SEIS MONO
1
Me despertó un desagradable zumbido. Sonaba en mi cabeza; primero en un lado y después en el otro, como si su fuente se estuviese moviendo en círculos; solo cuando se posó en mi nariz y me hizo estornudar supe que se trataba de un tábano.
Abrí los ojos en el acto.
Tardé unos momentos en recordar dónde estaba. Mi cabeza aún estaba llena de las visiones y los sonidos de la noche, y de los extraños e inconexos sueños que había tenido mientras dormía. Sacudí la cabeza enérgicamente para espantar al tábano y noté un terrible dolor en el cráneo.
¿Qué me había pasado, y qué había visto? Unas vagas imágenes del dios Quetzalcoatl y de una hermosa mujer acudieron a mi mente.
Recordé un relato de Topilztin, el infinitamente sabio y bondadoso último rey de los toltecas. Compartía los atributos de Quetzalcoatl, a quien servía como sumo sacerdote y cuyo nombre llevaba. Fue víctima de la maldad de Tezcatlipoca, el enemigo de su divino patrón. Tezcatlipoca lo visitó fingiendo ser una anciana, una curandera, y le hizo beber vino sagrado con el pretexto de que era bueno para su alma. «Solo prueba una gota con la punta de la lengua», insistió la mujer. El se negó; sabía que catarlo lo llevaría a beber un trago tras otro, hasta que su alma acabara ahogada en el vino y perdida para siempre.
Después de muchos ruegos acabó por acceder a que vertiera una gota en su frente; aquello fue su perdición.
Vació una calabaza tras otra; llamó a su hermana e hizo que bebiera, y luego, en plena borrachera, yacieron juntos.
Después, consumido por el arrepentimiento, abandonó la ciudad de Tollan y se exilió en el este; nadie volvió a verlo nunca más.
Me pregunté si aquello daba algún sentido a mi visión. Hasta aquel día, Quetzalcoatl había sido célibe y abstemio. ¿Había escogido el dios, ante aquella tentación que había provocado la caída del hombre, escapar antes de arriesgarse a sufrir el mismo destino?
Llegué a aquella habitación en busca del atavío de Quetzalcoatl, seguro de que lo encontraría allí. En cambio, me encontré con el dios en persona. ¿Podía ser que hubiese visto a un hombre con el atavío del dios? ¿Había visto al asesino de Vago?
Empecé a entender el miedo y el enfado de Tartamudo cuando me contó todo lo que había visto desde lo alto de la pirámide de Amantlan. Quizá yo había visto a un hombre con la prenda de un dios, pero había un poder intrínseco al atavío de un dios que pertenecía al propio dios y del que no se podía hacer un mal uso, y yo lo había percibido.
Los rayos de sol trazaban una brillante figura oblonga en el suelo e iluminaban el resto de la habitación con un resplandor dorado. A pesar de ello, me costaba ver. Tenía la visión borrosa y necesitaba hacer un esfuerzo para centrar la mirada. Me costó un gran esfuerzo levantar la cabeza. Pareció que se despegaba del suelo, y por un instante sentí un terrible dolor. Cerré los ojos con todas mis fuerzas para intentar combatirlo y apoyé las palmas en el suelo para evitar caer de nuevo. Respiré varias veces lenta y profundamente hasta que el dolor y la náusea disminuyeron y estuve en condiciones de moverme otra vez.
«Tienes que salir de aquí, Yaotl.»
Me puse de rodillas y luego, con mucho cuidado, me levanté. Vi, extrañado, que varios trozos de cuerda caían a mi alrededor. Todavía inseguro sobre mis pies, miré al suelo y vi una mancha de sangre seca en el lugar donde había tenido apoyada la cabeza. También descubrí que estaba desnudo.
¿Dónde estaban mis ropas?
Afortunadamente no tuve que buscar mucho; el taparrabos y la capa estaban casi junto a mis pies. Había algo que brillaba encima de las prendas. Sin hacer caso del mareo que sentía, me agaché y vi que era un pequeño cuchillo de cobre.
Ahí estaba la explicación de cómo me habían cortado las cuerdas, me dije mientras me ataba el taparrabos. En cuanto acabé de envolverme en la capa y de anudarla sobre mi hombro derecho, me sentí en condiciones de mirar a mi alrededor y de hacer un esfuerzo por sacar algo en limpio de todo lo que veía y de los vagos y dispersos recuerdos que despertaban en mí.
Vi la montaña de basura junto a la pared del fondo. Ahora me daba cuenta de que no se había acumulado por sí sola a lo largo de un año. Alguien se había ocupado de barrerla hasta allí. Me acerqué y metí las manos en la pila.
Al igual que antes, me sorprendió la gran cantidad de plumas y otras cosas relacionadas con el oficio de plumajero: cuchillos, agujas, paletas de cola y otros utensilios. Mientras buscaba en la basura, el aire se llenó de plumas y tuve que contener el aliento para no estornudar.
Algo cayó desde lo alto del montón, un objeto redondo y liviano que golpeó contra el suelo con un sonido hueco y rodó hasta la pared opuesta. Cuando lo recogí, vi que era un cuenco. Pasé el dedo por el interior y noté que la superficie estaba húmeda, y que había pegados unos granos muy pequeños y duros. Me acerqué el dedo a la punta de la lengua con mucho cuidado. Descubrí que alguien lo había empleado para beber una infusión de semillas de dondiego de día.
Arrojé el cuenco a la pila y escupí en la basura para quitarme aquel sabor. Lo conocía de mis años de sacerdote. Bebíamos un poco, algunas veces, para provocar visiones, pero sabíamos que si alguien tomaba demasiado, vería unos demonios que le arrebatarían el alma y la vida. Me pregunté cuánto me habían hecho beber, y cuántas de las cosas fantásticas que había visto y oído durante la noche habrían salido de aquel pequeño cuenco.
Miré de nuevo el montón de basura. Según Mariposa, aquella había sido la habitación de Vago y Caléndula, pero parecía como si ella y Flacucho se hubiesen aprovechado de su desaparición para dejar allí todos los desechos del taller. Pronto me convencí de que no había nada debajo de la pila. Si el atavío había estado alguna vez allí, hacía mucho que se lo habían llevado.
Quedaba muy poco que ver en la habitación excepto una barata y raída estera de dormir y una vieja capa o manta que estaba en el suelo. Sin embargo, mientras me encontraba junto a aquellos objetos, percibí algo que no podía ver.
Olí el aire y fruncí el entrecejo.
El olor más fuerte en la habitación correspondía al humo resinoso de la tea de pino que habían dejado que se consumiera. Pero había otros que no conseguía enmascarar del todo.
La estera de dormir olía débilmente a almizcle, sudor y perfume rancio. Allí había yacido una mujer la mayor parte de la noche. Recogí la manta y la aplasté contra mi nariz. Después la arrojé violentamente al suelo, porque había algo conocido en aquella mezcla de olores, algo horrible, el testimonio de cosas que no quería recordar. Pensé en serpientes que silbaban, se retorcían y amenazaban con sus terribles anillos constrictores.