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Lo perdí de vista una vez dentro del pequeño y estrecho café de la rué Dauphine. Los espejos que se alineaban en las paredes exageraban la confusión del público. Allí era donde se congregaban para sus partidas los mejores jugadores de la ciudad. Había un pícaro de quien se decía que aventajaba a los demás jugadores. Todo él era intensamente rojo: el pelo, las cejas y la piel irritada y pecosa. Casi siempre jugaba solo, supongo que debido a su gran superioridad sobre los demás, que sólo acudían a pasar el rato y a divertirse. Se animaba a sí mismo dando gritos cada vez que lograba una buena jugada, y blasfemaba como un desalmado cuando la fallaba.

En la ciudad, el Café Belge era el único con billares que permitía jugar a las mujeres, aunque -y esto sorprenderá a muchos que no hayan visitado París- no era el único que permitía fumar cigarrillo» a las damas. La verdad es que el americano no avisado podría palidecer con sólo pasar frente a muchas de las ilustraciones exhibidas en los escaparates de las tiendas de grabados; o tras presenciar escenas de actividades maternales, que normalmente quedan confinadas al cuarto de los niños, desplegadas ante la vista de todos en mitad de los jardines de las Tullerías.

Mientras yo buscaba a Duponte, una señorita colocó su mano sobre la mía.

– Monsieur, ¿desea usted jugar al billar con nosotras?

– ¿Mademoiselle?

Señaló a las otras tres ninfas sentadas a su mesa.

– Supongo que desea jugar. Venga, aquí tiene un taco. ¿Es usted inglés?

Me empujó hasta la mesa.

– No se inquiete. Nadie juega por dinero en París, ¡sólo por la bebida!

– Como ve, no estoy casado -le dije lo más quedo posible, inclinándome.

Me había enterado de que en Francia las mujeres solteras no debían ser vistas en compañía de hombres también solteros sin que su reputación corriera grave riesgo. Como contrapartida, las casadas podían mostrarse haciendo lo que les viniera en gana.

– Ah, pues muy bien -me tranquilizó la damisela en un tono más alto que un susurro y expulsando humo-. Yo también, ¿sabe?

Ella y sus compañeras se echaron a reír, y su francés se hizo demasiado rápido para que yo pudiera seguirlo. Luché por abrirme paso y cruzar la sala, tropezando con los codos de algunos hombres que rodeaban las mesas de billar.

Al cabo de unos momentos, me fijé en otra joven que permanecía de pie, apartada de las demás. Aunque parecía de la misma clase modesta, poseía una elegancia de la que carecían sus iguales en aquel café. Y desconocida, en tal sentido, para las «bellezas sin rival» que desfilaban por la calle Baltimore. Más baja que yo, sus ojos hundidos casi parecían prever mi recorrido por el café. Llevaba un cesto con flores y se mantenía tranquilamente de pie. Un hombre levantó la mano, ella se acercó, y el hombre depositó una o dos monedas de cobre en el cesto.

Mientras yo rebuscaba en mis bolsillos una moneda para aportarla a aquella encantadora visión, choqué con la mesa próxima, empujando a un jugador en el momento en que golpeaba la bola.

– ¿Qué demonios…?

Era el pícaro pelirrojo. El mejor jugador del café o, quizá, de París, según quien lo dijera. De pie cerca de él había una hermosa mujer pálida que lo consolaba acariciándole el brazo.

Las ninfas de antes me señalaron y emitieron unas risitas forzadas.

– ¡Monsieur es inglés! -repetían.

– Ha echado a perder mi jugada -dijo el pelirrojo-. ¡Le voy a partir el cráneo! Vuélvase a Inglaterra.

– En realidad yo vengo de América, monsieur. Acepte mis excusas.

– O sea que es un yanqui. ¿Cree acaso que está en territorio salvaje, con los indios? ¿A qué ha venido aquí a molestar?

Me dio varios empujones que casi me hicieron caer hacia atrás, pero logré recuperar el equilibrio no sin dificultades. En algún lugar en medio de aquel desafío -allí o en momentos posteriores más calamitosos- desapareció mi sombrero. Vino otro empujón, perdí el equilibrio, di contra la mesa y me vi caer al suelo en los espejos del café.

