En cualquier caso, no pude evitar admirarla, no solo por la elegancia de su silueta, que se recortaba en la abertura, sino también por el dominio de sí misma. Jamás conseguiría que me dijera algo que ella no hubiese decidido de antemano que debía saber.
Además, aquellos curiosos y alarmantes sonidos continuaban llegando desde el techo. No eran fuertes, y la mujer parecía demasiado ocupada en conseguir que me marchara cuanto antes de su casa para darse cuenta, pero no había duda de que eran reales. Me pregunté si la humedad no se habría filtrado en los troncos y la madera se habría hinchando.
Cuando salí de la casa, me apresuré a mirar a mi alrededor, justo delante, paralelo al sendero donde me encontraba, había un canal estrecho. Al fondo vi a los trabajadores que ya estaban allí la vez anterior; continuaban reforzando los límites de la parcela. Habían acabado con la alegre y rítmica labor de hundir los pilotes a golpes de maza y ahora trabajaban en silencio en la dura faena de acarrear piedras para construir los cimientos de su isla artificial.
A la derecha, la casa de Flacucho lindaba con una propiedad abandonada, una miserable choza rodeada de hierbajos. En la esquina del otro lado había un pequeño espacio abierto, donde crecía un robusto sauce que tenía un par de ramas que no llegaban a tocar el techo de la casa de Flacucho, y que por tanto no podían gotear sobre él.
Después de una rápida mirada en ambas direcciones, me decidí por el sauce.
Pegado a la pared de la casa, me dirigí hacia el árbol y me deslicé alrededor de la esquina como una serpiente alrededor de una roca. Me coloqué entre la casa y el tronco del sauce y miré hacia arriba.
Una rama formaba una horqueta directamente por encima de mi cabeza. Estaba muy bien situada, al igual que yo. En cuanto oí un ruido en el techo, me moví sin esperar siquiera a que apareciera el pie.
Di un salto y sujeté el tobillo antes de que el desconocido tuviera tiempo de apoyarse en la rama. No fue necesario que tirara. Sencillamente dejé que mi peso nos arrastrara a los dos; con un aullido de sorpresa mi víctima cayó del techo y se estrelló en el suelo a mis pies.
Se levantó en el acto con un grito de rabia, demasiado furioso para pensar siquiera en escapar. Lo agradecí, porque vi que se trataba de un muchacho y dudaba de que hubiera podido darle alcance. Me dispuse a saltar sobre él para sujetarlo por el pelo o el brazo y tumbarlo, pero dos cosas hicieron que me detuviera con el brazo en alto.
La primera fue que el muchacho no pensaba pelear. Mientras me miraba vi que abría los ojos y la boca al tiempo que bajaba las manos que había levantado para defenderse con uñas y dientes. Luego se dejó caer de rodillas en el barro, agachó la cabeza y comenzó a gimotear, muy asustado. Tardé un momento en entender qué pasaba y entonces casi lo estropeé todo porque me costó contener la risa. Probablemente por última vez, pero mi patético disfraz había funcionado, y el pobre chico se había dejado impresionar por el poder de un falso sacerdote.
La segunda cosa que detuvo mi mano fue que reconocí al muchacho.
No sé a quién había esperado encontrar merodeando por el techo de la casa de Flacucho, pero nunca se me hubiese ocurrido pensar en Cangrejo, el sobrino de Furioso el plumajero.
– Será mejor que me digas qué estabas haciendo -le advertí con mi tono más severo.
– Por favor, señor -gimoteó el chico, que con la cabeza gacha parecía estar hablándole a mis pies-. No pretendía hacer nada malo. Solo estaba buscando… solo estaba buscando… -Mentía muy mal. Yo en su lugar habría preparado una excusa de antemano.
Lo miré pensativamente. La tentación de continuar fingiendo ser un sacerdote y de obligarlo a confesar era fuerte, pero sabía que no daría resultado. En cuanto se le pasara el susto de haber caído del techo no le costaría reconocerme, como había sucedido con Mariposa. Tampoco quería que se reuniera una multitud, y la visión de un chico acurrucado en el suelo podía conseguirlo.
– Solo estabas buscando -repetí-. Muy bien. Vamos, levántate. Me lo contarás todo mientras regresamos a Amantlan, y te lo advierto, si no lo haces le diré a tu tío dónde te he encontrado.
Mis palabras hicieron que levantara la cabeza.
– ¿Mi tío? ¿Cómo sabes que…? ¡Oh!
Me agaché y lo cogí del brazo con suficiente firmeza para conseguir que se levantara.
– Ahora que ambos sabemos con quién hablamos, ¿qué te parece si nos vamos? -Me volví con el chico sujeto a un brazo de distancia por si sentía la tentación de resistirse.
Vaciló, se mordió el labio inferior y movió la cabeza a un lado y a otro como si buscara algún camino para huir.
– No lo entiendo. Tú estuviste en nuestra casa. ¿Por qué vas vestido de esa forma? ¿Qué haces aquí?
– Calla y camina -murmuré-, a menos que quieras que nos atrapen a los dos.
De nuevo abrió desmesuradamente los ojos. Luego pareció relajarse, como si al entender el sentido de mis palabras hubiese decidido que yo podía ser, después de todo, un colega conspirador.
– ¿Me prometes que no se lo dirás a mi tío? Respondí con un gruñido amenazador y le tiré del brazo. Comenzó a caminar.
– ¿No vas a soltarme?
– No olvides que si pretendes escapar sé dónde encontrarte. -Lo solté-. Ahora, ¿vas a decirme qué buscabas? Por favor, no me mientas.
– Buscaba a Caléndula.
Aún era un chiquillo en edad de crecer. Su cabeza apenas me llegaba a la barbilla, pero parecía aún más bajo porque andaba con la cabeza gacha. Me pregunté qué edad tendría: once o quizá doce. Me pareció mayor cuando lo conocí, en presencia de su tío, y mostraba una preocupación por cuidar del hombre más propia de una esposa o una hermana mayor. Pero después de la muerte de la esposa de Furioso, no había duda de que la marcha de la prima de Cangrejo había dejado un enorme yació en la casa del plumajero.
También recordé a otro chico que aparentaba más edad. Mi hijo era mayor, pero no mucho más. No lo había visto crecer; de pronto, imaginarnos andando y hablando juntos de aquella forma, algo que nunca habíamos hecho, hizo que asomaran lágrimas a mis ojos y que interrumpiera la marcha.
– ¿Qué pasa?
– Nada. -Tragué una vez, parpadeé unas cuantas veces y miré de nuevo a Cangrejo-. ¿Querías a tu prima?
– Todos la queríamos. -El chico exhaló un suspiro-. Después de la muerte de mi tía, ella se hizo cargo de la casa. Cuidaba de los ídolos, le encantaba hacerlo, preparaba las tortillas, barría y cosía las prendas para mi tío, tal como habría hecho una esposa. Era buena conmigo. Me cuidó cuando fui a casa de mi tío. Para mí era más una hermana que una prima, incluso después de conocerlo a él.