Por fin se decidió. Sus manos emergieron de debajo de la capa y una de ellas cogió el último tamal, que yo había dejado educadamente en el plato; parecía que se había tranquilizado. Había decidido que era un tonto. Me sentí orgulloso de mí mismo. Me había aprovechado de una de las pocas cosas que los tlatelolcas y los tenochcas teníamos en común: la convicción de que todos los forasteros eran estúpidos.
– Furioso es especialista en mosaicos, probablemente el mejor productor de biombos y escudos que hayamos tenido. Flacucho trabaja sobre todo con hilo y bastidor. Trajes de guerreros, tocados, abanicos, estandartes y cosas por el estilo. Mejor dicho, trabajaba -se corrigió-. Nadie ha visto ningún trabajo nuevo de Flacucho en los últimos años.
– ¿Por qué?
El hombre se movió, incómodo; sin duda le parecía que había hablado demasiado.
– ¡Espera un momento! ¿Crees que compartiría los problemas de uno de mis fieles con un desconocido? Escucha, no sé cómo hacéis las cosas vosotros, pero aquí la gente confía en mi discreción. Quizá no sea como los sacerdotes de la diosa Sucia, que escuchan las confesiones y están obligados por juramento a guardar silencio, pero si debo interceder ante el dios y hacer las ofrendas debo saber cuál es el problema, y las personas deben poder confiar en mí. No sé cuáles son tus intenciones, pero creo que estás haciendo demasiadas preguntas.
– Lo siento -murmuré, con la cabeza gacha-. Tienes toda la razón, por supuesto. Nosotros hacemos lo mismo. Tendría que haberme dado cuenta. Pero cuando has dicho que no se sabía nada de Flacucho desde hacía años he sentido curiosidad por saber qué le había pasado. Pareció relajarse un poco.
– Supongo que es lógico. Pero ¿qué puedo decir? Siempre ha sido difícil para él. Te diré una cosa, porque no creo que sea un secreto. No es un amanteca de nacimiento. -Enarqué las cejas para expresar sorpresa-. Nació en una zona miserable en el límite norte de la ciudad, donde no hay más que pantanos. Lo adoptó una de nuestras familias.
– ¿Es eso frecuente?
– No, en absoluto. Pero su madre, me refiero a su madre adoptiva, era estéril, y su marido no tenía a nadie a quien transmitirle el oficio, ningún hijo, ni tampoco hermanos o sobrinos. El hombre estaba desesperado porque creía que su trabajo se acabaría con él, pero entonces apareció este chico, nacido en un día propicio y con un don divino para el oficio.
– Sin duda fue algo muy afortunado -comenté, escéptico.
– Así es. Tengo entendido que fue un comerciante quien lo arregló todo, porque conocía a las dos familias. Es algo bastante común entre los comerciantes y los plumajeros; somos vecinos, hacemos muchos negocios juntos y eso es algo que se remonta a mucho tiempo atrás. Es una pena que no pudiera hacer algo también por el hermano de Flacucho. Bueno, tampoco tiene mucha importancia. No sé cuál era la relación con los padres de Flacucho.
Mantuve una expresión impasible. Imaginaba perfectamente cuál era la relación, y también quién era el comerciante, pero una vez más no podía decirlo.
– ¿Dices que fue muy difícil para él?
– Flacucho no era un crío cuando lo adoptaron. Aprendió el oficio sin problemas, pero sí los tuvo en la Casa de los Sacerdotes. Era un solitario, y tenía dificultades para integrarse con los chicos que habían nacido aquí y sabían desde el primer momento cuál sería su futuro. Era muy sensible. Se tomaba muy mal cualquier crítica o fracaso, sobre todo después de salir de la Casa de las Lágrimas. Esto hizo que nunca hablara de su trabajo y que se negara a exhibirlo a menos que lo considerara perfecto. En mi opinión soportó una carga excesiva. No pudo seguir adelante.
– En ese caso, debió de encontrarse con graves dificultades económicas -señalé.
– Efectivamente. Cada vez estaba más desesperado. Lo intentó todo. Llegó un momento en que venía aquí casi todos los días. Hacíamos sacrificios al dios, le suplicábamos que le devolviera la inspiración. Bebía cada vez más vino sagrado, aunque sabía cuál era la pena, probó con los hongos, ¡e incluso se casó!
Me limité a mirarlo.
– Mira, no sé por qué que te cuento todo esto. Supongo que no tiene importancia para alguien de Xochimilco o del lugar de donde dices que eres. Pero eso muestra la desesperación de Flacucho. Nunca había demostrado mucho interés por las mujeres. No me malinterpretes; no es que le interesaran los hombres, es que solo vivía para su arte. Sin embargo, por algún motivo pensó que casarse con aquella muchacha lo ayudaría.
– Te refieres… -Tuve que tragarme el nombre. Por lo que respectaba al sacerdote, yo no conocía la existencia de Mariposa.
– Un día vino a verme con lágrimas en los ojos y me preguntó si estaba haciendo lo correcto, si yo creía que los dioses le devolverían su don. Creía que quizá Tezcatlipoca lo había castigado por rechazar la posibilidad de ser padre. -Tezcatlipoca, el Señor del Aquí y Ahora, era el dios que decidía agraciar o no el vientre de las mujeres con un hijo-. ¿Qué podía responderle? -El sacerdote rió; sonó como el ladrido de un cachorro con un hueso atravesado en la garganta-. Soy un sacerdote, igual que tú. ¡Qué podemos hacer cuando se trata de mujeres!
No pude estar más de acuerdo; mis experiencias con las mujeres, tanto cuando era sacerdote como después, nunca habían sido precisamente felices.
– La familia de la muchacha ya había llamado a un vidente para que comprobara que sus nacimientos fueran compatibles, y por tanto, no pude decirle demasiado. Solo le recomendé que la tratara bien y esperara lo mejor. Eso sí, le advertí que no le dijera nada sobre los verdaderos motivos de su matrimonio si quería vivir en paz.
– ¿Sirvió de algo? -pregunté.
– ¿Mis consejos? ¡Lo dudo!
– No, me refiero al matrimonio. ¿Le ayudó a que funcionara?
– Ah. -Frunció los labios, pensativo-. Diría que al final sí. Algo pasó. Sé que estaba trabajando en un encargo privado muy importante la última vez que vino a verme.
– ¿Quién se lo encargó? -pregunté sin poder contenerme, aunque al instante lo lamenté; desde el punto de vista del sacerdote no era asunto mío.
Sin embargo, sonrió. Fue incapaz de resistirse a aquella pregunta; le daba la oportunidad de pronunciar el nombre que sabía a ciencia cierta que impresionaría incluso a un forastero, porque era conocido y temido en todo el mundo.
– Moctezuma.
2
Después de salir de las habitaciones del sacerdote, me detuve unos momentos en la plaza del templo para reflexionar sobre todo lo que había visto y escuchado aquella mañana y decidir qué haría a continuación.