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Nos hallábamos en la gran galería de Luis XIV, donde diecisiete ventanales de medio punto abiertos a los jardines daban frente a otros tantos espejos. Me preguntaba si la idea de un monarca resultaba ahora más atractiva que la posterior revolución que lo había destronado.

Creo que mi guía, al que contraté por un franco la hora, se había cansado de mi actitud distraída en el transcurso de la tarde. Me temo que me consideró un ignorante incapaz de apreciar los más exquisitos refinamientos de la historia del arte. La verdad era que mi clara sensación de ser observado había ido aumentando, y en aquel salón de los espejos las miradas abundaban por doquier.

Empecé a tomar nota de aquellas personas que se repetían en las diferentes estancias. Convencí a mi guía para que modificáramos nuestro recorrido por el palacio: a todas luces, una idea extraña para él. Por su parte, no contribuyó a mejorar mi inquietud cuando tocó el lema de los extranjeros en París.

– Les gustaría mucho saber cómo pasa usted su tiempo aquí…, dado que es usted un joven lleno de energía -musitó, quizá buscando una manera de vejarme.

– ¿A quién le gustaría saber de mí, monsieur?

– A la policía y al gobierno, claro está. En París no pasa nada sin que alguien se entere.

– Pero, monsieur, me temo que yo tengo muy poco de interesante.

– Ellos se informan de todo preguntando a los dueños de su hotel, a los commissionnaires que lo observan partir y regresar, a los cocheros de los fiacres, a los verduleros, a los taberneros. Sí, monsieur) supongo que no hay nada que usted pueda hacer y que ellos no logren descubrir.

Dado el estado de nervios en que me encontraba, ese comentario no me resultó agradable. Le pagué lo que le debía y lo despedí. Sin mi guía podía moverme ahora más aprisa, abriéndome paso entre el gentío que avanzaba lentamente por cada estancia. Advertía tras de mí cierta conmoción: hombres rezongando y mujeres profiriendo exclamaciones por alguna molestia. Parecía que algunos turistas se quejaban de que alguien los estaba empujando con rudeza. Penetré en la siguiente estancia sin aguardar a ver quién era el responsable de la protesta. Esquivé las figuras y los valiosos muebles que se interponían en mi camino, hasta que salí a los inmensos jardines del palacio.

– ¡Aquí está! ¡Él es quien iba abriéndose paso por el palacio.

Al tiempo que oía esa voz, una mano aferró mi brazo. Era un guarda.

– ¿Yo? -protesté-. ¡Cómo! ¡Yo no estaba empujando a nadie!

Después de que se informara al guarda de que el hombre que se abría paso desconsideradamente había sido visto detrás de nosotros, se me dejó libre en los jardines y me apresuré a poner distancia entre el guarda y mi persona, por si cambiaba de idea. Pronto deseé no haber abandonado la seguridad de permanecer a su lado.

Recordé la advertencia de madame Fouché sobre los barrios peligrosos de París. «Hay hombres y mujeres que le robarán y luego lo tirarán al Sena desde un puente», me dijo. Entre esa gente los revolucionarios de marzo de 1848 reclutaron a la mayoría de sus «soldados» para expulsar al rey Luis Felipe e implantar la República en nombre del pueblo. Un cochero me dijo que durante el levantamiento vio a uno de aquellos villanos, rodeado por la policía y a punto de ser tiroteado, gritar: «Je suis bien vengé!» al tiempo que sacaba de los bolsillos quince o dieciséis lenguas humanas. Las arrojó por los aires antes de morir, y fueron a caer en los hombros y los sombreros de la policía, e incluso en la boca de uno de los agentes, que la mantenía abierta a causa del desagrado ante aquella repugnante visión.

