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Alcé la cabeza para observar. De pronto, sentí que me agarraban y me empujaban rudamente hacia abajo. Me desplomé hecho un ovillo, levanté la vista y descubrí que Bonjour se me había echado encima. Me tenía cogido por un brazo. Al imaginar que Hattie me observaba, y atormentado por un sentimiento de culpabilidad y tentación, traté de zafarme de debajo de ella, pero no pude. Tampoco logré evitar un estremecimiento ante la ligereza de su cuerpo y, al mismo tiempo, lo inamovible que resultaba.

– Quédese aquí -dijo en inglés -entendido?

Asentí.

Se dio impulso y se puso de pie. Siguió al barón y montó en su carruaje sin volver a dirigirme una mirada. Sus caballos emprendieron una carrera por el sendero que atravesaba las fortificaciones, y al cabo de unos minutos el ruido de los cascos y de las ruedas de otro vehículo atronó el recinto. Siguieron otros disparos en la dirección del carruaje del barón, que se alejaba. Me cubrí la cabeza con los brazos y no me moví pese a que llovían fragmentos de roca desde todas direcciones.

Mi liberación se manifestó en forma de carruaje alquilado por unos visitantes alemanes que habían acudido a ver las fortificaciones, los cuales me permitieron amablemente regresar a París con ellos.

Desde luego que una parte de mí ansiaba acudir corriendo junto a Duponte y contarle todo lo sucedido. Pero eso no serviría de nada. Si mi encuentro con Claude Dupin me permitió llegar a alguna conclusión, ésta fue que estaba confuso. El verdadero analista no colaboraba a ningún precio, y un charlatán como aquel «barón» se mostraba demasiado dispuesto a hacerlo por un poco de dinero. Yo haría todo lo posible por no volver a ver a Auguste Duponte.

Resultó que el guía de Versalles tuvo razón al advertirme de que los agentes de policía vigilaban mi estancia en París. Poco después de aquel episodio, mis fondos mermaron y me mudé a una pensión más barata. Nada más llegar, encontré a, dos policías aguardando muy educadamente para tomar nota de mis nuevas señas.

Sólo dos días más tarde, mi decisión de eludir a Duponte cambió, mientras permanecía sentado y me limpiaban las botas. Con la característica cortesía francesa, el dueño del establecimiento se encorvó ligeramente y me advirtió que mis botas estaban cubiertas de polvo. Yo había tomado un periódico. Había un gran espejo situado detrás mismo del banco, de modo que el limpiabotas podía ver el periódico mientras sacaba lustre al calzado de su clientela. He oído que cierta especie de limpiabotas parisiense ha aprendido, con los años, a leer las noticias de la prensa al revés para matar el aburrimiento. Yo no creía que alguien pudiera desarrollar la habilidad de desentrañar palabras tan retorcidas. No lo creí hasta ese día.

Ojeaba un periódico a toda prisa, pero fui interrumpido por el limpiabotas.

– ¿Me hace el favor de volver la página, monsieur? ¿Está Claude Dupin otra vez en París? Aquí lo buscan con más saña que a un animal en el bosque. Eso es lo que se dice.

Al oír esto, volví las páginas para atrás hasta llegar a un texto sorprendente, un aviso pagado:

El renombrado abogado y procurador Claude Dupin, quien en toda su carrera jamás perdió un caso, ha sido contratado por algunos ciudadanos prominentes de América [supongo que eso se refería a mí] para resolver el misterio que rodea la muerte del más apreciado y brillante genio del país, cultivador de diversos géneros literarios: Edgar A. Poe. La persona y el nombre de Dupin inspiraron, por cierto, el famoso personaje de «Dupin», que aparece en los cuentos del señor Poe, entre ellos «Les Crimes de la Rué Morgue», un relato ampliamente difundido en inglés y en francés. Obligado a hacer honor a este vínculo, Claude Dupin ha partido hacia Estados Unidos, y exactamente dentro de dos meses a partir de este día del año 1851, habrá resuelto las enigmáticas circunstancias de la muerte de Poe completamente y a todos los efectos. Monsieur Dupin regresará a París, su ciudad natal, después de haber sido generosamente proclamado nuevo héroe del Nuevo Mundo y recompensado como tal…

Sentí un nudo en la garganta. Debía volver a ver a Duponte inmediatamente.

