Sin éxito. Parecía que el dinero no lo atraía en absoluto, pese a que su vida no se desenvolvía precisamente en medio del lujo. Ante ése, como ante los demás intentos de dirigir su atención a mis propios designios, se limitaba a tomarme del codo y a señalarme algún edificio, o bien ponderaba prolijamente los veranos parisienses por su benignidad aun en los días más calurosos, o manifestaba su desinterés por responderme dejando que sus ojos se cerraran lentamente, con un parpadeo que expresaba desolación. En ocasiones, Duponte casi parecía imbécil, con su mirada plácida mientras pasábamos ante las tiendas o las flores y árboles de un jardín -«¡los castaños de Indias!», decía de repente- o, quizá, se trataba de una mirada de tristeza.
Una noche, concluida otra entrevista con Duponte, que terminó sin mayores progresos, pasé ante un grupo de agentes de policía sentados en la terraza de un atestado café, tomándose unos helados. Componían una formidable mancha de gabanes azules con una sola hilera de botones; de bigotes y de barbitas en punta.
– Monsieur ¡Monsieur Clark, bonjour!
Era el joven y rechoncho policía que se había adueñado de mi carruaje a mi llegada a París. Atribuí su entusiasmo al verme a la alegría compartida de la reunión.
Todos los agentes se levantaron para saludarme.
– ¡Este caballero y erudito ha venido de América para ver a Auguste Duponte!
Tras un momento de silencio interesado, todos los policías rompieron a reír.
Me sentí confuso ante esta reacción al nombre de Duponte. Me senté, mientras el primero de los agentes continuaba:
– Se cuentan muchas historias sobre Duponte. Era un genio. Dicen que sabía que un ladrón iba a robar unas joyas antes de que lo hiciera.
– ¿Dice usted que era un genio? -comenté.
– Oh, sí. Hace tiempo.
– Mi padre era policía cuando los prefectos requerían los servicios de monsieur Duponte -dijo otro agente, quien exhibía un ceño fruncido que acaso era permanente-. Según él, Duponte era un joven inteligente que se limitaba a crear dificultades, pero conseguía aparentar que las resolvía.
– ¿De qué forma? -pregunté, alarmado.
Se rascó el cuello enérgicamente con unas uñas más bien crecidas: el lado del cuello aparecía enrojecido e inflamado a causa de aquella costumbre.
– Eso es lo que él oyó -murmuró el Rascador.
El oficial más amistoso prosiguió:
– Se dice que Duponte podía juzgar la moralidad de todos los hombres con absoluta precisión con sólo mirarlos. Una vez se ofreció a recorrer las calles un día de fiesta y señalar a la policía a todos los elementos peligrosos susceptibles de causar alborotos.
– ¿Y lo hizo? -preguntó otro.
– No. De habérselo permitido, la policía se habría quedado sin trabajo.
– Pero ¿qué le ocurrió? -pregunté-. ¿Qué investigaciones lleva a cabo en la actualidad?
Uno de los agentes que había permanecido observando, pensativamente y más tranquilo que los demás mientras éstos hablaban, rompió su silencio:
– Dicen que el señor Duponte se equivocó, y que la mujer a la que amaba fue ahorcada por asesinato. Su capacidad de análisis no logró salvarla. Y ya no pudo llevar a cabo más investigaciones…
– ¡Investigaciones! -le contradijo el Rascador-. Por supuesto que no puede efectuar ninguna. A menos que consiga emprenderlas como un fantasma. Lo mató un ex presidiario que había jurado vengarse de Duponte porque gracias a él lo detuvieron.
Abrí la boca dispuesto a corregirlo, pero lo pensé mejor: había una profunda inquina en el tono de voz de aquel hombre, por lo que me pareció mejor permanecer callado.
– No, no -replicó otro, disconforme-. Duponte no ha muerto. Algunos dicen que ahora vive en Viena. Se cansó de tanta ingratitud. ¡Menudas historias podría yo contarle! En todo caso, actualmente no hay nadie como él en París.
– Al prefecto Delacourt no le gustaría oír eso -añadió el agente rechoncho, y los demás profirieron unas risitas roncas.
He aquí una anécdota relatada por uno de los agentes.
Años atrás, una noche, Duponte se hallaba en un cabinet o reservado de un café de París, sentado frente a un presidiario que sólo tres días antes había degollado a un guardián de la prisión y se había fugado. Todos los agentes de la policía parisiense andaban tras él, incluidos algunos de los que se sentaban conmigo en el café. Duponte echó mano de sus variados recursos y supo en qué lugar de la ciudad era probable que estuviera el delincuente, creyendo hallarse a salvo en su escondite. Así pues, acabaron sentados el uno frente al otro en el cabinet.
– La policía no me detendrá -le confió el indeseable-. Puedo correr más que cualquier agente, y puedo vencerlo en un intercambio de disparos, si se da el caso. Estoy a salvo, a menos que tropiece con ese miserable de Duponte. Él es el verdadero criminal de París.
– Yo pensaba que lo conocerías en cuanto lo vieras -comentó Duponte.
El otro se echó a reír.
– ¿Conocerlo? ¡Santo Dios! -Vació la botella de vino de un trago-. Nunca has tenido tratos con ese bribón de Duponte, ¿verdad? No se le ve dos veces con el mismo atuendo. Por la mañana parece ser una persona como tú, supongamos. Luego, una hora más tarde, ha cambiado tanto que su propia madre no lo reconocería, y por la noche ¡ni hombre ni demonio recordaría siquiera haberlo visto antes! Sabe dónde estás ¡y puede prever dónde vas a estar después!
Cuando aquel mal sujeto hubo bebido más de lo que probablemente se proponía, Duponte bajó por otra botella de vino y luego regresó al cabinet perfectamente tranquilo. Le dijo al presidiario que la camarera le había contado que había visto a Auguste Duponte inspeccionando los reservados. El malhechor estalló en un acceso de furia salvaje ante la noticia, y Duponte le sugirió que se escondiera en el retrete, de modo que pudiera salir y matar al investigador cuando entrase. Entonces Duponte lo dejó encerrado en el retrete y avisó a la policía.
Ése fue Duponte en otro tiempo. Ése era el Duponte que yo debía llevarme a América. De mi limitada relación con él no habla podido deducir ninguno de sus talentos. Una tarde, durante una de nuestras caminatas, empezó a llover y convencí a Duponte para que compartiera conmigo un coche. Al cabo de un rato de circular por París en silencio, señaló un cementerio a través de la ventanilla de nuestro vehículo.
– Ahí -dijo-, al otro lado de la tapia, está el pequeño lugar de enterramiento de los suyos, señor Clark.
Observé una inscripción en francés según la cual aquél era un cementerio judío.
– Sí, es muy pequeño… -Hice una pausa, dejando en el aire mi afirmación. Pensé en lo que acababa de decirme y me volví hacia él, atónito-. ¡Monsieur Duponte!