Sucedió en el lujoso santuario de los inmaculados jardines de Versalles, y no en alguno de aquellos arrabales de rebanadores de lenguas. Yo tenía la sensación de que cada paso que daba estaba siendo observado. Los afilados setos y los árboles de los jardines revelaban fragmentos dé rostros. Después de pasar ante hileras de estatuas, macetas y fuentes, me detuve ante el Dios del Día, una horrible divinidad que surgía de una fuente con surtidor, con delfines y monstruos marinos. ¡Cuánto más seguro me hubiera encontrado en las estancias del palacio, rodeado de hordas de visitantes y junto a mi entrometido guía! Fue entonces cuando apareció un hombre frente a mí y me agarró del brazo.

He aquí lo que recuerdo después de aquello. Me hallaba en el interior de un carruaje que circulaba por un camino con piedras. A mi lado estaba el rostro que fue lo último que vi antes de perder la conciencia en los jardines de Versalles: una cara gruesa y rígida, como tallada, con un fruncimiento inexpresivo. Una cara en la que ya había reparado en varías estancias del palacio de Versalles. ¡Había sido como mi sombra! Me lamí los dientes y las encías, y comprobé que seguía allí. La lengua, quiero decir.

¿Lo pensé antes de buscar la portezuela del carruaje? No puedo recordarlo. Me arrojé sobre ella y fui a dar en la calzada. Cuando me puse en pie, otro coche se aproximó a mí a gran velocidad. Se desvió y pasó, dejando un margen estrecho entre mi persona y el vehículo que me había transportado. «Gare!», gruñó el cochero, que a mí me pareció tan sólo un amplio surtido de dientes amarillos, un sombrero flexible y un cuello flojo. Un perro flaco aulló por la ventanilla.

Corrí por los campos que se escalonaban hacia abajo desde la carretera. Más allá se extendía el campo abierto.

Entonces mi captor se apeó del coche y emprendió mi persecución a una velocidad terrible para tratarse de un hombre tan corpulento. Sentí un rápido y decisivo golpe en la cabeza.

Tenía las manos rígidas detrás de la cabeza. Miraba alrededor o, quizá, debería decir arriba. Al despertar, me encontré en una amplia trinchera excavada unos veinte pies en la tierra. Por encima de ella se alzaban unos muros muy altos, que no se parecían en nada a las bajas y bonitas hileras de edificios y casas particulares de cualquier calle de París. Era como si me hubieran transportado a otro mundo, y un monstruoso silencio se extendiera en torno a nosotros como en el más vasto de los desiertos.

– ¿Dónde estoy? ¡Quiero saberlo! -grité, aunque no podía ver a quién gritaba.

Oí una voz murmurar algo en francés. Levanté la cabeza pero no pude moverme lo suficiente para ver detrás de mí. Sólo una sombra cayó sobre mí, y creí que se trataba de mi captor inicial.

– ¿Dónde estamos, tú, sinvergüenza? -pregunté.

No dio muestras de haberme oído. Se limitó a permanecer de pie, aguardando. Sólo cuando el villano en cuestión se acercó por el otro lado, me di cuenta de que la sombra pertenecía a otra persona.

Por último, la sombra se movió y dio la vuelta para encararse conmigo. Pero no era un hombre.

Allí estaba ella, tocada con un gorro blanco ligero y un vestido sencillo, como si se encontrara en uno de los jardines de París. Se detuvo frente a mi asiento y se inclinó hacia mí con lo que parecía un gesto de protección, mirándome con sus ojos hundidos; de hecho, unos ojos tan hundidos que parecían insertos bajo la frente. Por la edad, parecía una muchacha.

Dejé de chillar.

– ¿Quién es usted? -murmuré, ronco de tanto vociferar.

– Bonjour -dijo la muchacha, que se volvió y echó a andar.

Le devolví el saludo, aun considerando que cualquier intento de cordialidad resultaba fuera de lugar en semejantes circunstancias.

– Es usted tonto -me recriminó mi primer captor, como si quisiera que ella no lo oyese, como si le fueran a hacer responsable de mi error-. Es así como se llama. ¡Bonjour!

– ¿Bonjour? -repetí. Luego me di cuenta de que la había visto antes, en otra ocasión en que yo estuve en riesgo-. ¡En el Café Belge! ¡La vi allí, sosteniendo un cesto! ¿Por qué estaba usted allí?