo hizo volar por los aires.

El resultado fue impresionante. El sacerdote gritó, y un instante después vi con satisfacción que se arrojaba de bruces al suelo y adoptaba la postura de un guerrero vencido que permite que su enemigo le sujete el pelo en el gesto ritual de victoria y lo lleve hacia donde van todos los vencidos: al camino que conduce a los templos de México y a la muerte a manos del sacerdote del fuego.

Su pelo, grasiento como el de casi todos los sacerdotes, porque no se les permitía lavárselo durante los ayunos, resplandeció con la luz de la hoguera. Me alegré de que fuera abundante, ya que evitaría un daño mayor y me facilitaría el trabajo posterior.