Descargué el golpe contra su cabeza con la fuerza suficiente para partir la rama y hacerme daño en el brazo.
Mi víctima se desplomó silenciosamente en el sendero.
Esperé, sin acabar de creer que hubiese funcionado, pero permaneció inmóvil a mis pies el tiempo suficiente para convencerme. Entonces, con un largo y sonoro gemido, me desplomé a su lado.
4
Me quedé sentado junto al sacerdote inconsciente durante un rato para disfrutar del calor de su hoguera, pero cuando comenzó a disminuir pensé que si no me ocupaba de recoger un poco de leña no tardaría en apagarse.
En el momento en que intenté levantarme el pinchazo me recordó la espina en el pie. De nuevo empecé a dar saltos y a chillar hasta que acabé en el suelo. Me senté torpemente, y rechiné los dientes mientras me la sacaba delicadamente de la carne tierna. La acerqué al fuego, vi lo que era y solté una exclamación. Era una larga y afilada espina de maguey. Sin duda se le había caído a mi compañero dormido. Para él era una herramienta esencial, dado que se empleaba para las sangrías, para ofrecer al dios la preciosa agua de la vida, algo que formaba parte de la rutina de un sacerdote como dormir y comer. Sentí cierta envidia por aquella figura tumbada junto a la hoguera; luego tuve remordimientos e incliné la cabeza para escuchar su respiración y asegurarme de que era suave y regular. En otro tiempo había sido como él.
Me levanté de nuevo para recoger leña y colocarla ordenadamente sobre los rescoldos de los juncos. Poco a poco las llamas reaparecieron; pronto, su crepitar se convirtió en el sonido más apaciguado y firme de un fuego bien hecho. Calculé que ardería hasta la mañana, o casi; en cualquier caso, duraría lo suficiente para mantener a raya a los coyotes y al frío. Me volví hacia el sacerdote caído.
– Ahora -dije, mientras le quitaba las prendas-, quiero que entiendas que hay una buena razón para esto. -Era mentira. Cuanto menos comprendiera, mejor-. Después de todo -añadí con cierto desagrado cuando le quité el taparrabos-, tampoco te servirá de nada quejarte. Tus amigos solo creerán que has estado comiendo hongos sagrados.
Afortunadamente la única respuesta fue un gran ronquido.
Me quité mi taparrabos y a continuación, llevado por un impulso, se lo puse al sacerdote para que al menos no estuviese peor vestido de lo que yo había estado. No es fácil vestir a un cuerpo inerte y me llevó más tiempo de lo calculado, pero después de haber estado yo mismo desnudo no me pareció justo que regresara a la ciudad con el rostro rojo de vergüenza y las manos sobre sus partes íntimas. Bastantes problemas tendría para dar una explicación coherente tal como estaban las cosas.
En cuanto acabé de vestirme con sus prendas, colgarme alrededor del cuello su bolsa de tabaco y atar las puntas de la capa negra sobre mi hombro derecho, miré de nuevo a mi alrededor y luego al ciclo entre las aberturas del follaje. Seguía sin tener ni idea de cuánto faltaba para el amanecer y para que reanudaran la cacería de mi hijo. Nada me hubiese apetecido más que arrebujarme en la capa del sacerdote y echarme a dormir junto al delicioso calor de la hoguera, pero no podía arriesgarme a perder el tiempo ni a que el hombre al que había tumbado de un garrotazo se despertara.
Miré mi aspecto. La piel del rostro me picaba debajo de la capa de ceniza. La capa me cubría como una nube negra. Repentinamente, por primera vez en muchos años, sentí que pertenecía a la oscuridad, a los lugares secretos en las alturas que frecuentaban los sacerdotes, a las colinas durante la noche y a las habitaciones sin luz en el fondo de los templos.
Faltaba algo.
Tarde un momento en descubrir qué era, pero finalmente lo supe; aun la sentía contra la palma. Abrí la mano y la vi allí: la espina de maguey que me había clavado en el pie y que ahora resplandecía con la luz de la hoguera, empapada con mi sangre.
Entonces supe qué debía hacer; era lo correcto, no solamente para completar mi disfraz, sino para honrar al dios al que el sacerdote había estado dispuesto a ofrecer su sangre. Sin vacilar me clavé la espina primero en un lóbulo y después en el otro, y la retorcí hasta que noté el calor de mi sangre que chorreaba por mi barbilla.
El dolor era insignificante y no podía compararse con lo que sentí después: una curiosa satisfacción, como si hubiese quedado en paz con el hombre que fui una vez. Mientras miraba la espina sanguinolenta en mi palma, comprendí el sentimiento y lo disfruté. Durante una mañana, quizá durante todo un día, volvería a ser un sacerdote, un hombre dedicado a los dioses; mi posición entre los aztecas estaba asegurada, reconocida, respetada; es más, cualquiera que encontrara en mi camino me miraría con miedo.
Sostuve la espina entre el pulgar y el índice y observé cómo resplandecía con el fuego. No sabía si el hombre tendido a mis pies había hecho la ofrenda. Sí sabía que su deber era conservar la espina para devolverla a la Casa de los Sacerdotes, donde, junto con otras muchas, la clavarían en una bola de paja para después guardarla con reverencia en una urna de piedra. Esto ahora ya no ocurriría, pero hice todo lo que pude: miré el cielo absolutamente negro, hacia los trece firmamentos, y recé al dios que conocía mejor, al que me habían consagrado desde el nacimiento.
– Oh, Tezcatlipoca -susurré-. Oh, Señor, fui tu siervo en una ocasión. Ahora lo soy de nuevo… por poco tiempo. Sé que puedes aplastarme como a una cucaracha sin pensártelo dos veces. Solo te pido que lo dejes para mañana, ¿de acuerdo? Hoy soy tuyo. Te he dado mi sangre. Ahora no me abandones.
Oí cómo flaqueaba mi voz. Sabía que nada le gustaba más al dios al que le rezaba que dejar a la gente en la estacada.
Agité la espina más o menos en dirección al este, para verter un par de gotas de sangre hacia el sol, ante la suposición de que no tardaría en aparecer, y luego la arrojé al fuego. Volví a fijarme por un momento en el hombre tumbado junto a la hoguera y de nuevo dirigí mi mirada al cielo.
– Ah, y también intercede ante el dios al que sirve este pobre hombre. Gracias.
No podía hacer nada más por mi víctima. Lo dejé y emprendí el camino cuesta abajo, de regreso a la ciudad.
Apenas había dado algunos pasos cuando comencé a sentirme mucho menos caritativo con el involuntario donante de mi disfraz. En el momento en que avisté el lago y el inconfundible panorama de mi ciudad natal, con las hogueras encendidas en las cumbres de los innumerables templos y sus reflejos que teñían la superficie del agua de un color rojizo, lo maldecía de todo corazón.
– ¡Maldito seas, cabronazo! -mascullé mientras me rascaba con furia la entrepierna por debajo del taparrabos-. ¡Hijo de mala madre! ¡Ojalá los coyotes se coman tus pelotas!
El sacerdote estaba en su período de ayuno. No sabía desde cuándo no se bañaba, pero sin ninguna duda debían de ser semanas. Hubiese jurado que algunas de las ladillas debían de tener el tamaño de judías, y que evidentemente disfrutaban con el cambio de dieta.