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Duponte abrió la partida con un golpe pésimo que arrancó risas a varios de los presentes.

El Pícaro Pelirrojo permaneció perfectamente serio, incluso mantuvo un gesto elegante, mientras golpeaba la bola con facilidad una y otra vez. Si yo había echado a perder su mejor partida, sin duda aquélla era la segunda mejor. Mantuve la esperanza de que Duponte no tardaría en mejorar de un momento a otro su habilidad, o bien revelar que su ineptitud era un truco. Pero no fue así: empeoró. Y sólo le quedaban al Pícaro Pelirrojo tres o tal vez cuatro turnos antes de que la partida concluyera con ventaja para él. Yo rebuscaba en mis bolsillos, con la idea de aportar mi parte de la apuesta en efectivo, pero sólo llevaba conmigo unos pocos francos.

Lo más notable era que, en aquella situación, Duponte no perdía en absoluto la compostura. Con cada jugada malograda, su expresión permanecía perfectamente tranquila y confiada. Esto fue alterando cada vez más a su oponente, aunque ello no afectó en lo más mínimo su excelente juego. Una de las recompensas del triunfo consiste en presenciar la desmoralización del vencido. Y Duponte se negaba a adecuarse a eso. Creo que el Pícaro Pelirrojo llegó a refrenar su propia victoria a fin de provocar la esperada humillación.

Por último, el villano retornó a la mesa con rapidez renovada y dirigió a Duponte un relámpago de ira en la mirada.

– Y esto es el fin -dijo, y a continuación me dedicó a mí una mirada en la que bullía el odio.

– ¿Sí? Pues muy bien -replicó Duponte, para mi horror, encogiéndose de hombros.

Embargado por el temor, al principio ni siquiera oí la conmoción que se produjo en la puerta de la calle. De hecho, no atrajo mi atención hasta que varias personas señalaron hacia allí. Acto seguido irrumpió un hombre con una híspida barba roja y que, aparte de esa barba y una estatura muy superior, se asemejaba al Pícaro Pelirrojo. Vi que el rostro codicioso y rubicundo del pícaro palidecía patéticamente y comprendí que algo iba mal. Había recuperado lo suficiente mi francés como para enterarme de que el Pícaro Pelirrojo, según furibundo recién llegado, había hecho objeto de su pasión romántica la amante de aquel hombre, la muchacha que permanecía de, nerviosa, junto a la mesa. Ahora le gritaba al sujeto corpulento que la perdonara, y el Pícaro Pelirrojo huyó a la calle.

Duponte ya había recogido el dinero de la silla y se disponía a marcharse, a la vez que yo recuperaba la compostura.

Si gana usted nuestra partida sin ningún contratiempo… Esas palabras me rondaban la cabeza. Contratiempo. Él sabía -desde el comienzo- cómo iban a desarrollarse los acontecimientos. Seguí Duponte a la calle.

– ¡Monsieur, podían haberme matado! ¡Usted nunca hubiera! podido ganar la partida!

– ¡Desde luego que no!

– ¿Cómo sabía usted que aquel hombre iba a presentarse?

– Yo no lo sabía. La chica que iba del brazo del Pícaro Pelirrojo estaba mirando a cada momento por la ventana, pero, si se la observaba, manteniéndose apartada de la vista de los de fuera. Además, no se limitaba a agarrar del brazo al pelirrojo, sino que se lo estrujaba, como para protegerlo, y tras mi desafío le rogó que se marcharan, y desde luego no porque creyera a alguien capaz de derrotarlo en ese juego infantil. Ella sabía (porque lo encontró antes poseído por la ira, o quizá porque se dejó olvidada una carta del Pícaro Pelirrojo en el tocador) que su otro amante la andaba buscando. Yo me limité a observarla, y conté con que él no tardaría en llegar. Cuando otro ya sabe una cosa, no suele hacer falta descubrirla uno mismo. No había de qué preocuparse.

– Pero ¿qué hubiera pasado en caso de presentarse cuando usted ya hubiera perdido la partida?

– Observo que es usted muy susceptible.

– ¿Acaso él no hubiera hecho alguna barbaridad conmigo?