En mi siguiente fragmento de memoria, yo estaba tendido en el suelo. Pensé que era mejor permanecer en posición baja, mirando hacia arriba, donde el humo viejo de los cigarrillos se recogía apaciblemente y se multiplicaba hasta el infinito en los espejos, como una niebla rolando sobre el océano.

Un par de brazos surgió de entre la cubierta de humo y me alzó hasta ponerme de pie. La sala parecía más calurosa, ruidosa y reducida que antes. Las voces y las carcajadas flotaban al fondo, aunque parte de la estridencia iba dirigida a una de las ninfas, que ahora estaba subida a una mesa y producía con sus ágiles movimientos un efecto fantástico de luz; pero aquellas voces aún envalentonaron más al Pícaro Pelirrojo. Su húmeda boca compuso una empalagosa sonrisa dirigida a mi rostro.

Su respiración era jadeante.

– La mejor partida de mi vida -dijo en tono amenazador.

O, al menos, cualquier cosa que estuviera diciendo delataba un tono amenazador, aunque no puedo estar seguro de las palabras que empleó, pues, naturalmente, hablaba en francés y, por el momento, esa lengua casi era un recuerdo para mí. Esperaba que la elegante muchacha que fumaba en el rincón no estuviera mirando.

Entonces una voz llegó desde detrás de mí.

– Monsieur, por favor.

El pícaro levantó la vista.

– Le desafío a una partida de billar, monsieur -dijo la misma voz a mi espalda-. Y apostamos la cantidad que usted fije.

El Pícaro Pelirrojo pareció olvidarme por completo y apartó a su chica, que miraba ansiosamente en derredor y le daba en el codo.

– ¿En mi mesa? -preguntó el pícaro, señalando la mesa de billar donde habíamos chocado.

– Ninguna otra sería tan adecuada -replicó Duponte, al tiempo que hacía una impecable inclinación.

Se fijó una cantidad de dinero. La escena atrajo con rapidez una concurrencia, no sólo porque un jugador desconocido había osado medirse con el campeón, sino porque había dinero de por medio, no las acostumbradas bebidas, y en una cantidad significativa.

Por si aquél era un segundo Duponte, miré a mi alrededor para asegurarme de que no se trataba de otro. Aunque muy aliviado porque de pronto me había librado de resultar herido, al instante comprendí el error de Duponte. En primer lugar, por mis observaciones, sabía que Duponte no tenía dinero. En segundo lugar, estaba la cuestión del talento de aquel sujeto para jugar al billar. Como para recordarme esto último, uno de los asistentes que se hallaban detrás de mí le susurró a su amigo: «El Pícaro Pelirrojo es uno de los mejores jugadores de París.» Sólo que utilizó el verdadero nombre del personaje, el cual, debido a la confusión, ya no recuerdo.

El Pícaro Pelirrojo arrojó su dinero en una silla. Duponte estaba ocupado eligiendo su taco.

– ¿Monsieur? -le urgió el pícaro, golpeando tres veces la silla.

– El dinero es mi recompensa -aclaró Duponte-. No la suya.

– Y entonces, ¿qué pasará si gano? -dijo a gritos su oponente, cuyo rostro sonrosado se estaba poniendo escarlata.

Duponte alargó una mano hacia mí.

– Si gana usted nuestra partida sin ningún contratiempo, puede reanudar libremente su asunto pendiente con este caballero.

Para mi desesperación, el pícaro se volvió hacia mí y pareció saborear la bárbara licencia que le aportaría una victoria. Incluso brindó a Duponte el honor de iniciar la partida. Traté desesperadamente de pensar si en los cuentos de Poe se mencionaba la habilidad del héroe analista como jugador de billar. Pero sucedía al revés: Dupin sentía desagrado por los juegos matemáticos como el ajedrez, y se pronunciaba por la superioridad de pasatiempos sencillos para poner de manifiesto sus auténticas habilidades de raciocinación.