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Cada vez me atraía más la idea de desistir de hacerme pasar por un sacerdote, quitarme las prendas robadas y lanzarme desnudo al lago, pero me contuve, apreté las mandíbulas y me dije que me habían enseñado a soportar cosas peores.

En lugar de darme el baño que tanto ansiaba, me senté ante mi ciudad y esperé a que se iluminara el cielo y que el sol se elevara por encima de los campos, los templos, las casas y las montañas de más allá.

CINCO PERRO

1

Regresé a la ciudad y me confundí con la multitud que atravesaba el paso elevado para ir a los campos y a los mercados de México. Esta vez no tenía por qué procurar hacerme invisible entre la muchedumbre; no era necesario. Caminaba en el centro de un espacio respetable, seguro de que cualquiera que me mirara solo vería el hollín en mi rostro, la sangre seca en la barbilla y la mugrienta capa negra. Poca gente en el valle se atrevería a mirarme a los ojos o a preguntar abiertamente por qué un sacerdote iba camino de la ciudad con todos los demás a esa hora de la mañana.

Era una sensación embriagadora. Mientras caminaba entre la multitud, que se apartaba presurosa a mi alrededor, mantenía la cabeza gacha para ocultar la incongruente sonrisa que amenazaba con aparecer en mi rostro. Murmuraba para mí mismo, no porque quisiera que la gente creyera que me estaba comunicando privadamente con un dios o ensayando un himno, sino para no echarme a reír. No podía ser más feliz. Parecían haber desaparecido todos los años transcurridos desde que me habían expulsado de la Casa de los Sacerdotes. Tenía la sensación de que regresaba a mi hogar; es más, me pareció, solo por unos momentos, que nunca me había marchado.

Cuando puse el pie en suelo mexicano, con el lago y los campos que lo rodeaban a mi espalda y la gente que se dispersaba para ir cada uno a atender sus asuntos, pensé que, por impresionante que fuese mi disfraz, no podía cambiar el hecho de que estaba agotado, hambriento y que no tenía ninguna idea de qué haría después…

Llegué a una pequeña plaza con una baja y rechoncha pirámide en el extremo más apartado. Con su docena de escalones y un único santuario, un chamizo en la cumbre que apenas tenía altura para que un hombre pudiera estar allí de pie, podía perfectamente haber sido una miniatura de cualquiera de las grandes construcciones que se elevaban en el Corazón del Mundo. Sin embargo, era muy probable que este modesto monumento fuese mucho más antiguo que cualquiera de aquellos, has grandes pirámides que dominaban la ciudad y se veían recortadas contra el cielo desde el otro lado del valle habían sido construidas muchas veces; cada vez un poco más altas que la anterior. Sin embargo, la construcción original seguramente había sido tan humilde como la que veía ahora, con un solitario y rajado brasero delante del santuario y un único sacerdote con una caracola grande como su cabeza detrás, que me miraba fijamente a través del humo.

Ver cómo habían sido en un principio los grandes monumentos que habíamos construido para estar más cerca de nuestros dioses fue otro recordatorio de lo mucho que había progresado mi gente en los pocos años transcurridos desde su llegada a esta isla.

También me dio una idea.

Me alejé deprisa, antes de que se me acercara el sacerdote y me preguntara por qué estaba llenando su parroquia de ladillas, y obligué a mis pies cansados a que me llevaran de regreso a Amantlan.

No tardé mucho en encontrarme en un lugar conocido: en el lado del canal que separaba Amantlan, el distrito de los plumajeros, del de los comerciantes en Pochtlan. A medida que me acercaba al puente donde había visto a alguien vestido como un dios y la letrina donde había encontrado el cuerpo de Vago, aminoré el paso; andaba erguido y con la mirada al frente, aunque lo que deseaba en realidad era escabullirme rápidamente con la esperanza de que nadie me viera. A pesar del disfraz, me sentía terriblemente vulnerable. Los caminos paralelos al canal estaban muy concurridos, pero nadie pareció prestarme atención y tampoco había guerreros a la vista.

Apenas alcanzaba a ver el templo del distrito, cuya pirámide asomaba por encima de los techos de las casas más cercanas. Observé que había un estrecho sendero que iba en aquella dirección, y me dirigí hacia allí, después de una rápida mirada de precaución por encima del hombro. Entonces vi a mi hijo.

Solo alcancé a atisbarlo durante un momento entre la multitud en la orilla opuesta del canal. De no haber sido porque llevaba buscándolo tres días quizá no lo hubiese reconocido, porque la muchedumbre lo engulló inmediatamente. Su tez era más clara de lo que había esperado, pero no tenía ninguna duda.

– ¡Espa…! -Estuve a punto de echar a correr hacia el puente, pero me detuve a tiempo, y ahogué el grito antes de que alguien pudiera preguntarse cuál era el motivo para que un sacerdote perdiera la compostura. Caminé lo más rápido que me atreví. La multitud me abrió paso, como muestra de respeto a lo que creían que yo era, pero el puente estaba abarrotado, y cuando llegue a Pochtlan, Espabilado había desaparecido.

Desperdicié media mañana buscándolo por las calles y los canales del distrito de los comerciantes. Al final acabé en el punto de partida, junto al canal, apoyado en una pared para recuperar el aliento y con los ojos cerrados con fuerza para contener las lágrimas de decepción.

Cuando los abrí de nuevo, lo primero que vi, al otro lado del canal, fue la cumbre de la pirámide de Amantlan.

No quería marcharme de Pochtlan, ahora que sabía que Espabilado rondaba por allí, pero decidí que lo mejor era continuar con el plan original.

La pirámide del distrito de los plumajeros no era mucho más alta que la otra que había visto a primera hora de la mañana. En cambio, era mucho más opulenta. El santuario era una casa pequeña muy bien construida y los escalones que conducían hasta la cumbre estaban pulidos, con los bordes bien cortados y limpios. Todo se veía limpio y bien cuidado.

Más o menos en mitad de la escalera un joven acólito se afanaba con la escoba, empeñado en barrer un polvo imaginario. Su rostro, como el mío, estaba tiznado de hollín y tenía regueros de sangre, parte de la cual aún goteaba sobre los escalones a sus pies y estropeaba su trabajo. Mientras observaba cómo bajaba la escalera, siempre hacia atrás para no darle la espalda al dios en la cumbre, me pregunté si estaría destinado al sacerdocio o si era el hijo de un plumajero, enviado con los sacerdotes para aprender el arte y el significado de las figuras que haría, como sería el caso dentro de poco del sobrino de Furioso.

Por encima del muchacho, delante del santuario, había un gran brasero de cerámica, un recipiente redondo, de la mitad de la estatura de un hombre, con el rostro de un dios en el frente, pintado con colores resplandecientes. Había visto ese rostro anteriormente, en uno de los nichos de la casa de Flacucho. Ahora, representado por primera vez en una imagen mayor a la real de Coyotl Inahual, vi claramente cuál era su aspecto, con sus afiladas facciones caninas y las plumas, la aguja y la paleta de hueso para untar la cola en las manos. El artista había sabido dar vida a sus facciones. Solo le faltaba un hilo de baba en las fauces para que fuese más real.