Yo no podía abandonar el continente mientras Duponte creyera que lo había traicionado contratando a Claude Dupin, como sin duda creería si leía aquella noticia. Desde luego que no dejaría de relacionar el asunto conmigo. Incluso algo del lenguaje empleado en el periódico era mío, saqueado por el barón directamente de mis cartas. Mi única esperanza era que Duponte no hubiera visto aquello. Di a un cochero su dirección y me precipité por la puerta principal, pasando ante el cuarto del portero.

– ¡Alto ahí! ¡Usted!

El portero quiso atraparme, pero no lo consiguió. Subí las escaleras de dos en dos y encontré la puerta de Duponte abierta, pero a nadie dentro.

La lámpara de gas sobre su cama olía como si hiciera poco que estuvo encendida, y allí, en el centro de la cama, había un periódico. Era La Presse, distinto del que yo leí en el limpiabotas, pero estaba abierto por la página donde traía la misma noticia. Otros objetos, periódicos y artículos habían sido empujados a los pies de la cama. Imaginé que Duponte se había sentado despacio, despejando con una mano la siempre atestada superficie de la colcha, apretando el artículo con la otra y, mientras leía acerca del contrato con el barón Dupin, con los ojos llenos de… ¿Qué pudo haber sido al ver aquello? ¿Rabia? ¿Amargura? Ya me había condenado por mi traición.

– ¡Monsieur! -me recriminó el portero, que ya había aparecido en la puerta.

– ¡Usted! ¡No quiero saber nada de usted! -exclamé, aguijoneado por la ira que sentía hacia el barón Dupin-. Me voy de París hoy, pero, primero, debo encontrar a Auguste Duponte y lo encontraré. ¡Usted me dirá ahora mismo adonde ha ido o se las verá conmigo!

Negó con la cabeza y yo estuve a punto de proyectar mi puño contra su barbilla antes de que se explicara.

– No está aquí -respondió jadeando-. ¡Dentro, quiero decir! Monsieur Duponte se ha marchado y se ha llevado su equipaje.

Tras varias preguntas más, supe que el portero había ayudado a Duponte, sólo unos minutos antes, a bajar su equipaje al patio. Esto después de que Duponte estudiara la ponzoñosa noticia insertada en el periódico por el tortuoso barón. La deslealtad que sin duda Duponte me atribuyó lo había hundido en una melancolía tan abrumadora que ya no podía continuar en aquel lugar. Antes de irme, miré por las ventanas del piso en busca de algún signo de su presencia.

Alejándose del edificio de apartamentos iba un carruaje que, según pude distinguir, llevaba equipaje en la baca. Grité infructuosamente para que regresara, pero hube de limitarme a levantar los brazos débilmente mientras avanzaba por la calle. Me produjo sorpresa no hallar rastro de mi propio coche ni del cochero, al que había mandado esperar. Abochornado por este insulto final, me irritó comprobar que el coche de Duponte regresaba, y que resultaba que no era precisamente el coche de Duponte. Bien, él iba sentado en su interior, y su equipaje se bamboleaba en el techo, pero el coche no era el suyo, sino el que había sido mío, con su cochero.

Los caballos entrechocaron los casos y se detuvieron ante mí.

– Yo sólo quería cambiar de sentido los caballos para salir luego más fácilmente, monsieur -me dijo el cochero-. Así no perdíamos tiempo.

Bajó de un salto y me abrió la portezuela del lado opuesto al que ocupaba Duponte. Pero primero yo tenía que verlo. Di la vuelta y abrí su portezuela. El analista permanecía sentado con una mirada fija. Las engañosas afirmaciones del barón Dupin sobre el personaje de C. Auguste Dupin ¿habían acabado por afectarle de una manera que no lo habían conseguido los alicientes y recompensas que yo le ofrecía?