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– ¡Ya estamos aquí! -retumbó una nueva voz en un inglés teñido de acento francés pero, por lo demás, perfectamente fluido-. ¿Tan necesario es que nuestro bienvenido huésped, procedente de los grandes Estados Unidos, permanezca tan inmovilizado?

La respuesta fue lo bastante servil como para identificar al recién llegado como el jefe. Mi captor se le acercó y le habló confidencialmente, como si yo hubiera perdido de pronto la capacidad de oír.

– Se desmayó en Versalles y luego se apeó del coche en marcha, saltando por la portezuela como un loco. Casi se mata…

– No importa. Aquí estamos todos seguros. Por favor, Bonjour.

La muchacha desató ágilmente mis ligaduras y me liberó las muñecas.

Hasta ese momento no fui capaz de ver al recién llegado; tan sólo tuve atisbos de una larga capa blanca y unos pantalones ligeros. Con las manos libres, me puse de pie y me coloqué ante él.

– Mis excusas por llegar a estos extremos, monsieur Clark -dijo, como abarcando con su mano enjoyada cuanto nos rodeaba y dando a entender que todo aquello fue un accidente-. Pero me temo que estas desafortunadas fortalezas se cuentan entre los pocos lugares de los alrededores de París adonde todavía puedo viajar con cierta tranquilidad. Y lo que es más importante…

Lo interrumpí:

– ¡Mire esto! Su sicario me ha maltratado y ahora… ¡Pero, en primer lugar, me gustaría saber adónde me ha traído y por qué…!

Se me ahogaron las palabras y me lo quedé mirando mientras se encendía en mí una chispa de súbito reconocimiento.

– Como iba diciendo -continuó en tono afectuoso, con una mueca dibujada en la tez olivácea de su rostro-, lo más importante es que, por fin, nos conocemos personalmente.

Me estrechó la mano, que sentí floja cuando la verdad se me hizo patente.

– ¡Dupin! -exclamé, incrédulo.

Capítulo 9

Ustedes recordarán que había otros cinco o seis hombres a los que consideré posibles inspiradores del personaje de Dupin, antes de eliminarlos en favor de Duponte.

Un tal barón Claude Dupin fue uno de ellos, un abogado francés de quien se decía que nunca había perdido un solo caso, y que se enorgullecía de un distante linaje regio del cual derivaba el dudoso título de «barón». Se había contado entre los más prominentes juristas de París durante muchos años, y era tenido por un héroe debido a su defensa de muchos acusados malhechores pero simpáticos. En un momento dado incluso fue candidato al Tribunal Supremo, y a punto estuvo de ser nombrado diputado por su distrito durante una de las crisis de gobierno francesas. Algunos le atribuían el empleo de tácticas dudosas, y no tardó en abandonar por completo su trabajo para dedicar el tiempo a otras empresas en Londres. Durante su estancia allí, fue nombrado agente especial coincidiendo con un período en el que se temía un levantamiento, y se desempeñó con tal valor que conservó aquel título con carácter honorario.

Toda esta información la había yo reunido pieza a pieza a lo largo de mis cuidadosas investigaciones en las publicaciones francesas. Lo hice un tiempo antes de ir a París, cuando estaba completamente seguro de que Claude Dupin era la inspiración de C. Auguste Dupin, y envié varias cartas al barón solicitándole más detalles sobre su historia y describiendo la apremiante situación allí, en Baltimore. Pero no tardé en tropezar con los artículos relativos a Auguste Duponte y cambié mi teoría. Cuando Claude Dupin me contestó, yo ya le había remitido una carta con mis excusas y explicándole mi equivocación.

Una de las publicaciones francesas que vi incluía un retrato del hurón Dupin, que estudié con atención. Por eso reconocí al hombre que estrechaba mi mano como si hubiéramos sido viejos amigos. Fue entonces cuando, alarmado y atónito, exclamé:

– ¡Dupin…! ¡Es usted Claude Dupin!

– Por favor -dijo magnánimamente-, ¡llámeme barón!

Aparté bruscamente la mano y busqué mi mejor oportunidad pura una escapatoria inmediata. El carruaje que me había transportado aguardaba ahora en un paso improvisado, abierto en el muro, pero pensé que no sería capaz de conducirlo, y mi primer captor había regresado al vehículo y esperaba allí.

