Me sentía tentado de regresar inmediatamente a Pochtlan y dedicar el resto del día a recorrer las calles del distrito atento a cualquier señal de mi hijo, pero sabía que sería inútil. Los otomíes nos estaban buscando a los dos. Si Espabilado estaba a la vista el tiempo necesario para que yo lo encontrara, no había duda de que el capitán lo atraparía primero. La única manera que quizá me permitiría encontrarlo era rastrear sus movimientos desde la noche que habían robado el atavío y utilizado el cuchillo. Muy a mi pesar admití que Bondadoso tenía razón; debía encontrar su propiedad, porque era la clave para encontrar a mi hijo. Ahora la tarea sería más sencilla; gracias al sacerdote de Amantlan y a su acólito, sabía con toda certeza que Flacucho mintió cuando dijo no saber nada del atavío, y que quien se lo llevó estaba involucrado en el asesinato de Vago. Decidí enfrentarme al plumajero, intimidarlo con mi disfraz de sacerdote y obligarlo a admitir la verdad.
Tuve miedo cuando emprendí el camino hacia Atecocolecan, y no conseguí quitar importancia al asunto. Podía tratar con Flacucho y su esposa, pero ahora sabía que había alguien más que con su terrible presencia controlaría todo lo que hiciera hasta que le fuese devuelto lo que había encargado. El sudor mojó mi frente y amenazó con llevarse el hollín que ocultaba mi rostro cuando pensé en el hombre más poderoso de la tierra, un hombre que podía acabar con mi vida en un abrir y cerrar de ojos o muy lentamente con solo una palabra: el emperador de México, Moctezuma.
– Maldito seas, condenado viejo codicioso -murmuré al imaginar la alegría de Bondadoso cuando viera la prenda que había comprado-. ¿En qué lío nos has metido a todos?
Si Mariposa se quedó desconcertada al ver que un sacerdote desconocido estaba en la puerta de su casa preguntando por su marido, no lo demostró.
– No está aquí -respondió lacónicamente-. No sé cuándo regresará.
Llevaba el pelo suelto, como cuando la vi la última vez. Le caía sedoso y ondulado sobre los hombros y los brazos desnudos; sin duda aquella mañana se lo había cepillado. Los ojos le brillaban y la piel tenía un suave tono ocre claro. Parecía tan suave y profunda que sentí un irreprimible deseo de acercar la mano a su mejilla y tocarla solo para saber si la superficie cedía bajo mis dedos. Por un instante, el asombro me impidió hablar. Una mujer cuyo cuñado había muerto solo tres días atrás tendría que estar de riguroso duelo. Lo lógico era esperar ojos enrojecidos por el llanto y el pelo sucio y enmarañado, no que hubiera realzado su belleza con un experto uso de la cosmética.
– ¿Qué quieres?
– Necesito hablar con él de su hermano.
Al oír mi respuesta soltó una risita. Dio un paso atrás para apoyarse en la puerta y su risita se transformó en unas sonoras carcajadas. Sus dientes me deslumbraron. Eran de un blanco inmaculado, como si acabaran de salir de las encías.
– ¡Sé cómo te llamas! ¡Tú eres aquel esclavo, Bufón, que estuvo aquí hace un par de días! Te mandaba un comerciante, ¿cómo se llamaba? Ah, sí, Bondadoso. -Frunció el entrecejo con la inocente curiosidad de una niña que le pregunta a su madre por qué los hilos de bordar son de distintos colores-. ¿Por qué vas vestido como un sacerdote?
Me entraron ganas de maldecir. Era obvio que mi disfraz no engañaba a nadie que me hubiese visto alguna vez, aunque solo fuese una. Consideré la posibilidad de poner pies en polvorosa inmediatamente, con la esperanza de escapar de la ciudad antes de que ella diera la voz de alarma, pero luego lo pensé mejor.
