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Peter respondió a su vez que ahora estaba considerando muy seriamente viajar a París para dar conmigo y llevarme de regreso, aunque tuviera que arrastrarme con las dos manos.

Yo seguía coleccionando artículos sobre la muerte de Poe, que tomaba de las salas de lectura de los establecimientos que recibían periódicos americanos. En términos generales, las descripciones que de Poe hacía la prensa empeoraban. Los moralistas lo utilizaban como ejemplo para compensar la lenidad mostrada en el pasado hacia hombres de genio a los que se exaltó después de su muerte, pese a sus «vidas disolutas». Se perpetró una nueva vileza cuando un implacable escritorzuelo, un tal Rufus Griswold, con el fin de sacar beneficio de este sentimiento público, publicó una biografía que rebosaba malevolencia, difamación y odio hacia el poeta. La reputación ele Poe se hundió hasta quedar completamente enfangada.

De forma ocasional, en medio de la demencial torpeza con que se pretendía diseccionar a Poe, surgía algún detalle que iluminaba sus semanas finales. Por ejemplo, resultaba que había previsto trasladarse a Filadelfia muy poco antes de que fuera descubierto en el hotel Ryan's de Baltimore. Iba a recibir cien dólares por redactar un libro ele poemas para una tal señora St. León Loud. Pero esta información no escapaba a la habitual tergiversación de la prensa, de modo que no se sabía si Poe fue o no a Filadelfia.

No menos extraña era la carta mostrada a la prensa por María Clemm, la que fuera suegra de Poe, y que él le remitió inmediatamente antes de abandonar Richmond. Le comunicaba sus planes en relación con Filadelfia. Fue la última carta de Poe a su querida protectora. «Sigo sin estar en condiciones de mandarte un solo dólar, pero no te desanimes, pues espero que nuestras tribulaciones acaben pronto -rezaba la tierna carta que Poe le dirigió-. Temo que tu carta no me llegue, así que no pongas mi nombre y dirígela al señor E. S. T. Grey. Que Dios te bendiga y te proteja, querida Muddy.» La firmaba «Tuyo, Eddy».

¿El señor E. S. T. Grey? ¿Por qué Poe utilizaba un nombre falso las semanas anteriores a su muerte? ¿Por qué tenía tanto miedo de que la carta de Muddy no le llegara estando él en Filadelfia? ¡E. S. T. Grey! Los periódicos que publicaron la información casi parecían reírse de la aparente locura que aquello revelaba.

Mis investigaciones parecían más urgentes que nunca, pero yo estaba en París y Duponte ni siquiera quería hablarme.

Capítulo 8

¿Había sido todo aquello un tremendo error, el producto de un impulso delirante de intervenir en algo ajeno a mi habitual ámbito de responsabilidades? ¡Si me hubiera conformado con él afecto y la integridad de Hattie y Peter! ¿No hubo acaso un tiempo, en la infancia, en que yo no necesitaba más que los remolinos que se formaban en la chimenea de Glen Eliza ya los compañeros en quienes confiaba? ¿Por qué poner mi corazón y mis planes en manos de un hombre como Duponte, encerrado a solas en una prisión moral, tan lejos de mi propio hogar?

Decidí combatir mi ánimo sombrío y ocuparme en visitar los lugares que, según el consejo de mi guía de París, «debe ver el extranjero».

En primer lugar fui a ver el palacio de los Campos Elíseos, donde Luis Napoleón, presidente de la República, vivía en medio del más rico esplendor. En el gran vestíbulo, un robusto sirviente con librea con cordones aceptó mi sombrero y me ofreció una ficha de madera en su lugar.

En una de las estancias del primer conjunto de ellas, a las que se permitía el acceso del público, se tenía la oportunidad de ver a Luis Napoleón en persona, al príncipe Napoleón. No era la primera vez que yo había visto al presidente de la República y sobrino del otrora gran emperador Napoleón, quien seguía siendo para la gente el símbolo favorito de Francia. Pocas semanas antes, Luis Napoleón cabalgaba por las calles inmediatas a la avenue Marigny, revistando a sus soldados ataviados de escarlata. Duponte observó la escena con interés y (como por entonces aún toleraba mi compañía) yo iba con él.