La trinchera formaba parte de la impenetrable fortificación levantada para prevenir futuros asaltos a la ciudad. Una muralla continua rodeaba las afueras de París, con sus taludes para la artillería y fosos y trincheras alrededor.

En este intimidatorio escenario, Dupin me daba ahora garantías de que estaba completamente a salvo, y comenzó a explicarme que su colega Hartwick -que ése era el nombre de mi raptor, quien me había atrapado en Versalles y montado en su carruaje- tan sólo quiso asegurar mi presencia para aquella entrevista.

– Hartwick puede ser peor que1 Satanás, y una vez casi le arrancó un brazo a un hombre de un mordisco, pero aun así es de buena pasta. Perdónelo.

– ¿Perdonarlo? ¿Perdonar su agresión? ¡Me temo, Dupin, que no me es posible! -exclamé.

– ¿Sabe? Me causa un gran alivio conocerlo -dijo Claude Dupin-. Después de una estancia tan prolongada en Londres, [hacía tiempo que nadie había pronunciado correctamente mi nombre, como un francés!

– Escuche, monsieur -le recriminé, aunque me agradó el infrecuente cumplido hacia mi francés-, no me dé coba. Si deseaba hablar conmigo, ¿por qué no escoger algún lugar civilizado en la ciudad?

– Me hubiera causado un gran placer compartir con usted una demitasse de café, monsieur Clark, se lo aseguro. Pero ¿puedo llamarlo Quentin?

Hablaba con fogosidad, muy apasionadamente.

– ¡No!

– Cálmese, cálmese. Permítame explicarme mejor, mi buen! Quentin. ¿Sabe usted? En este mundo hay dos tipos de conocidos; amigos y enemigos. En París yo tengo ambos, y me temo que uno de esos grupos querría verme con una cabeza menos de estatura. Digamos que me vi envuelto en ciertos asuntos impropios hace algunos años, y que prometí ciertas cantidades de dinero que, tras una concienzuda y rigurosa evaluación matemática, resultó que no poseía. Era pobre como una rata. Por suerte, y aunque estaba metido en un feo asunto, tengo suficiente protección en Londres para evitar líos cuando estoy allí. Ya ve a qué me veo obligado para tener un encuentro cuando quiero visitar París -añadió, abarcando con un ademán las fortificaciones-. Creo, amigo Quentin, que tiene usted la suerte de poseer fortuna propia. ¿Negocios? ¿O es usted rico de nacimiento? No importa, supongo.

Era sorprendente y un tanto inquietante ver a Dupin sacar mis cartas de su abrigo. En este punto, si les describiera el aspecto físico del barón, ustedes apreciarían lo difícil que me resultaba negarle conversación, pese a lo inexcusable del tratamiento que recibí y del que él era responsable. Vestía ropa cara: un vistoso traje blanco, casi se diría que propio de un dandi; guantes ostentosos, una flor en el ojal y muy bien peinado, con un mostacho cuidado. Lucía brillantes en la pechera de la camisa, en la cadena del reloj y en los dos o tres anillos que llevaba en los dedos, pero hay que decir en su honor que no parecía tomarse la molestia de ser ostentoso. Las botas estaban abrillantadas con tal esmero que parecían absorber toda la luz del sol. Era espectacular y seductor; en suma, como salido de una revista.

Por encima de todo, sus maneras revelaban un exceso de civilidad y filantropía, y entiendo por filantropía la cualidad de quien redimiría prostitutas quitándolas de la calle, llevándose una o dos a su casa. Aunque me había secuestrado, conduciéndome a una fortaleza desierta, me di cuenta de que me esforzaba en no mostrarme rudo en su presencia. Le pregunté en tono tranquilo cómo me había encontrado en París.

– Entre quienes aún puedo considerar mis amigos en París, hay varios miembros de la policía que vigilan a los visitantes extranjeros muy de cerca. Su última carta mencionaba que andaba buscando a Auguste Duponte… y no pude por menos de suponer que vendría n buscarlo. Bonjour confirmó que, en efecto, estaba usted aquí.