Si ella hubiese creído que yo había matado a su cuñado, ahora estaría gritando a voz en cuello en lugar de reír. Probablemente, razoné, nadie se había molestado en decirle que era sospechoso de asesinato. Había algunas casas -la de mis padres, y sin duda la de Azucena- donde no se ocultaba a las mujeres los peligros que acechaban. En todas las demás, el universo de la mujer estaba limitado por las paredes del patio, y sus intereses y conocimientos comenzaban y terminaban allí. No había ningún motivo para suponer que a Mariposa, una jovencita con la que aparentemente su marido solo se había casado impulsado por la extraña idea de que podría devolverle la inspiración, se le permitiera participar en las conversaciones de los hombres.
– Es una larga historia -comencé en un tono quejumbroso.
– Pues en ese caso será mejor que entres. Me encantan las historias. -Se balanceó con una mano sujeta a la puerta e inclinó el cuerpo hacia delante para que sus pechos presionaran la tela de la camisa-. ¡Estoy segura de que la tuya será fascinante! -añadió con una voz sensual. Se volvió con la rapidez suficiente para que el dobladillo de la falda se levantara y dejara a la vista sus preciosas pantorrillas y cruzó ágilmente el umbral.
La seguí al patio, un tanto mareado. No estaba acostumbrado a esa clase de invitaciones después de haber vivido como un sacerdote desde la infancia y luego como un esclavo.
Nadie se había preocupado de pasar la escoba desde mi primera visita. Eché una rápida ojeada a los restos de mazorca, las pepitas de calabaza y los mendrugos de tortilla, y luego a la bellísima mujer que reinaba sobre todo aquello. Intenté establecer alguna relación entre ambas cosas, pero no lo conseguí.
– Perdona el desorden-dijo Mariposa despreocupadamente-. En algún momento habrá que barrer y adecentarlo, pero con los funerales de Vago y todo lo demás, bueno, ya sabes…
Busqué algún rincón limpio donde sentarme, pero finalmente renuncié a ello; después de todo la capa ya estaba sucia cuando me la puse.
– Cualquiera diría que en momentos como estos barrer es muy importante -comenté mientras me sentaba. Me arrepentí en cuanto acabé de decirlo. No tenía ninguna necesidad de continuar con el personaje, y me pareció que sonaba mojigato.
– ¡Hablas como mi cuñada! -exclamó, impaciente-. Caléndula era así. Los dioses esto, los dioses aquello. ¡Mira cómo es este lugar! No me importa tener algunas estatuillas, es bonito, pero aquí no puedes moverte con tanto ídolo, y dentro casi es peor.
La miré boquiabierto. Por un instante me pareció que me había quedado sin palabras; luego, cuando conseguí recordar algunas, tuve que hacer un esfuerzo para respirar el aire necesario para decirlas.
– No puedes… no lo dirás…
Mi tartamudeo provocó otro ataque de risa, que silenció rápidamente poniéndose una delicada mano sobre la boca.
– ¡Perdona! ¿Te he escandalizado?
– No temes a los dioses -musité. Aquello era increíble.
Los dioses gobernaban nuestro mundo, no de la forma remota en que un emperador gobierna una lejana ciudad vasalla y dispone quién la dirigirá y los tributos que pagará, sino de una manera inmediata y directa. Podíamos beber porque Chalchihuitlicue hacía que el agua corriera por el acueducto. Comíamos porque Tláloc se encargaba de que la lluvia cayera sobre nuestros campos y Cinteotl y Chicóme Coatí hacían que madurara el maíz. No moríamos de frío porque Huitzilopochtli hacía salir el sol. Nacíamos solo porque Tezcatlipoca nos ponía en el vientre de nuestras madres. No se espera que nadie ame a los peligrosos seres que gobiernan nuestros asuntos. Algunas veces la desesperación empuja a las personas a hacer cosas que los dioses desaprueban, y esperamos que más tarde nos harán pagar por ellas. Sin embargo, no temerlos parecía una locura.