La multitud que ocupaba la calle lanzaba vítores, y los que vestían ropas más caras exclamaban apasionadamente: «Vive Napoleón!» En esos momentos, cuando la figura del presidente casi no se distinguía, a caballo y rodeada de sus guardias, resultaba fácil advertir un parecido, aunque borroso, con el otro soberano, Napoleón, desfilando entre aclamaciones cuarenta años antes. Algunos decían que al presidente-príncipe lo habían elegido recientemente tan sólo por su nombre: Luis Napoleón. Se contaba que los obreros analfabetos de las regiones más pobres de Francia creyeron que votaban a favor del Napoleón Bonaparte original (¡que llevaba muerto casi tres décadas!).

Pero también había unos veinte hombres, con los rostros» las manos y los cuellos negros de hollín, que repetían en horribles cánticos: «Vive la République!» Uno de mis vecinos en medio de la multitud dijo que habían sido enviados por el «partido rojo» para protestar. Por qué gritar «viva la República» se consideraba una protesta o un insulto en una República oficial, estaba más allá de mi comprensión de la situación política del momento. Supongo que era su tono lo que hacía amenazadoras sus palabras, y lo que convertía el término «República» en algo temible para los seguidores de aquel presidente, como si en lugar de aquello dijeran: «¡Esto no es una República, porque este hombre es un impostor, pero algún día lo derribaremos y tendremos una verdadera República sin él!»

Aquí, en su palacio, parecía contemplativo, muy pálido, de modales suaves y perfecta caballerosidad. Napoleón se sonrojó de satisfacción ante la multitud en torno a él, en su mayor parte uniformada, muchas de cuyas pecheras relucían con impresionantes condecoraciones doradas. Pero también observé una penosa sensación de torpeza puesta de manifiesto en la reverencia con que el presidente-príncipe era tratado: ahora como monarca, luego como presidente elegido.

En aquel momento, el prefecto de policía Delacourt entró procedente de la estancia contigua y conversó en voz baja con el presidente Napoleón. Me sorprendió observar que el prefecto, muy descortésmente, me dirigía una torva mirada.

Aquella atención indeseada aceleró mi partida del palacio de los Campos Elíseos. Quedaba por ver el palacio de Versalles. Mi gula aconsejaba viajar allí a primera hora de la mañana, pero yo decidí que no era demasiado tarde para disfrutar de una visita completa a los alrededores de la ciudad. Además, Duponte me había animado a acudir a Versalles…, quizá porque sabía que yo hubiera preferido que se mostrara más inclinado a hablar conmigo.

Una vez que el ferrocarril abandona París, la metrópoli desaparece de súbito, y discurre por un vasto y continuo paisaje abierto. Mujeres de todas las edades, tocadas con gorros color clavel, trabajando en los campos, cruzaban brevemente sus miradas con la mía cuando nuestro tren pasaba junto a ellas.

Nos detuvimos en la estación de Versalles. La multitud casi se apoderó de mí y me arrastró a una corriente de sombreros y de gorros calados que concluía bajo las verjas de hierro del gran palacio de Versalles, desde donde se dejaban oír los juegos de agua de las fuentes.

Al evocar aquello, supongo que debió empezar mientras yo me dedicaba a recorrer las estancias del palacio. Sentí el aguijoneo de un malestar general, como si vistiera un gabán demasiado ligero para aquel primer día de invierno. Atribuí mi incomodidad a la aglomeración. Las turbas que expulsaron de entre estos muros a la duquesa de Angulema seguro que no eran tan agresivas como aquel gentío. Mientras mi guía señalaba las batallas representadas en las diversas pinturas, me distraje al sentir un gran número de ojos fijos en mí.

– En esta galería -explicaba mi guía-, Luis XIV desplegó toda la magnificencia de la realeza. La corte era tan espléndida que incluso en esta enorme cámara el rey estaba rodeado por la aglomeración de los cortesanos del día.