Tras una pausa, Duponte admitió:

– Convengo en que hubiera sido muy penoso para usted, monsieur. Debemos felicitarnos de que se haya evitado.

Una mañana, poco después, mi llamada a la puerta de Duponte no obtuvo respuesta. Accioné el pomo y la encontré abierta. Entré, creyendo que no me había oído, y lo llamé.

– ¿Damos hoy un paseo, monsieur?

Me detuve y dirigí una mirada en derredor. Duponte estaba encorvado sobre su cama como si estuviera rezando, con la mano sosteniéndose la frente como un caballete. Al acercarme pude ver que estaba leyendo, sumido en una concentración asombrosa.

– ¿Qué ha hecho usted? -me preguntó.

Retrocedí y dije:

– Sólo he venido a verlo, monsieur. Pensé que quizá un paseo junto al Sena hoy resultaría agradable. ¡O a las Tullerías, a ver los castaños de Indias!

Sus ojos se clavaron fijamente en los míos, y el efecto que me produjeron fue turbador.

– Ya le expliqué, monsieur Clark, que no me dedico a esos pasatiempos que usted imagina. No parece haber entendido mis simples declaraciones al respecto. Usted persiste en confundir su literatura con mi realidad. Ahora me hará un favor si me deja solo.

– Pero monsieur Duponte…, por favor…

Sólo entonces pude ver lo que había estado leyendo con tanta atención: «Los crímenes de la calle Morgue.» El libro que le había dejado. Luego me tomó del brazo, me empujó al vestíbulo y cerró la puerta. Mi corazón se aceleró.

En el vestíbulo, pegué el ojo al resquicio de la puerta. Duponte estaba sentado en la cama. Su silueta era sorprendentemente expresiva mientras continuaba la lectura. A cada página que volvía, su poesía mejoraba y la sombra de su figura parecía henchirse.

Aguardé unos momentos en un silencio desconcertado. Luego llamé ligeramente y traté de hacerle entrar en razón.

Llamé más fuerte hasta que aporreé la puerta, y a continuación accioné el pomo hasta que apareció el portero y me apartó, amenazándome con llamar a la policía. Monsieur Montor, allá en Washington, me había advertido de que bajo ninguna circunstancia permitiera que la policía me encontrara metido en un alboroto. «Los agentes no son en absoluto como la policía de aquí, de América -dije cuando se ponen en contra de alguien… ¡Bueno!»

Por el momento me rendí, y dejé que el portero me condujera escalera abajo.

Hablar a través de cerraduras y ventanas, golpear la puerta, empujar notas dentro del apartamento… fueron las actividades de los largos y dolorosos días que siguieron. Seguía a Duponte cuando paseaba por París, pero él me ignoraba. Una vez, cuando seguí sus pasos hasta la puerta de su alojamiento, Duponte se detuvo en el vestíbulo y dijo:

– No vuelvan a permitir la entrada a este joven e impertinente caballero.

Aunque me miraba a mí, se dirigía al portero. Duponte se volvió y siguió su camino escalera arriba.

Averigüé cuándo solía ausentarse el portero, y me enteré de que su mujer aceptaba dejarme pasar sin preguntarme nada a cambio de unos pocos sous. «No hay tiempo que perder», le escribí a Duponte en una de mis notas, que no eran leídas. Las deslizaba bajo su puerta, e invariablemente regresaban al vestíbulo por el mismo camino.

Por este tiempo llegó otra carta de Peter. Su tono había mejorado notablemente, me urgía a regresar de inmediato a Baltimore, y me informaba de que sería bienvenido una vez concluidas mis locas correrías. Incluso enviaba una carta de crédito por una generosa cantidad de dinero contra un banco francés, a fin de que pudiera arreglar mi viaje de vuelta sin dilación. Se la devolví directamente, claro está, y le contesté que llevaría a cabo lo que había venido a hacer. A la larga, tendría éxito en mi propósito de liberar a Poe de aquellos que se propusieron destruirlo, y honraría el nombre de nuestro despacho de abogados cuando cumpliera el compromiso adquirido.