– Por lo visto tú eres el jefe por un día -comentó Manitas-, dado que debo escoltarte a todas partes. ¿Adonde iremos?
Miré el cielo. No había nubes. Empezaba a oscurecer, el azul era más profundo por el este y pronto aparecerían las estrellas. Mi permiso finalizaba al día siguiente, al mediodía: me quedaba toda la noche y la mañana.
Descarté cualquier posibilidad de buscar a Espabilado. Incluso aunque pudiera encontrarlo en el tiempo de que disponía, solo podría informarle de que estaba condenado a muerte. Dudaba que me dejaran vivir mucho más, a pesar de lo que había dicho mi amo.
Desesperado como estaba, solo había un lugar al que podía ir. Cuando lo pensé, supe que quizá era el único lugar donde encontraría a una persona capaz de ayudarme.
– Creo -dije con considerable esfuerzo por la repentina aparición de un nudo en mi garganta- que iré a casa.
La casa a la que me refería era la casa de mis padres en Toltenco.
El nombre significaba «En el borde del cañaveral», y no podía ser más exacto. Se encontraba al sur de Tenochtitlan, todo lo lejos que podías estar de la casa de Flacucho y Vago en Atecocolecan sin abandonar la isla, pero los dos distritos tenían mucho en común. Ambos transmitían al visitante la impresión de que ese era un lugar donde la tierra apenas conseguía estar por encima del agua. Los canales y las calles se confundían con las chinampas, y muchas de las viviendas no eran más que miserables chozas construidas a toda prisa después de la última inundación para que los propietarios que lo habían perdido todo dispusieran al menos de un techo sobre sus cabezas antes de que llegaran de nuevo las lluvias.
Nada de todo esto me llamó la atención mientras crecía. En el poco tiempo que transcurrió desde que empecé a tomar consciencia de mi entorno hasta que me llevaron a la Casa de las Lágrimas, solo sabía que disponíamos de espacio y de aire puro, a diferencia de la gente que vivía en el centro de la ciudad, apiñada en las casas y siempre envuelta en el humo de los fogones de los vecinos. Más tarde, en mis contadas visitas a Toltenco cuando ya era un adulto, aprendí a despreciar ese lugar. Luego hice todo lo posible por olvidar que existía.
Excepto la última visita a la casa de mis padres, no había puesto los pies en el distrito durante diez años. Claro que desde mi última visita sólo habían transcurrido nueve días, así que me resultó muchísimo más fácil orientarme.
– Tampoco está tan mal -opinó Manitas-. Nuestra casa en Atlixco no es mucho mejor que algunas de estas.
– Quizá estoy siendo injusto. Después de todo, me marché de aquí como un perro apaleado. En cualquier caso, si resultas fácil de conformar, te gustará la casa efe mis padres. Está en un terreno un poco más elevado, así que muy pocas veces se inunda.
Manitas hundió la pértiga en el fondo del canal y propulsó la canoa en el rumbo indicado. Mi amo había tenido la generosidad de prestarme una embarcación. Me pregunté adonde esperaba que fuera en ella. Había dedicado la mayor parte del tiempo que habíamos tardado en llegar a Toltenco a vigilar si me había hecho seguir, o si solo confiaba en mi escolta para evitar que me fugara. Si alguien me seguía, sin duda debía ser muy bueno en su trabajo, porque ninguna de mis reiteradas miradas atrás me permitieron ver a nadie más que a unos pocos que no me prestaron la más mínima atención.
– ¿Es posible que sea aquella? -exclamó Manitas repentinamente-. ¿La que tiene aquel poste tan alto en el patio?
A pesar de todo, no pude menos que sonreír.
– Por supuesto -respondí, sin molestarme en mirar-, esa es. El árbol más alto de Toltenco.
El árbol era un tronco pelado que habían traído a través del lago desde el lugar donde lo habían talado en una de las colinas en tierra firme para plantarlo en el centro del patio de la casa dé mis padres. Estaba allí para la fiesta anual de la Caída del Agua, cuando honrábamos a las montañas que rodeaban nuestro valle, por los negros nubarrones que se amontonaban en las cumbres, y a los otros dioses que traían la lluvia, como Quetzalcoatl Ehectal, señor del Viento, y Chalcihuitlicue. Entonces recordé que aquella noche y el día siguiente serían el momento culminante de la fiesta. El tronco estaría cubierto con banderolas hechas de papel y ofrendas para los dioses. Habría una vigilia, seguida de un festín. La mayoría de los miembros de mi familia estarían presentes, y a la mañana siguiente acudiría un gran número de invitados. Esta era una de nuestras mejores fiestas, sobre todo si podías permitirte celebrarla por todo lo alto. Por la mañana habría comida y bebida en abundancia, e incluso vino sagrado, algo que en cualquier otro momento los plebeyos tenían prohibido tomar.
Organizar todo aquello llevaba mucho trabajo, y no era barato. Estaba seguro de que mi madre afirmaría que lo hacía por la pierna enferma de mi padre. Era particularmente importante para los cojos aplacar a los dioses de la montaña. Sin embargo, que ninguno de sus vecinos pudiera permitirse algo parecido también tenía mucho que ver.
– Amarra la canoa en aquel embarcadero -le indiqué a Manitas.
– A tu gente no le va nada mal -comentó mi compañero mientras seguía mis indicaciones-. Nosotros no podemos permitirnos tener nuestro propio poste, y menos cuando te obliga no solo a dar de comer y beber a los invitados sino también a los cantantes y a los músicos. Siempre vamos a casa de algún vecino. -Había cierta nostalgia en su voz; sin duda se debía a que se perdería los festejos del día siguiente.
– Todo esto es gracias a mi hermano. León le da a mi madre todo lo que necesita para montar este jolgorio, aunque después ella se pasa el resto del año quejándose del trabajo que da.
Oí a mi familia antes de verla. No éramos muchos -mis padres y sus hijos mayores, cinco sin contarme a mí, mis sobrinos y sobrinas- pero los reunías a todos dentro de los muros de un patio pequeño y sonaban como un día muy concurrido en el mercado de Tlatelolco.
– Mañana será mucho peor, en cuanto lleguen los invitados -le aseguré a Manitas.
– No lo dudo. ¿A qué estamos esperando?
Todavía estábamos en el embarcadero, a un lado de la entrada, de forma tal que no nos veían desde el patio. Simulé inspeccionar una grieta imaginaria en el revoque acabado de encalar en la pared que se encontraba a mi lado, mientras pensaba en la pregunta de Manitas. ¿Por qué vacilaba?
En la anterior visita, mi padre y mis hermanos, excepto León, habían estado ausentes. Todos los plebeyos, a excepción de los esclavos, cuyo tiempo pertenecía a sus amos, debían trabajar para el distrito o la ciudad, y había sido su turno. Sin embargo, seguramente ya habían acabado con su servicio comunitario, y era lógico esperar que estuvieran aquí.
Habían pasado muchos años desde que mi padre y yo podíamos encontrarnos sin llegar prácticamente a las manos. Ambos teníamos demasiados resentimientos para hacer las paces. Él lamentaba lo que había pagado para conseguir que me admitieran en la Casa de los Sacerdotes, un dinero perdido cuando me expulsaron. Por mi parte, lo culpaba por las humillaciones y los insultos de que había sido objeto en mi casa por haber fracasado en una manera de vida que no había escogido pero que habían aprendido a amar, y la amargura y el rencor que me había producido el fracaso.